13 de julio de 2026

Las mitzvot: recipientes para la revelación de la Luz

Un legado para mi hijo
Las páginas que siguen son el fruto de muchos años de estudio. Nacieron entre libros abiertos, clases, conversaciones con maestros y largas horas de reflexión. Durante ese tiempo fui reuniendo, en numerosas carpetas de anillos, miles de hojas con apuntes, transcripciones, resúmenes, comentarios y estudios sobre la Torá, la Halajá y la Kabalá.


Cada carpeta fue creciendo con el paso de los años. En ellas quedaron preservadas enseñanzas recibidas de rabinos y maestros, especialmente durante mi formación en Caracas, Venezuela, junto con las reflexiones personales que esas enseñanzas despertaron en mí. 

Está carpetas no están a mi alcance; están en mi biblioteca en Venezuela y solo conservo unas pocas fotografías o fragmentos que están guardadas en mi biblioteca digital. Sin embargo, esos fragmentos siguen siendo suficientes para recordar la riqueza de un camino de aprendizaje que marcó profundamente mi vida. 


Estás carpetas están enumeradas, y tituladas: La Vida en HaShem. Esta recopilacion nace de ese legado. No pretende presentar ideas originales ni reemplazar la voz de quienes me enseñaron. Por el contrario, procura ordenar, desarrollar y transmitir, con fidelidad y respeto, aquello que recibí de mis maestros y que, con la ayuda del Creador, procuré comprender y hacer parte de mi propia vida.

Nuestros Sabios enseñan: «Moshé recibió la Torá en el Sinaí y la transmitió a Yehoshúa; Yehoshúa a los Ancianos; los Ancianos a los Profetas; y los Profetas a los Hombres de la Gran Asamblea» (Pirkei Avot 1:1). La Torá vive precisamente porque se transmite de generación en generación. Nadie es dueño de ella; todos somos custodios de una herencia que recibimos con la responsabilidad de conservarla, vivirla y entregarla íntegra a quienes vienen después.


Estas son, ante todo, un acto de gratitud hacia mis maestros, cuya dedicación hizo posible mi formación, y hacia todos aquellos autores cuyas obras iluminaron mi estudio. Si estas páginas tienen algún valor, es porque se apoyan sobre el trabajo y la sabiduría de quienes caminaron antes que nosotros.

Pero también deseo que este libro sea una herencia para mi hijo, Isaac.

Quizá no pueda dejarle grandes bienes materiales. La vida es incierta y las riquezas pueden desaparecer. Sin embargo, hay una herencia que nadie puede arrebatar: el amor por la Torá, el deseo constante de buscar a Hashem y la convicción de que cada día ofrece una nueva oportunidad para acercarse a Él. 

Estas páginas son parte de esa herencia.

No contienen únicamente conceptos o explicaciones. Contienen los años de estudio, las preguntas, las búsquedas, las alegrías del descubrimiento y el esfuerzo por comprender un poco mejor la sabiduría que el Creador reveló a Israel.

Si algún día, querido Isaac, estas páginas llegan a tus manos, deseo que descubras algo más que un libro. Quisiera que encontraras el testimonio de una vida que procuró caminar, aunque con muchas limitaciones, por los senderos de la Torá. Y que ese testimonio te anime a continuar la cadena de transmisión, para que la luz recibida nunca se extinga, sino que siga iluminando a las generaciones que vendrán después de nosotros.

Los últimos artículos de surgieron de las páginas fotografiadas. Y este es uno de ellos:



La tradición kabalística enseña que el Ein Sof, el Infinito, sostiene y vivifica toda la creación mediante la irradiación constante de Su Luz (Or Ein Sof). 

Nada existe separado de esa fuente; toda realidad subsiste porque la Luz divina la sostiene a cada instante. Como afirma el profeta: «Porque contigo está la fuente de la vida; en Tu luz veremos la luz» (Salmo 36:10).


Según la enseñanza del Arizal, esa Luz se revela en la creación a través del Kav, el "rayo" o "línea" de emanación que, tras el Tzimtzum (la contracción primordial), permite la existencia de los mundos finitos (Etz Jaim, Heijal A"K, Shaar 1). El propósito de la existencia humana consiste en convertirse en un recipiente adecuado para recibir y manifestar esa Luz de manera rectificada.


