12 de julio de 2026

La plegaria: el ascenso del alma desde la teshuvá inferior hasta la teshuvá superior


Birshui Morai VeRabotai 

Hoy se me pidió que leyera el fragmento del Tania correspondiente al estudio del mismo para 27 de Tamuz. Mientras que venía de regreso del Shul quiero reflexionar con ustedes. Está es otra de mis reflexiones de autobús.

La tradición de Israel enseña que ninguna plegaria verdadera comienza con las palabras que salen de los labios. La oración nace mucho antes: en el instante silencioso en que el corazón reconoce que necesita regresar.

Antes de que el hombre hable con Dios, debe volver a Dios.

Esta es la razón por la que los maestros se la Kabbalah distinguen entre dos niveles de teshuvá: teshuvá tataá (el retorno inferior) y teshuvá ilaá (el retorno superior). 

No representan dos formas distintas de arrepentimiento, sino dos movimientos sucesivos del alma. El primero limpia el camino; el segundo conduce al encuentro. El primero restaura la relación; el segundo la transforma en intimidad.

El Tania, siguiendo las enseñanzas del Zóhar, afirma que la plegaria pertenece esencialmente al nivel de teshuvá ilaá. Pero precisamente por ello debe estar precedida por la teshuvá tataá, pues nadie puede elevarse si antes no ha reconocido dónde se encuentra.

La Mishná enseña:

"La persona no debe levantarse a orar sino dentro de un marco mental de seriedad."

Rashi comenta que esta seriedad significa sumisión, una palabra que en hebreo evoca la humildad de quien abandona la ilusión de autosuficiencia y reconoce que toda su existencia depende del Creador.

La verdadera oración no comienza cuando creemos ser dignos de presentarnos ante Dios, esto es una realidad. Comienza cuando dejamos de confiar únicamente en nuestras propias fuerzas.

Esta actitud encuentra su modelo en Janá. El Talmud aprende de ella la disposición interior adecuada para la plegaria: "Ella estaba amargada de espíritu y oró al Eterno."

La amargura de Janá no era desesperación, sino lucidez. Había comprendido que ningún poder humano podía llenar el vacío que habitaba en su alma. Esa conciencia quebrantó las barreras del ego y abrió un espacio donde la Presencia Divina pudo manifestarse.

En la literatura Kabbalística, este quebrantamiento recibe el nombre de lev nishbar, un corazón quebrado, no porque haya perdido la esperanza, sino porque ha dejado de resistirse a la verdad.

Sin embargo, inmediatamente aparece otra enseñanza de los Sabios que parece contradecir la anterior: "La persona debe levantarse a orar solamente con alegría."

¿Cómo puede la oración comenzar con amargura y, al mismo tiempo, con alegría?

La respuesta es una de las intuiciones más profundas del jasidismo.

La amargura pertenece únicamente al instante del retorno. La alegría pertenece al encuentro.

La teshuvá inferior consiste en mirar honestamente las propias sombras. La teshuvá superior consiste en contemplar la infinita cercanía de Dios.

La primera rompe las cadenas.
La segunda abre las alas.

El Baal HaSulam explica que el trabajo espiritual nunca termina en el reconocimiento del mal. Ese reconocimiento solo tiene sentido cuando impulsa al alma hacia la adhesión (devekut) con el Creador. Permanecer atrapado en la culpa significa detenerse a mitad del camino. La finalidad de la teshuvá no es contemplar la propia oscuridad, sino descubrir la Luz que siempre aguardaba detrás de ella.

Por ello el Tania recomienda reservar el examen de conciencia para un momento específico: el Tikún Jatzot.

En la quietud de la medianoche, cuando el mundo parece suspendido entre la oscuridad y el amanecer, el hombre lamenta no solamente sus propias faltas, sino también el exilio de la Shejiná, la destrucción del Templo y el sufrimiento espiritual de toda la creación.

Los mekubalim enseñan que el verdadero arrepentimiento nunca permanece encerrado en el "yo". A medida que el alma madura, descubre que su ruptura forma parte de una ruptura mucho mayor: la fractura del mundo entero.

Las lágrimas del individuo terminan uniéndose a las lágrimas de la Shejiná.

Y precisamente por eso dejan de ser lágrimas de desesperación.

Se transforman en lágrimas de redención.

Una vez que el corazón ha sido purificado, la plegaria puede elevarse.

El Zóhar describe la oración como una escalera luminosa que une la tierra con los mundos superiores. Cada bendición constituye un peldaño. Cada palabra rectificada eleva una chispa dispersa. Cada intención sincera recompone, aunque sea imperceptiblemente, la armonía entre los mundos.

La plegaria deja entonces de ser una simple petición. Se convierte en un movimiento cósmico de reunificación.

El hombre asciende, pero, al mismo tiempo, hace ascender toda la creación con él.

Esta dinámica alcanza su expresión más elevada en el Shabat. Los iniciados enseñan que el Shabat pertenece enteramente al nivel de la teshuvá ilaá.

No es únicamente un día de descanso, sino que es el anticipo del mundo venidero.

Durante el Shabat, las dimensiones espirituales ascienden hacia su raíz. La conciencia humana se expande. La severidad se atenúa. La misericordia domina. La Shejiná se revela con mayor claridad.

El propio nombre Shabat (שבת) alude a este misterio. Sus letras permiten formar tashev (תשב), "harás retornar", evocando las palabras del salmista: "Tú haces retornar al hombre hasta el polvo...".

