3 de septiembre de 2013

La Kipa y el Talet, no te hacen Judío.


¡Definitivamente no debemos vivir en función de lo externo!

El Talmud relata que el Rey David entró cierta vez a la casa de baños, y al verse sin ropas [habiéndose quitado los tefilín y tzitzít] exclamó: “¡Ay de mí que estoy desnudo de mitzvot!” Pero no bien recordó la circuncisión [que llevaba grabada en su carne,] se tranquilizó [considerando que seguía teniendo consigo una mitzvá]. Este relato prueba, así, que la mitzvá de circuncisión se cumple [no sólo una vez en la vida, al realizarse, sino que se la está cumpliendo en todo momento.

Lejos de leer esto de manera literal, y de empezar una disertación sobre lo que es o no es la circunsición, veamos un poquito más allá. 

Los Tefilin, Tzitziot y Talet (y por supuesto la Kipa), son sin lugar a dudas símbolos externos que vienen a reflejar aspectos internos (muy bien estudiados por la Kabbalah) y como recordatorio de los mandamientos durante los días en que se anda ocupado con el trabajo... la diferencia entre ellos tres (que uso hoy como ejemplos) y la circuncisión, es que esta ultima no puede "quitarse" y se cumple en todo momento.  

Si el objetivo de estos preceptos es recordarme de alguna manera que debo vivir de acuerdo a las leyes Universales, las únicas capaces de combatir la raíz del mal: el deseo egoísta de recibir, entonces mas allá de que si usarlos o no, me hace o no Judío, su uso viene a referir el verdadero significado de "Judío". 

El ser Judio, es un estado interno y no esta supeditado a cosas externas. Un Judío sin talet, sin kipa, sin tefilin, sigue siendo judío  pues estas ultimas tres cosas solo le recuerdan su estado interno,"Judio". 

Pero ¿Qué es este "estado interno"? Un "Yehudí" (Judío) se llama a quien anhela la conexión, el Ijud (unión) con el Creador, y esta la alcanzamos conectándonos con el Creador, dentro del Klí (vasija) que reparamos por medio de la unión mutua entre los compañeros que anhelan también la adhesión. Cuando se despierta ese punto de unión yehudi, se enciende como una llama y ayuda a la persona a sobreponerse.

El trabajo real de un Yehudi es el de unir todos los puntos interiores que aparentemente están separados: ijud, unificar todo con HaKadosh Baruj Hu. Eso es un Judío.  

Un Judío por lo tanto tiene muy despierto en él lo que se llama la conciencia de Israel: la voluntad del alma de retornar a su fuente, el Infinito, Ein Sof.

Cuando la persona comienza a pensar en los amigos, entonces también empieza a medir si tiene la necesidad de estar en conexión con ellos, no en lo material, por supuesto, sino en lo espiritual, de manera tal que se anule con respecto a aquellos, y los acepte como los grandes de la generación.

Y si ella advierte que desea esto en gran medida, pero no está capacitada, entonces se dice que llegó a la "puerta de las lágrimas", porque de aquí en adelante no existe en la persona  el pensamiento de cómo alcanzar la conexión y adhesión con el Creador sin que exista de antemano la primer condición, que es llegar a la unión con los amigos. Y entonces resulta que la persona  ya está parada frente a la "puerta de las lágrimas" y debe ahora solamente intentar encontrar el dolor para tener las lágrimas, para tener la necesidad.


El Decálogo es la síntesis del mensaje judío y nos hace ver, a través de su comprensión, la forma de educar nuestra voluntad y deseo hacia el bien y la armonía universal.



Como ya lo mencionamos, la raíz del mal es el egoísmo, producto de la codicia por lo material-sensorial.

La originalidad de la Torá reside en que nos educa a relacionarnos con el ámbito material-sensorial como un medio para lograr el bien colectivo, y no como sucede generalmente que se lo concibe como un fin en sí mismo.

Previamente a la revelación de la Torá no existía un proyecto universal cuyo objetivo fuese transformar el deseo egoísta en altruismo.