Desde esta perspectiva, las mitzvot no son simplemente mandamientos ni normas religiosas. Constituyen los instrumentos mediante los cuales el ser humano refina su voluntad y orienta su deseo hacia el propósito para el cual fue creado. En la terminología del Baal HaSulam, las mitzvot participan en la transformación del ratzón lekabel (la voluntad de recibir para sí mismo) en un deseo capaz de recibir con la intención de otorgar, alcanzando así la equivalencia de forma con el Creador (Matan Torá; Introducción al Talmud Eser Sefirot).


Esta transformación no implica negar el deseo. La Kabalá no considera el deseo como un enemigo, sino como la materia prima de la creación. Lo que requiere rectificación es su orientación. Cuando el deseo permanece centrado exclusivamente en uno mismo, genera separación y ocultamiento de la Luz. Cuando se ordena conforme a la voluntad divina, se convierte en un canal para la bendición y la revelación.

En este sentido, las mitzvot liberan progresivamente al alma de la dependencia exclusiva de la materialidad y del dominio del ego. La tradición cabalística explica que este proceso contribuye a la rectificación del alma a lo largo de su recorrido espiritual, tema desarrollado ampliamente por el Arizal en Shaar HaGilgulim.

Las 613 mitzvot y la estructura del ser humano

La Torá contiene 613 mitzvot, tradicionalmente divididas en 248 mandamientos positivos (mitzvot asé) y 365 mandamientos negativos (mitzvot lo ta'asé).

El Talmud señala que los 248 preceptos positivos corresponden simbólicamente a los miembros del cuerpo humano, mientras que los 365 preceptos negativos corresponden a los días del año solar (Makot 23b-24a). Esta asociación expresa que la santidad debe abarcar tanto la dimensión espacial de la existencia -representada por el cuerpo y sus acciones- como la dimensión temporal, representada por el transcurso del tiempo.

Los preceptos positivos enseñan cuándo y cómo actuar para revelar el bien, mientras que los negativos establecen los límites que preservan la integridad espiritual. Ambos aspectos son inseparables: crecer requiere tanto desarrollar el bien como abstenerse de aquello que lo destruye.

Desde la óptica cabalística, el conjunto de las 613 mitzvot constituye un mapa de rectificación para todas las dimensiones del deseo humano.

Una ecología espiritual del deseo

Las mitzvot dan forma armónica a nuestros deseos y establecen una verdadera ecología espiritual.

Cada deseo que surge en el corazón humano plantea una pregunta fundamental: ¿conduce este impulso a una mayor manifestación de la vida y del bien, o produce separación, daño e injusticia?
Las mitzvot ofrecen un marco objetivo para discernir esa respuesta. No buscan reprimir la vida, sino orientarla. Enseñan a integrar el deseo personal con la responsabilidad hacia el prójimo y con la voluntad del Creador.

Cuando el hombre vive conforme a estos principios, contribuye al equilibrio de toda la creación. En cambio, cuando el deseo egoísta desplaza toda consideración por el otro, aparecen la violencia, la explotación, la pobreza y el sufrimiento. Como enseñaron los Sabios, el Segundo Templo fue destruido a causa del odio gratuito (sinat jinam) (Yoma 9b), recordándonos que la ruptura espiritual termina manifestándose también en la historia.

Las mitzvot como leyes objetivas de la creación

La educación judía busca formar el deseo mediante la práctica consciente de las mitzvot.

Desde la perspectiva de la Torá, estas no son simples convenciones sociales ni el resultado de una elaboración filosófica humana. Expresan el orden moral y espiritual con el que el Creador sostiene Su mundo.

Del mismo modo que la gravedad actúa independientemente de que el hombre la conozca o no, las leyes espirituales conservan su vigencia con independencia de las modas culturales o de las preferencias individuales. La diferencia es que sus efectos se manifiestan principalmente en la dimensión interior del ser humano y en la relación entre las personas.

Olam, Shaná y Néfesh: las coordenadas de la realidad
El Séfer Yetzirá establece que toda la realidad puede comprenderse mediante tres categorías fundamentales: Olam (Mundo), Shaná (Año) y Néfesh (Alma) (Séfer Yetzirá 6:4).

