Birshui Morai veRabotai
Todos los libros conducen al mismo Libro
Si has llegado hasta aquí, probablemente hayas notado algo curioso.
Comenzamos hablando de libros.
Pero hace varias páginas dejamos de hablar únicamente de libros.
Empezamos a hablar de personas.
De maestros.
De discípulos.
De generaciones.
Y eso no es casualidad.
Porque, en el judaísmo, un libro nunca es solamente tinta sobre pergamino o sobre papel. Es una vida que continúa enseñando mucho después de que su autor haya abandonado este mundo.
Los Sabios dicen que "los labios del justo siguen moviéndose en la tumba cuando sus enseñanzas son estudiadas" (Yevamot 97a). Es una imagen profundamente judía. Significa que cada vez que abrimos el comentario de Rashi, el Rambán vuelve a explicar la Torá, el Maharal vuelve a reflexionar sobre el exilio o el Ramjal vuelve a hablarnos de la santidad, esa conversación sigue viva.
Por eso esta biblioteca no es un museo.
Es un organismo vivo.
El gran error moderno
Vivimos en una época fascinada por la información.
Nunca había sido tan fácil conseguir libros.
Nunca había sido tan sencillo descargar una biblioteca completa.
Y, paradójicamente, nunca había sido tan fácil confundir información con sabiduría.
Uno puede tener el Zóhar en el teléfono.
El Etz Jaim en formato PDF.
El Talmud Eser Sefirot en una tableta.
El Mesilat Yesharim en una aplicación.
Y seguir siendo exactamente la misma persona.
Los Sabios nunca midieron el estudio por el número de libros leídos.
Lo midieron por el número de vidas transformadas.
Esa es una diferencia enorme.
Porque el objetivo del estudio judío nunca fue acumular conceptos.
Fue permitir que la Torá reordenara el alma.
Lo que estos libros no enseñan
Quizá este sea el momento de destruir una ilusión.
Muchas personas se acercan a la Kabbalah esperando encontrar fórmulas secretas.
Amuletos.
Nombres ocultos.
Poderes extraordinarios.
Experiencias místicas espectaculares.
Y se sorprenden cuando descubren que los grandes maestros insisten una y otra vez en exactamente lo contrario.
El Tomer Devorah habla del perdón.
El Shaarei Kedushah habla del dominio del carácter.
El Mesilat Yesharim habla de disciplina.
El Nefesh HaJaim habla del estudio constante.
El Derej HaShem habla de responsabilidad.
El Shamati habla de humildad.
El Talmud Eser Sefirot habla de corregir el deseo.
Y el Zóhar, detrás de todas sus imágenes grandiosas, vuelve siempre a la misma pregunta:
¿Qué clase de persona estás llegando a ser?
Es una decepción para quien busca magia.
Y una inmensa alegría para quien busca verdad.
Porque la Kabbalah auténtica nunca prometió convertirnos en personas extraordinarias.
Prometió ayudarnos a ser personas íntegras.
La mesa donde todos se encuentran
A veces imagino esta biblioteca como un enorme Beit Midrash iluminado por lámparas de aceite.
En una mesa, Rashi explica pacientemente un versículo del Génesis.
A su lado, el Rambán escucha, asiente y añade una observación que abre discretamente la puerta al Sod.
Un poco más allá, el Maharal convierte aquella discusión en una reflexión sobre la naturaleza del tiempo y del hombre.
El Ramak toma notas, intentando ordenar cada idea.
El Arizal observa en silencio y, cuando todos creen haber comprendido el tema, dibuja un mapa completamente nuevo del universo.
Rabí Jaim Vital escribe frenéticamente para que ninguna palabra de su maestro se pierda.
El Ramjal entra con una sonrisa y pregunta algo que incomoda a todos:
—Todo eso está muy bien... ¿pero ya corrigieron su orgullo?
En otra esquina, Rabí Jaim de Volozhin continúa estudiando Guemará, como si quisiera recordarles que toda aquella grandeza sigue naciendo de la Torá.
