20 de julio de 2026

Trascendencia e Inmanencia

Trascendencia e Inmanencia 

Birshui Morai VeRabotai 

Hoy, mientras leía la reflexión diaria del Tania, me encontré nuevamente con algunos de los conceptos más profundos de la Torah, entre ellos la trascendencia y la inmanencia de HaShem. Esa lectura despertó en mí el recuerdo de algunos de los estudios más enriquecedores que me transmitieron hace años en Caracas, cuando profundizabamos en  el Tania, en los escritos del Arizal, y en del Talmud Eser Sefirot y en otras obras fundamentales del pensamiento judío.

Aquellos aprendizajes dejaron una huella que, con el paso del tiempo, continúa invitándome a volver sobre ellos con una mirada renovada. Por ello, he querido escribir una breve serie de dos artículos dedicados a estos conceptos.

El primero estará dirigido a quienes nunca han tenido contacto con el lenguaje de la Kabbalah. Procuraré explicarlos de una manera sencilla, utilizando principalmente el lenguaje del Tanaj y de la tradición rabínica, para que cualquier lector pueda acercarse a estas ideas sin necesidad de conocimientos previos.

El segundo abordará los mismos temas desde una perspectiva más profunda y técnica, incorporando el lenguaje propio de la Kabbalah y de los grandes maestros, con el propósito de explorar con mayor detalle la riqueza de estas enseñanzas.

¿Cómo puede Dios estar en todas partes y, al mismo tiempo, ser infinitamente mayor que el universo? Una explicación sencilla desde la tradición judía

Una de las preguntas más profundas que plantea el Tanaj es cómo HaShem puede estar presente en toda la creación y, al mismo tiempo, ser infinitamente superior a ella.

Este concepto está insinuado en el Tanak de la siguiente manera, en los siguientes versículos. 

Por un lado, el rey Salomón declara:

«Los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte.» (I Reyes 8:27)

Pero el profeta Isaías afirma:

«Toda la tierra está llena de Su gloria.» (Isaías 6:3)

¿Cómo pueden ser verdaderas ambas afirmaciones?

La tradición rabínica explica que Dios nunca cambia; lo que cambia es la manera en que Su presencia se revela a la creación.

Antes de crear el universo existía únicamente la Luz Infinita de HaShem, conocida en la Kabbalah como Ein Sof ("Sin Fin o infinito"). En ese estado no existían el tiempo, el espacio ni las criaturas, solo la infinita realidad del Creador.

Para que pudiera existir un mundo independiente, HaShem ocultó parte de la manifestación de Su infinita luz. A este ocultamiento los sabios lo llaman Tzimtzum. No significa que Dios se alejara del universo, sino que permitió que Su presencia no se manifestara con toda su intensidad, haciendo posible la existencia de seres capaces de conocerlo libremente.

Después de ese ocultamiento, la tradición distingue dos formas en que la presencia divina actúa en el mundo.

La primera es llamada Sovev Kol Almín, "Aquel que rodea todos los mundos". Significa que Dios siempre es infinitamente mayor que la creación: Ningún cielo, ningún ángel y ningún universo pueden abarcar Su grandeza.

La segunda es Memalé Kol Almín, "Aquel que llena todos los mundos". Significa que esa misma presencia divina da vida continuamente a cada criatura, desde la más pequeña hasta la más grande. Todo existe porque HaShem sostiene el universo en cada instante.

No son dos dioses ni dos fuerzas distintas, Jas veshalom. Aclaró esto porque precisamente la trascendencia se refiere al la Voluntad divina ilimitada o lo que en términos de la la Kabbalah se conoce Ein Sof  y la inmanencia se refiere al ámbito de las sefirot.

Al final es el mismo HaShem revelándose de dos maneras: una que manifiesta Su infinita trascendencia y otra que expresa Su cercanía constante con toda la creación.

Por eso la Biblia afirmar, al mismo tiempo, que los cielos no pueden contener a Dios y que toda la tierra está llena de Su gloria.

Ambas declaraciones revelan una misma verdad:

HaShem es infinitamente más grande que todo lo creado, pero también está presente dando vida a todo cuanto existe.

Esta es una de las enseñanzas más profundas de la tradición rabínica: el Dios que trasciende el universo es el mismo Dios que sostiene el latido de cada ser viviente.

Mordejai Yosef Douek ס"ט

19 de julio de 2026

Cuando todo parece perdido, Dios ya ha comenzado la redención


Birshui Morai VeRabotai 

Una reflexión sobre el nacimiento oculto del Mashíaj en Tishá BeAv

La tradición judía conserva una de las enseñanzas más sorprendentes de la literatura rabínica. Mientras el pueblo contempla la destrucción del Beit HaMikdash y el humo cubre Jerusalén, los sabios afirman algo que parece imposible: ese mismo día nace el Mashíaj (Talmud Yerushalmi, Berajot 2:4; Eijá Rabá 1:51).