Estas tres dimensiones constituyen las coordenadas de toda experiencia creada:

- Olam representa el espacio, el ámbito donde los acontecimientos tienen lugar.
- Shaná representa el tiempo, el ritmo y la secuencia mediante la cual la realidad se desarrolla.
- Néfesh representa el principio vital que anima y pone en movimiento toda la existencia.

La tradición cabalística desarrolla ampliamente este esquema y lo aplica tanto a la estructura del universo como a la vida espiritual del ser humano.

El alma (Néfesh)

El alma se manifiesta en cinco niveles tradicionales: Néfesh, Rúaj, Neshamá, Jaiá e Iejidá, cada uno correspondiente a un grado creciente de percepción y cercanía al Creador. Estos niveles reciben la influencia de la Luz divina a través del Kav, la línea de emanación procedente del Ein Sof.

El mundo (Olam)

La manifestación del alma tiene lugar dentro de distintos niveles de realidad, conocidos como los cinco mundos: Adam Kadmón, Atzilut, Beriá, Yetzirá y Asiá. Cada uno representa un grado diferente de revelación u ocultamiento de la Luz divina.

El tiempo (Shaná)

En la Kabalá, el tiempo no es únicamente una sucesión cronológica. Es un proceso espiritual de causas y consecuencias. Cada instante prepara el siguiente, y cada acción deja una huella que influye en el desarrollo posterior de la realidad.

Por ello, el calendario hebreo no es una simple conmemoración histórica. Cada festividad reactualiza determinadas fuerzas espirituales presentes desde el origen de la creación.

Israel, la Torá y la Tierra de Israel
Estas tres dimensiones encuentran una expresión privilegiada en la tradición de Israel:

Las festividades —Pésaj, Shavuot, Sucot y el resto del ciclo anual— constituyen momentos en los que estas tres dimensiones convergen. El pueblo, en un tiempo santificado por la Torá y orientado hacia la presencia divina, participa del proceso continuo de tikún, la rectificación de la creación.

Desde esta perspectiva, las mitzvot no son actos aislados. Son los canales mediante los cuales el espacio, el tiempo y el alma vuelven a alinearse con el propósito para el cual fueron creados: revelar la presencia del Ein Sof en el mundo finito.

Las klipót y la orientación del deseo

La tradición cabalística describe que la Luz divina puede quedar velada por diversas envolturas o klipót (קְלִיפּוֹת), literalmente “cáscaras”. Estas no constituyen una realidad independiente del Creador, sino estados de ocultamiento que dificultan que los pensamientos, las emociones y las acciones expresen plenamente el ratzón lehashpía (רצון להשפיע), la voluntad de otorgar.

El Zóhar utiliza con frecuencia la imagen de la cáscara que cubre el fruto: la esencia permanece presente, pero necesita ser revelada. De manera más sistemática, la Kabalá del Arizal desarrolla el concepto de las klipót como fuerzas de ocultamiento que acompañan el proceso de rectificación del alma (Etz Jaim, Shaar HaKlipot; cf. Zóhar, I, 19b).

Desde esta perspectiva, el brit milá constituye una iniciación en la alianza. No representa la culminación del camino espiritual, sino su comienzo. La vida judía invita a atravesar un proceso continuo de refinamiento, en el que la persona aprende a reconocer las distintas formas que esas envolturas pueden adoptar a lo largo de su existencia: egoísmo, indiferencia, orgullo, impulsividad o desconexión interior.

Ritmos espirituales de rectificación

La tradición judía ofrece tiempos y prácticas que ayudan a ordenar la vida interior. Entre ellos destacan las tres plegarias diarias: Shajarit, Minjá y Arvit. Los Sabios establecieron estas tefilot como momentos de encuentro constante con el Creador, distribuidos a lo largo del día (Berajot 26b).

En la lectura kabalística, este ritmo cotidiano permite renovar la orientación del corazón y reencauzar la energía del deseo. Del mismo modo, las tres festividades de peregrinación -Pesaj, Shavuot y Sucot- marcan etapas fundamentales del calendario espiritual de Israel: la salida de la esclavitud, la recepción de la Torá y la experiencia de la confianza bajo la protección divina (cf. Éxodo 23:14-17; Deuteronomio 16:16).