Baal HaSulam llega con una escalera al hombro.
No para alcanzar el cielo.
Para ayudar a otros a subir.
Y mientras todos conversan, en el centro de la sala permanece abierta la Torá.
Nadie ocupa su lugar.
Nadie intenta reemplazarla.
Todos la rodean.
Todos la sirven.
Todos vuelven constantemente a ella.
Una biblioteca que siempre deja un libro pendiente
Existe otra característica profundamente judía.
Esta biblioteca nunca termina.
Cuando uno termina el Rambán, descubre al Maharal.
Cuando termina el Maharal, aparece el Ramjal.
Después llega el Arizal.
Luego Baal HaSulam.
Después encuentra una referencia en el Midrash que nunca había visto.
Más tarde descubre una explicación del Kli Yakar.
Y cuando cree haber entendido un pasaje del Zóhar...
...abre el comentario de HaSulam y comprende que apenas estaba comenzando.
Lejos de ser frustrante, eso resulta profundamente liberador.
Porque significa que nadie posee la Torá.
Todos somos apenas sus estudiantes.
Quizá esa sea una de las formas más hermosas de humildad intelectual jamás concebidas.
El verdadero protagonista de esta biblioteca
Después de recorrer miles de páginas, uno termina comprendiendo algo inesperado.
El protagonista de estos libros no es Rabí Shimón bar Yojái.
Ni el Arizal.
Ni el Ramjal.
Ni el Maharal.
Ni Baal HaSulam.
Ni siquiera Moisés.
El verdadero protagonista eres tú.
No porque seas más importante que ellos.
Sino porque todos escribieron pensando en el lector que algún día abriría sus páginas y se preguntaría cómo servir mejor a HaShem.
Cada comentario existe para ayudarte a leer la Torá.
Cada explicación intenta acercarte a una mitzvá.
Cada reflexión busca transformar una decisión cotidiana.
Cada generación añadió un peldaño para que la siguiente pudiera subir un poco más.
Por eso, cuando abrimos uno de estos libros, no estamos únicamente leyendo el pasado.
Estamos aceptando una responsabilidad.
La de convertirnos, nosotros también, en un eslabón de esa cadena.
Epílogo: La biblioteca del Infinito
Si algún día alguien me preguntara cuál es el libro más importante de toda esta biblioteca, probablemente respondería de una manera que lo decepcionaría.
No diría el Zóhar.
Ni el Etz Jaim.
Ni el Mesilat Yesharim.
Ni siquiera el Talmud.
Respondería:
El próximo que abras con la intención sincera de acercarte a HaShem.
Porque un libro cerrado no transforma a nadie.
Una biblioteca admirada desde lejos tampoco.
La Torá fue entregada para ser estudiada, discutida, vivida y transmitida.
Eso hicieron Rashi y el Rambán.
Eso hizo el Maharal.
Eso hicieron el Ramak, el Arizal, Rabí Jaim Vital, el Ramjal, Rabí Jaim de Volozhin y Baal HaSulam.
No escribieron para ser venerados.
Escribieron para que la conversación nunca terminara.
Y no ha terminado.
Cada vez que un padre enseña un versículo a su hijo.
Cada vez que dos amigos discuten respetuosamente una página de Guemará.
Cada vez que un estudiante abre el Mesilat Yesharim buscando corregir una cualidad.
Cada vez que alguien se asoma con temor y reverencia a una página del Zóhar.
La biblioteca vuelve a abrir sus puertas.
Y, silenciosamente, una silla más queda ocupada alrededor de la gran mesa del pueblo de Israel.
Porque, al final, todos estos libros son comentarios a la Torá. Y la Torá es, en realidad, el comentario que HaShem escribió sobre el ser humano: sobre lo que puede llegar a ser cuando permite que la Luz del Creador ilumine su inteligencia, purifique su corazón y santifique sus actos.
Esa es la verdadera Biblioteca del Infinito.
Y, gracias a Dios, todavía queda mucho por leer.
Mordejai Yosef Douek
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