Así como en el plano material la tecnología nos ayuda a canalizar la energía de modo que podamos utilizarla para el bienestar de la humanidad, la Torá nos ofrece la «tecnología» educativa y espiritual para encauzar armónicamente la energía más poderosa de la Creación: el deseo de recibir.

La Torá le brinda al hombre, si éste se educa verdaderamente a través de ella, una conciencia superior que lo mantiene alerta en todos los ámbitos de la realidad para prever y diluir cualquier manifestación egoísta.

Las «Tablas de la Ley» son otorgadas dos veces al pueblo de Israel. En la primera, Israel aún no estaba preparado, siendo cautivado por la idolatría, el becerro de oro (Shemót /Exodo 32:19). La segunda vez, en cambio, el pueblo las acepta y las recibe (Devarim / Deuteronomio 5:1).

Israel en el desierto, como nos pasa muchas veces en la vida, necesitó equivocarse (el becerro de oro) para poder posteriormente recibir las segundas tablas.

Las primeras tablas representan la «medida rigurosa» («midát hadín»), y las segundas la «flexibilización de la rigurosidad» («midát harajamím»), como fue explicado en Sabios.

La primera vez el Kadósh Barúj Hú transmite la Torá directamente, la segunda lo hace a través de Moshé Rabéinu.

Generalmente aceptamos algo cuando nos llega a través de alguien «cercano a nuestra forma de ser». En cambio, la transmisión directa de HaShem o a través de grandes Sabios, «lejanos a nuestra forma de ser», requiere una voluntad y un nivel espiritual muy desarrollados. Para recibir la Torá directamente de HaShem debemos forjar el nivel de voluntad altruista y amor al prójmo de Moshé Rabeinu.

Cuando logramos alcanzar «nuestra índole de Moshé», conseguimos trabajar espiritualmente a través de incentivos interiores, entonces podemos «aproximarnos» a las primeras tablas. Este logro activa en nosotros, guiados por los Sabios, las condiciones que permiten despertar el discernimiento altruista.

En el ámbito de las segundas tablas, en cambio, dependemos de estímulos exteriores, es decir, que alcanzamos ciertos grados de voluntad con la ayuda de guías y maestros, quienes perciben la realidad más objetivamente y por lo tanto pueden trabajar espiritualmente al nivel de las primeras tablas (consultar items 61,62 y 63).

Los Sabios son quienes logran, inspirados e influenciados a su vez por otros Sabios, la voluntad de autoincentivarse. Los entendidos dependen de los estímulos que le proporcionan los Sabios. Los creyentes son quienes dependen, constantemente, de la seguridad que le proporcionan los entendidos y/o los Sabios.

Los verdaderos Sabios de la Torá son aquellos hombres que alcanzaron el grado de altruismo que fusiona su voluntad con la fuente infinita del dar: el Kadósh Barúj Hú.

Cuanto mayor es la voluntad y por lo tanto la automotivación y emuná, más clara será la comprensión del objetivo implícito en la Creación. En cambio, al haber menos voluntad y perseverancia surgen la inseguridad y la dependencia.

Debemos recordar en todo momento que toda interpretación que conduzca a justificar nuestro egoísmo será siempre una intelectualización limitada de la realidad. Sólo a través del conocimiento espiritual, denominado en hebreo emuná logramos trascender nuestras barreras mentales y emocionales.

Los maestros nos inician y guían activando nuestras cualidades interiores-espirituales que conducen al altruismo. Así el ego, nuestro yo, en hebreo aní, se va integrando gradualmente a nuestro Yo superior, Anojí, donde se encuentra el verdadero deseo, la voluntad e identidad, como lo indica el primer postulado del Decálogo: Yo -Anojí- (Soy) 

El maestro es quien ayuda al discípulo a fortalecer su voluntad, para que éste finalmente alcance su independencia espiritual y logre relacionarse con la Sabiduría, Jojmá, por su propia iniciativa. Ello sucede cuando el ser humano está dispuesto a trascender sus deseos egoístas y pasajeros, entonces el plano material-sensorial deja de ser un fin en sí mismo para transformarse en un medio para el bien colectivo. De este modo el hombre alcanza nuevos grados de discernimiento en la «voluntad superior», donde se encuentra, como ya vimos, su verdadera identidad (ver Si lo conociera sería El).