La Kabalá interpreta estos ciclos como oportunidades de tikún (rectificación). No eliminan automáticamente las tendencias egoístas, pero crean condiciones favorables para que la persona pueda orientar su energía hacia formas más elevadas de relación, responsabilidad y generosidad.

Del ratzón lekabel al ratzón lehashpía

Uno de los ejes centrales de la enseñanza del Baal HaSulam es la transformación del ratzón lekabel (la voluntad de recibir para sí mismo) en una voluntad capaz de otorgar (Matan Torá; Introducción al Talmud Eser Sefirot). Esta transformación no implica negar el deseo humano, sino refinar su intención.

La energía de los instintos puede compararse con un mar: poderosa, profunda y, si queda sin dirección, aparentemente insaciable. En la terminología cabalística, el nivel de Néfesh representa la fuerza vital básica que anima la existencia. Cuando esa energía no es encauzada, puede dispersarse en búsquedas fragmentadas; cuando encuentra su lugar adecuado, se convierte en una fuente de vitalidad para el crecimiento espiritual.

Por ello, el objetivo no es reprimir la vida interior, sino darle una forma armoniosa. El deseo, orientado correctamente, puede convertirse en un vehículo para revelar más Luz, más responsabilidad y más plenitud en todos los ámbitos de la vida.

La tradición judía ofrece múltiples herramientas para esta labor de refinamiento. Entre ellas destacan las tres plegarias diarias —Shajarit, Minjá y Arvit—, así como las tres festividades de peregrinación —Pésaj, Shavuot y Sucot—. Estas estructuras sagradas no fueron concebidas únicamente como obligaciones rituales, sino como oportunidades recurrentes para reorientar la conciencia hacia el propósito espiritual de la existencia.

Los maestros de la Kabalá enseñan que la repetición constante de estos ciclos permite debilitar la influencia de las fuerzas que alimentan el egoísmo y fortalecer progresivamente la capacidad de otorgar. Cada plegaria introduce un momento de alineación interior; cada festividad reactualiza una energía espiritual específica que contribuye al proceso de tikún o rectificación.

De esta manera se crean las condiciones para que la persona pueda dirigir conscientemente su energía hacia niveles cada vez más elevados de altruismo, responsabilidad y servicio

La energía instintiva que habita en el ser humano es denominada por la tradición cabalística Néfesh, el nivel más cercano a la vitalidad biológica y emocional del alma. Lejos de ser considerada negativa, esta fuerza constituye el combustible mismo de la vida.

Los sabios compararon frecuentemente esta dimensión con un mar poderoso: inmenso, dinámico y difícil de contener. Cuando el Néfesh carece de dirección, puede convertirse en una fuerza insaciable que busca satisfacción permanente sin encontrar reposo. Pero cuando es orientado mediante la Torá, las mitzvot y el trabajo interior, se transforma en una fuente extraordinaria de crecimiento espiritual.

El objetivo de la Kabalá no consiste en destruir los impulsos humanos, sino en elevarlos. La misma energía que puede alimentar la búsqueda egoísta puede convertirse en el motor del amor, la compasión, el estudio, la plegaria y el servicio al prójimo.

Por ello, el verdadero trabajo espiritual no es la negación del deseo, sino su transformación. Cuando cada dimensión de la personalidad ocupa el lugar que le corresponde dentro del orden espiritual, el Néfesh deja de arrastrar al individuo hacia la dispersión y se convierte en un vehículo para manifestar mayor Luz y plenitud en todos los ámbitos de la vida.

Halajá: el camino concreto de la vida espiritual

La tradición judía no deja este trabajo únicamente en el plano de la inspiración. Lo traduce en acciones concretas mediante la Halajá.

El término Halajá proviene de la raíz hebrea haloj (הלך), “andar” o “caminar”. Designa el conjunto de enseñanzas prácticas que orientan la conducta judía de acuerdo con la Torá y la tradición rabínica. Su alcance abarca tanto los grandes principios éticos como los detalles cotidianos de la vida.

Desde la perspectiva cabalística, la práctica de las mitzvot posee también una dimensión interior. Las obras atribuidas a la tradición del Arizal, como Taamei HaMitzvot y Shaar HaMitzvot, transmitidas por Rabí Jaim Vital, exploran el sentido espiritual de los preceptos y su relación con la rectificación del alma.

