Birshui Morai veRabotai
Cuando el estudio de la Torá olvida al ser humano
Hay situaciones pequeñas que nos obligan a detenernos y examinar una cuestión mucho más profunda que el incidente mismo:
Así sea mucha o poca ¿qué estamos haciendo con la Torá que estudiamos?.
En una conversación sobre un asunto de Torá, mencioné sobre el leer al Ben Ish Jai, Rabí Yosef Jaim de Bagdad, como referencia para profundizar en el tema. La respuesta que recibí fue acompañada de un gesto de desagrado e incredulidad:
«Ustedes no leen el Ben Ish Jai».
La frase fue breve, pero me dejó pensando. No tanto por la afirmación en sí misma, sino por lo que puede revelar una manera de relacionarnos con el conocimiento, con nuestros semejantes y con la propia Torá.
El Ben Ish Jai es uno de los grandes maestros de nuestra tradición sefardí. Acercarse a sus enseñanzas requiere estudio, respeto y disposición para aprender. Sin embargo, hay una pregunta que conviene hacernos: ¿de qué sirve invocar a nuestros jajamim si, al relacionarnos con los demás, olvidamos las cualidades que su enseñanza debería ayudarnos a cultivar?
El estudio de la Torá nos compromete con una tarea permanente de refinamiento de nuestras midot. Cada página debería ofrecernos también una oportunidad de examinar nuestro carácter, nuestras intenciones y la manera en que tratamos al prójimo. El conocimiento puede crecer mientras el orgullo permanece intacto. Por eso, acumular referencias, dominar terminología o conocer determinadas fuentes no garantiza, por sí solo, que hayamos interiorizado su enseñanza.
El Mesilat Yesharim, del Ramjal, dedica un capítulo entero a la humildad, y verdaderamente hace mucho tiempo que yo no lo releo este capitulo, y seguramente también tengo tiempo que no estudio el Ben Ish Jay, así que la afirmación puede real. Pero lo que tengo presente es que allí Ramjal nos recuerda que la cualidad de la humildad debe arraigarse en el pensamiento y expresarse en la conducta.
La verdadera humildad exige reconocer nuestros propios límites y renunciar a la pretensión de colocarnos por encima de los demás. [Cf. Mesilat Yesharim, cap. 22, lo busqué para recordarlo].
Esta enseñanza adquiere especial relevancia cuando el estudio de la Torá se desarrolla entre burlas, comentarios despectivos y conocimientos tomados a medias. Una conversación que podría servir para esclarecer una cuestión termina convirtiéndose, a veces, en una ocasión para exhibir otras cosas. Se juzga al interlocutor por lo que supuestamente desconoce, se desacredita su capacidad y se olvida que todos nos encontramos en un proceso de aprendizaje.
El Jafetz Jaim, en su obra Jafetz Jaim, advierte sobre la gravedad de hablar despectivamente de otra persona, incluso cuando aquello que se dice es verdadero. En su introducción a las leyes de lashón hará, relaciona la burla hacia el prójimo con la soberbia: quien ridiculiza a otro corre el riesgo de elevarse a sí mismo mediante la humillación ajena. [Cf. Jafetz Jaim, introducción a las leyes de lashón hará, mandamientos negativos, 17].
Conviene recordar que no toda expresión desagradable constituye automáticamente lashón hará en sentido halájico. Las circunstancias, el contenido y la finalidad de las palabras importan. Sin embargo, la Torá nos exige examinar también el desprecio, la burla y el daño que podemos causar mediante nuestra manera de hablar. La prohibición de ona'at devarim, el agravio mediante las palabras, nos recuerda que el prójimo merece una consideración que no depende de su nivel de conocimiento ni de su capacidad para defenderse.
También deberíamos preguntarnos qué lugar ocupan las bromas y la frivolidad en nuestros espacios de estudio. La alegría es valiosa, y el humor puede acercar a las personas; pero cuando la burla se convierte en costumbre, cuando el conocimiento ajeno sirve para hacer chistes o cuando una discusión de Torá se transforma en una competencia de prestigio, algo merece ser revisado. La leitzanut, la actitud burlona que convierte las cosas serias en motivo de escarnio, es examinada con severidad por nuestros maestros de Musar. [Cf. Orjot Tzadikim, Shaar HaLeitzanut].
No necesitamos conocer por completo la intención de quien habla para reconocer que ciertas maneras de expresarse pueden herir, excluir o alimentar la vanidad. Tampoco nos corresponde dictaminar el valor espiritual de otra persona a partir de un episodio. La reflexión debe comenzar por aquello que sí podemos examinar: nuestras propias palabras, nuestros gestos y la disposición con la que recibimos a quien estudia junto a nosotros.
Quizá la pregunta más importante no sea quién lee al Ben Ish Jai, quién conoce más fuentes o quién puede sostener el argumento más elaborado. Quizá debamos preguntarnos qué está produciendo ese estudio en nuestra vida.
¿Nos vuelve más cuidadosos al hablar? ¿Nos enseña a escuchar antes de juzgar? ¿Nos permite reconocer el conocimiento de otro sin sentir que nuestra propia posición queda disminuida? ¿Nos ayuda a disentir sin humillar?
El Ben Ish Jai merece ser estudiado por la profundidad de su obra y por el lugar que ocupa en nuestra tradición. Precisamente por eso, su nombre no debería convertirse en una frontera para separar a quienes supuestamente saben de quienes supuestamente ignoran. Una referencia rabínica debería abrir una puerta al estudio, suscitar preguntas y conducirnos hacia una comprensión más profunda.
La Torá no pierde su grandeza cuando reconocemos que todavía tenemos mucho por aprender. Al contrario, es entonces cuando comenzamos a aproximarnos a ella con la seriedad que merece.
Y si después de estudiar seguimos encontrando placer en la humillación ajena, si nuestras conversaciones necesitan de la burla para sostenerse y si el conocimiento nos sirve para mirar a otros desde arriba, vale la pena detenernos y preguntarnos qué parte de la enseñanza aún no ha llegado a nuestro corazón.
Porque el estudio puede llenar la memoria de referencias, pero el trabajo de Musar nos exige algo más difícil: permitir que aquello que aprendemos transforme nuestra manera de vivir.
Tal vez una de las pruebas más discretas de nuestro estudio consista, precisamente, en esto: poder hablar de Torá sin hacer que el otro se sienta menos digno por estar aprendiendo junto a nosotros.