Pero no todos logran rápidamente su independencia espiritual, y es precisamente por esto que dependemos de Sabios y entendidos para relacionarnos con la Sabiduría; pues ellos nos guían hacia los grados superiores de la voluntad y el altruismo donde comenzamos a alcanzar nuestra propia esencia e identidad. Entonces, como dice el profeta Jeremías: "Y no enseñará más ninguno a su prójimo... porque todos Me conocerán".

Esa es la etapa de real «desarrollo»: la denominada era mesiánica.

Dentro del entorno se oculta la fuerza espiritual, y si me aproximo a ella, a la misma conexión interior que hay entre nosotros, allí encuentro todo.

Todo lo que estudio en la sabiduría de la Kabbalah, lo descubro dentro de la conexión entre nosotros, entre las almas.

"Alma" – es la fuerza de otorgamiento que hay en el hombre, la parte divina que llega desde Arriba.

La conexión no puede darse entre personas externas – entre ellos sólo puede haber odio, envidia. Existe la vestidura exterior y la fuerza interior, la fuerza de otorgamiento que se halla dentro de ellas, la pantalla interior en la que los ves conectados, y tú te aproximas a esta forma, quieres integrarte en ella, a ella deseas pertenecer. Y entonces te sujetas, pides, ruegas estar allí – esto se llama acercarse a un buen entorno.

Los cabalistas trabajan únicamente con la forma interior del grupo de alumnos, y con esto los preparan para el progreso.

En el estudio del Zohar nos instruimos sobre las acciones de otorgamiento de las personas, las almas – sólo se habla sobre los deseos de otorgamiento. Esto se realiza a través de la conexión entre nosotros, y sobre eso nos relata la Torá – la sabiduría de la Kabbalah.

Los cabalistas nos transmiten en sus escritos datos técnicos, y luego de decodificarlos y desarrollarlos dentro de tu alma, alcanzarás las realizaciones que ellos consiguieron.

Hasta que el hombre no se eleva por encima de este mundo, no siente hasta qué punto es errónea su percepción de la realidad.

La ciencia se aleja y se excluye de la filosofía todo lo que puede, y del mismo modo que la sabiduría de la Kabbalah se basa en la regla "lo que no alcancemos no lo definiremos con nombre o palabra".

En el método de la filosofía no existen límites claros, en consecuencia la Kabbalah está absolutamente desconectada de ella.

Filosofía – es todo objeto abstracto, todo objeto en el que el hombre considera a su mente como superior a la Divinidad.

La sabiduría de la Kabbalah dice: no vayas por encima de tu mente sana – yo te daré herramientas científicas para descubrir el mundo en adelante.

La sabiduría de la Kabbalah abre al hombre, y le da herramientas para estudiar, captar y relacionarse a cada cosa de modo fácil. Esto se debe a que ella desarrolla en el hombre Kelim (vasijas) de nivel Superior, del nivel del hablante, y por lo tanto la confrontación con todos los niveles correctos de ella se vuelve fácil para él.

Nosotros tenemos que relacionarnos con el niño como con una persona adulta, porque para el alma no hay edad. Nuestro problema en la vida es que nos relacionamos al niño como pequeño, y eso lo disminuye, porque no es eso lo que quiere de nosotros – él quiere ser como nosotros. Tenemos que considerarlo como pequeño desde el punto de vista físico pero en su interior él es un adulto.

No te relaciones al niño como pequeño – es sólo su cuerpo y desde su interior él te observa con los ojos de un adulto. Él guarda y sabe todo – así tienes que relacionarte con él – es un error de toda la humanidad. Nosotros cambiamos únicamente en el nivel animado, y con el nivel de hablante que hay en nosotros tenemos que comunicarnos con todos por igual.

1 comentario:

  1. " Lo que no alcanzamos no lo definiremos con palabra"....


    Muy buen articulo

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