De este modo, la vida espiritual judía no queda reducida a conceptos abstractos. Se expresa en un camino concreto, repetido día tras día, en el que la plegaria, las festividades, las mitzvot y la conducta cotidiana ayudan a retirar gradualmente las envolturas que ocultan la Luz. El propósito final es que pensamientos, emociones y acciones puedan alinearse cada vez más con el ratzón lehashpía, la voluntad de otorgar y de revelar bondad en el mundo.

La Biblioteca del Infinito (V)


Birshui Morai veRabotai 

Todos los libros conducen al mismo Libro

Si has llegado hasta aquí, probablemente hayas notado algo curioso.

Comenzamos hablando de libros.
Pero hace varias páginas dejamos de hablar únicamente de libros.

Empezamos a hablar de personas.

De maestros.
De discípulos.
De generaciones.

Y eso no es casualidad.

Porque, en el judaísmo, un libro nunca es solamente tinta sobre pergamino o sobre papel. Es una vida que continúa enseñando mucho después de que su autor haya abandonado este mundo.
Los Sabios dicen que "los labios del justo siguen moviéndose en la tumba cuando sus enseñanzas son estudiadas" (Yevamot 97a). Es una imagen profundamente judía. Significa que cada vez que abrimos el comentario de Rashi, el Rambán vuelve a explicar la Torá, el Maharal vuelve a reflexionar sobre el exilio o el Ramjal vuelve a hablarnos de la santidad, esa conversación sigue viva.
Por eso esta biblioteca no es un museo.

Es un organismo vivo.
El gran error moderno

Vivimos en una época fascinada por la información.

Nunca había sido tan fácil conseguir libros.

Nunca había sido tan sencillo descargar una biblioteca completa.
Y, paradójicamente, nunca había sido tan fácil confundir información con sabiduría.

Uno puede tener el Zóhar en el teléfono.
El Etz Jaim en formato PDF.
El Talmud Eser Sefirot en una tableta.
El Mesilat Yesharim en una aplicación.

Y seguir siendo exactamente la misma persona.

Los Sabios nunca midieron el estudio por el número de libros leídos.

Lo midieron por el número de vidas transformadas.

Esa es una diferencia enorme.
Porque el objetivo del estudio judío nunca fue acumular conceptos.

Fue permitir que la Torá reordenara el alma.

Lo que estos libros no enseñan

Quizá este sea el momento de destruir una ilusión.

Muchas personas se acercan a la Kabbalah esperando encontrar fórmulas secretas.

Amuletos.
Nombres ocultos.
Poderes extraordinarios.

Experiencias místicas espectaculares.

Y se sorprenden cuando descubren que los grandes maestros insisten una y otra vez en exactamente lo contrario.

El Tomer Devorah habla del perdón.
El Shaarei Kedushah habla del dominio del carácter.
El Mesilat Yesharim habla de disciplina.
El Nefesh HaJaim habla del estudio constante.
El Derej HaShem habla de responsabilidad.
El Shamati habla de humildad.
El Talmud Eser Sefirot habla de corregir el deseo.
Y el Zóhar, detrás de todas sus imágenes grandiosas, vuelve siempre a la misma pregunta:

¿Qué clase de persona estás llegando a ser?

Es una decepción para quien busca magia.

Y una inmensa alegría para quien busca verdad.

Porque la Kabbalah auténtica nunca prometió convertirnos en personas extraordinarias.

Prometió ayudarnos a ser personas íntegras.

La mesa donde todos se encuentran

A veces imagino esta biblioteca como un enorme Beit Midrash iluminado por lámparas de aceite.

En una mesa, Rashi explica pacientemente un versículo del Génesis.

A su lado, el Rambán escucha, asiente y añade una observación que abre discretamente la puerta al Sod.
Un poco más allá, el Maharal convierte aquella discusión en una reflexión sobre la naturaleza del tiempo y del hombre.

El Ramak toma notas, intentando ordenar cada idea.

El Arizal observa en silencio y, cuando todos creen haber comprendido el tema, dibuja un mapa completamente nuevo del universo.

Rabí Jaim Vital escribe frenéticamente para que ninguna palabra de su maestro se pierda.