La afirmación resulta desconcertante. ¿Cómo puede nacer el redentor precisamente cuando todo se derrumba? ¿Cómo puede la esperanza abrir los ojos en el instante en que la historia parece cerrarlos para siempre?

Dios nunca escribe la historia como nosotros. Mientras el hombre solo alcanza a ver el final de una etapa, el Santo, bendito sea, ya está preparando el comienzo de la siguiente.

El relato del Yerushalmí es profundamente simbólico. Un campesino judío trabaja la tierra cuando un árabe le anuncia que el Templo ha sido destruido. Poco después, el mismo hombre le dice que el Rey Mesías ha nacido. 

El campesino abandona el arado y se convierte en vendedor de pañales y mantillas para recién nacidos. Recorre pueblos hasta encontrar a la madre del niño. Ella no tiene dinero para comprar lo necesario, y el vendedor le responde con una sencillez conmovedora:

—"Llévatelos. Me pagarás cuando puedas."

Tiempo después regresa, pero el niño ya no está. La madre que se ha quejado del día del nacimiento de su hijo lo ha perdido. Ha sido ocultado. El Mashíaj permanece escondido.

Toda la escena parece un fracaso. Sin embargo, es ahí donde los sabios quieren conducirnos: la redención nunca desaparece, solo deja de ser visible.

La lógica de la Torá frente a la inmediatez
Vivimos en una cultura obsesionada con los resultados inmediatos. Si algo no produce frutos hoy, creemos que ha muerto. Si una oración no recibe respuesta enseguida, suponemos que Dios ha guardado silencio. Si un proyecto fracasa, pensamos que el propósito terminó.

Pero el pensamiento de la Torá es diferente. Hay semillas que pasan años bajo la tierra antes de romper la superficie; promesas que deben permanecer ocultas hasta que el mundo sea capaz de recibirlas. El Mashíaj oculto representa la certeza de que Dios continúa actuando incluso cuando ya no vemos ninguna evidencia.

Esta es la verdadera prueba de la emuná:

Creer cuando todavía no hay señales.
Esperar cuando parece indicar que no queda nada por esperar.
Seguir construyendo cuando los muros todavía están en ruinas.


No es casualidad que el relato comience con un campesino arando. Arar consiste en abrir la tierra cuando todavía no existe cosecha; el agricultor trabaja para un futuro que aún no puede contemplar. Así vive el creyente. Cada mitzvá, cada acto de bondad, cada palabra de Torá y cada instante de fidelidad son semillas enterradas en un terreno que muchas veces parece estéril. Dios ve la cosecha mucho antes que nosotros.

El detalle más hermoso del relato es el vendedor de pañales. No vende coronas ni cetros, ni anuncia conquistas militares; vende aquello que protege la fragilidad de un recién nacido.

La redención comienza siendo vulnerable. Necesita ser cuidada, necesita paciencia y personas capaces de reconocer la grandeza escondida bajo una apariencia insignificante.

Esperamos que Dios transforme nuestra existencia mediante acontecimientos extraordinarios, cuando Él suele comenzar mediante gestos pequeños: una conversación, un arrepentimiento sincero, una decisión correcta, una mitzvá hecha en silencio, una lágrima durante la tefilá o un acto de bondad anónimo. Nosotros buscamos terremotos; Dios comienza con un niño.

Cuando el Mashíaj desaparece, la redención se retira de la vista. Hay épocas en las que la Shejiná parece ocultar Su rostro, pero el ocultamiento nunca significa abandono; significa preparación.

La semilla desaparece para convertirse en árbol. El sol se pone para dar paso al amanecer siguiente. El niño se oculta porque todavía no ha llegado el momento de revelarse.

Muchos viven hoy ese tipo de ocultamiento en matrimonios agotados, luchas de años contra el mismo pecado, comunidades heridas, sueños rotos o almas que oran sin encontrar respuestas. El Yerushalmí susurra una verdad capaz de sostener el corazón: no confundas el ocultamiento con la ausencia de HaShem.

El hecho de que no puedas verlo no significa que Él haya dejado de actuar. Precisamente en el lugar donde hoy solo ves ruinas, Dios ya ha hecho nacer aquello que mañana traerá consuelo.

El mayor error del ser humano consiste en creer que la historia termina donde terminan sus ojos. La historia continúa en las manos del Creador, y esas manos nunca dejan de trabajar.

Por eso Tishá BeAv no es solamente el día de la destrucción; es el día en que la esperanza comenzó a respirar en silencio. HaShem hace nacer la luz exactamente en el lugar donde solo alcanzamos a ver oscuridad.

No abandones la esperanza mientras HaShem todavía está sembrando.

Mordejai Yosef Douek