Una reflexión sobre el Yetzer Hará a la luz de una obra de arte
Hace unos días, mientras recorría Facebook, me encontré con una fotografía que mostraba dos esculturas realizadas por los hermanos belgas Joseph Geefs y Guillaume Geefs. Ambas representaban la figura cristiana del mal y, aunque conocía la historia de estas obras, volver a mirarlas despertó en mí una reflexión que trasciende por completo el contexto en el que fueron creadas.
El primer escultor presentó una escultura de una belleza extraordinaria. Su rostro no inspiraba horror, sino fascinación. Su figura no despertaba rechazo, sino una extraña admiración. La historia cuenta que la obra fue considerada demasiado hermosa para cumplir el propósito que se esperaba de ella.
Entonces se encargó una nueva versión al hermano mayor, Guillaume Geefs, quien realizó en 1848 la célebre escultura "Le Génie du Mal" (El Genio del Mal). Aunque seguía representando al personaje de Lucifer atractivo, incorporó elementos que enfatizaban su condición de ser maligno.
Antes de continuar, deseo hacer una aclaración importante. Este artículo no pretende analizar, defender ni criticar la teología cristiana. Tampoco busca emitir un juicio sobre la manera en que otras tradiciones religiosas comprenden la figura de Satanás. Mi interés es otro.
Simplemente tomo la historia de estas esculturas únicamente como una expresión artística, porque el arte tiene la extraordinaria capacidad de formular preguntas que trascienden las fronteras culturales y religiosas. Y una de esas preguntas si me pareció profundamente compatible con una enseñanza que nuestros Sabios vienen transmitiendo desde hace milenios.
Al observar aquellas esculturas pensé:
¿Por qué el mal habría de presentarse con un rostro horrible?
Si su propósito es seducir al hombre, ¿no sería mucho más eficaz ocultar su verdadera naturaleza bajo la apariencia de la belleza, de la inteligencia, de la nobleza o incluso de la virtud?
Quizá esa sea una de las intuiciones más profundas que puede transmitir una obra de arte. Porque el verdadero peligro del mal nunca ha consistido en mostrar su rostro, sino en aprender a ocultarlo.
Y precisamente aquí comienza una de las diferencias más profundas entre la visión de la Torá y muchas otras concepciones religiosas.
La tradición de Israel no sitúa el centro de la lucha espiritual en un enemigo externo que combate contra Dios. La batalla principal ocurre dentro del corazón humano.
Nuestros Sabios enseñan que el Santo, bendito sea, creó el Yetzer Hará y creó también la Torá como su remedio. Esto significa que la inclinación al mal no constituye un poder independiente del Creador. Forma parte del diseño mismo del libre albedrío.
Desde la perspectiva cabalística, especialmente en las enseñanzas del Arizal y del Baal HaSulam, el deseo de recibir constituye la materia prima de toda la creación. Sin deseo no existiría el ser creado. El problema no reside en el deseo mismo, sino cuando éste deja de estar orientado hacia el propósito para el cual fue creado y se convierte en un fin exclusivamente egoísta.
Por eso el Yetzer Hará rara vez se presenta diciendo:
"Ven a destruirte."
Su lenguaje es mucho más refinado.
Dice:
"Te lo has ganado."
"Solo esta vez."
"Nadie saldrá perjudicado."
"Lo haces por una buena causa."
"Todos actuarían igual."
El engaño nunca comienza mostrando su destino final.
Comienza ofreciendo una satisfacción inmediata.
El Zóhar describe cómo la Sitra Ajrá se reviste de apariencias para ocultar su verdadera naturaleza. El Arizal explica que las kelipot son envolturas que esconden la luz interior. No destruyen la santidad; la cubren. No eliminan la verdad; la disfrazan.
El Maharal de Praga enseña que el mal no constituye un poder opuesto al Creador, sino una carencia, una desviación del orden querido por Dios. Y el Baal HaSulam explica que la tarea del hombre no consiste en destruir el deseo de recibir, sino en transformarlo hasta convertirlo en un deseo de otorgar.
Entonces comprendí el tema de esculturas. El mensaje del mármol pulido de Geefs puede convertirse en una idea del Yetzer Hará (No porque representen la visión judía del mal, que de hecho No la representan) sino porque ilustra una verdad psicológica y espiritual: el mal no conquista mostrando su destrucción futura, sino prometiendo una satisfacción inmediata.
Pero sí ilustran una verdad que la Torá conoce desde hace miles de años: el mal casi nunca se presenta como mal.
Si el Yetzer Hará tuviera siempre un rostro monstruoso, nadie lo seguiría.
Si la mentira se anunciara como mentira, pocos la aceptarían.
Si el orgullo confesara ser orgullo, casi todos lo rechazarían.
Pero el Yetzer Hará aprende el lenguaje de la bondad.
Se disfraza de prudencia cuando es miedo.
De autoestima cuando es soberbia.
De justicia cuando es venganza.
De libertad cuando es esclavitud.
De amor cuando es posesión.
Esa es su mayor estrategia.
Quizá por eso la Torá nunca nos invita a vivir aterrados por un enemigo exterior, al que representan las esculturas de los hermanos. Nos invita a mirar hacia adentro, a examinar nuestras motivaciones, a estudiar, a discernir y a refinar nuestros deseos.
Porque la batalla decisiva no se libra frente a una estatua de mármol. Se libra en el silencio del corazón. Allí donde el Yetzer Hará aprende a hablar con nuestra propia voz.
Y allí mismo donde la Torá nos enseña, con infinita paciencia, a distinguir entre aquello que parece luz y aquello que verdaderamente es Luz.
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