El Ramjal entra con una sonrisa y pregunta algo que incomoda a todos:
—Todo eso está muy bien... ¿pero ya corrigieron su orgullo?

En otra esquina, Rabí Jaim de Volozhin continúa estudiando Guemará, como si quisiera recordarles que toda aquella grandeza sigue naciendo de la Torá.

Baal HaSulam llega con una escalera al hombro.

No para alcanzar el cielo.

Para ayudar a otros a subir.

Y mientras todos conversan, en el centro de la sala permanece abierta la Torá.

Nadie ocupa su lugar.
Nadie intenta reemplazarla.
Todos la rodean.
Todos la sirven.
Todos vuelven constantemente a ella.

Una biblioteca que siempre deja un libro pendiente

Existe otra característica profundamente judía.

Esta biblioteca nunca termina.
Cuando uno termina el Rambán, descubre al Maharal.

Cuando termina el Maharal, aparece el Ramjal.
Después llega el Arizal.
Luego Baal HaSulam.

Después encuentra una referencia en el Midrash que nunca había visto.
Más tarde descubre una explicación del Kli Yakar.

Y cuando cree haber entendido un pasaje del Zóhar...

...abre el comentario de HaSulam y comprende que apenas estaba comenzando.

Lejos de ser frustrante, eso resulta profundamente liberador.
Porque significa que nadie posee la Torá.

Todos somos apenas sus estudiantes.
Quizá esa sea una de las formas más hermosas de humildad intelectual jamás concebidas.

El verdadero protagonista de esta biblioteca

Después de recorrer miles de páginas, uno termina comprendiendo algo inesperado.

El protagonista de estos libros no es Rabí Shimón bar Yojái.
Ni el Arizal.
Ni el Ramjal.
Ni el Maharal.
Ni Baal HaSulam.
Ni siquiera Moisés.
El verdadero protagonista eres tú.

No porque seas más importante que ellos.

Sino porque todos escribieron pensando en el lector que algún día abriría sus páginas y se preguntaría cómo servir mejor a HaShem.

Cada comentario existe para ayudarte a leer la Torá.

Cada explicación intenta acercarte a una mitzvá.

Cada reflexión busca transformar una decisión cotidiana.

Cada generación añadió un peldaño para que la siguiente pudiera subir un poco más.

Por eso, cuando abrimos uno de estos libros, no estamos únicamente leyendo el pasado.

Estamos aceptando una responsabilidad.

La de convertirnos, nosotros también, en un eslabón de esa cadena.

Epílogo: La biblioteca del Infinito

Si algún día alguien me preguntara cuál es el libro más importante de toda esta biblioteca, probablemente respondería de una manera que lo decepcionaría.

No diría el Zóhar.
Ni el Etz Jaim.
Ni el Mesilat Yesharim.
Ni siquiera el Talmud.

Respondería:

El próximo que abras con la intención sincera de acercarte a HaShem.

Porque un libro cerrado no transforma a nadie.

Una biblioteca admirada desde lejos tampoco.

La Torá fue entregada para ser estudiada, discutida, vivida y transmitida.

Eso hicieron Rashi y el Rambán.
Eso hizo el Maharal.
Eso hicieron el Ramak, el Arizal, Rabí Jaim Vital, el Ramjal, Rabí Jaim de Volozhin y Baal HaSulam.

No escribieron para ser venerados.
Escribieron para que la conversación nunca terminara.

Y no ha terminado.

Cada vez que un padre enseña un versículo a su hijo.

Cada vez que dos amigos discuten respetuosamente una página de Guemará.

Cada vez que un estudiante abre el Mesilat Yesharim buscando corregir una cualidad.

Cada vez que alguien se asoma con temor y reverencia a una página del Zóhar.

La biblioteca vuelve a abrir sus puertas.

Y, silenciosamente, una silla más queda ocupada alrededor de la gran mesa del pueblo de Israel.

Porque, al final, todos estos libros son comentarios a la Torá. Y la Torá es, en realidad, el comentario que HaShem escribió sobre el ser humano: sobre lo que puede llegar a ser cuando permite que la Luz del Creador ilumine su inteligencia, purifique su corazón y santifique sus actos.

Esa es la verdadera Biblioteca del Infinito.

Y, gracias a Dios, todavía queda mucho por leer.

Mordejai Yosef Douek