Todo el universo experimenta un movimiento de retorno.

Los mekubalim describen este proceso diciendo que los mundos inferiores vuelven a abrazar los mundos superiores, como un río que finalmente encuentra el océano del cual había surgido.

Por eso las plegarias de Shabat poseen una naturaleza distinta.

Disminuyen las confesiones.
Desaparecen muchas peticiones.
Aumentan el canto, la contemplación y la alabanza.
El alma ya no suplica desde el exilio.
Ora desde la cercanía.

El Arizal enseñó que durante el Shabat descienden al hombre mojín de gadlut, una expansión de conciencia espiritual que le permite percibir la realidad desde una perspectiva más elevada. No cambia únicamente el día; cambia también la capacidad interior del hombre para recibir la Luz Divina.

Quizá por eso tantas personas experimentan una paz difícil de describir cuando viven verdaderamente el Shabat.

No es únicamente descanso físico, es el alma recordando su hogar. Entonces adquieren una profundidad extraordinaria las palabras del profeta Isaías:

"Regresa a Mí, porque Yo te he redimido."

El orden del versículo resulta sorprendente.

No dice: "Regresa para que Yo te redima."

Dice exactamente lo contrario.

"Yo te he redimido; por eso regresa."

La misericordia divina antecede al ascenso del hombre.

El Creador comienza la obra.
El hombre responde.

La teshuvá no nace únicamente del esfuerzo humano. Nace porque Dios, en Su infinita compasión, ya ha comenzado a atraer nuevamente el alma hacia Sí.

Toda auténtica conversión espiritual comienza cuando descubrimos que no somos nosotros quienes buscamos únicamente a Dios.

Es Dios quien nos ha estado buscando desde siempre.

Así comprendemos que la plegaria no es simplemente una obligación religiosa ni una práctica devocional. Es el recorrido del alma desde la distancia hasta la intimidad.

Desde la vergüenza hasta la confianza.
Desde el quebranto hasta la alegría.

Desde Maljut, donde el hombre reconoce su pequeñez, hasta Biná, donde descubre el abrazo infinito de la misericordia.

Toda oración verdadera recorre ese camino invisible.

Primero desciende hacia las profundidades del corazón para arrancar las raíces del orgullo.Luego asciende, palabra tras palabra, como una llama que nunca olvida el cielo del cual procede.

Y cuando finalmente el hombre concluye su plegaria, descubre que el verdadero milagro no consiste únicamente en haber hablado con Dios.

Consiste en haber permitido que Dios transformara, silenciosamente, el corazón desde el cual brotaron esas palabras.

Mordejai Douek 

La Biblioteca del Infinito (IV)


Birshui Morai VeRabotai

Cuando el estudio se convirtió en una forma de sostener el universo
Hasta ahora hemos recorrido los grandes senderos de la Kabbalah. Hemos visto nacer las primeras intuiciones del Sefer Yetzirah, contemplado el resplandor del Bahir, caminado junto a Rabí Shimón bar Yojái en el Zóhar, observado cómo el Ramak puso orden en aquella inmensa herencia y cómo el Arizal transformó para siempre la comprensión del universo. El Ramjal, por su parte, nos recordó que todo ese conocimiento carece de sentido si no nos convierte en mejores personas.
Pero la biblioteca todavía guarda algunas de sus voces más profundas.
Son libros que parecen menos espectaculares.

No hablan constantemente de sefirot.
No dibujan mundos invisibles.
Sin embargo, sin ellos, el edificio entero perdería sus cimientos.

Porque, después de todo, ¿de qué sirve comprender la estructura del universo si no comprendemos cuál es nuestro lugar dentro de él?

El alma que sostiene los mundos
Cuando se menciona el nombre de Rabí Jaim de Volozhin, muchos piensan inmediatamente en una de las grandes academias de Torá de Europa. Sin embargo, su legado más perdurable quedó plasmado en un libro extraordinario: el Nefesh HaJaim.
Podría decirse que esta obra responde a una pregunta silenciosa que había quedado flotando después del Arizal.

Si cada mitzvá produce un efecto espiritual...

Si cada acción participa del Tikún...

Entonces, ¿qué ocurre exactamente cuando un judío estudia Torá?
Rabí Jaim responde con una afirmación que, al principio, parece casi imposible de aceptar.

El estudio de la Torá sostiene la creación.

No es una metáfora piadosa.
Es una descripción de la realidad desde la perspectiva de nuestros Sabios.

Vivimos convencidos de que las columnas del mundo son los gobiernos, la economía, la ciencia o la tecnología.

Rabí Jaim sonríe con la serenidad de quien contempla las cosas desde otro ángulo.

Las verdaderas columnas del universo son mucho más silenciosas.

Un anciano estudiando una página de Guemará.
Un niño aprendiendo el Shemá.
Una mujer pronunciando una bendición con concentración.
Un hombre levantándose temprano para estudiar antes del trabajo.

El mundo permanece porque todavía existen personas que permiten que la Torá siga siendo pronunciada.

Hay una belleza inmensa en esta idea.
La grandeza no siempre hace ruido.

El Maharal: el filósofo que escondía un Kabalista

Si uno busca la palabra "sefirá" en muchos libros del Maharal de Praga, probablemente se sorprenda.

Aparece mucho menos de lo esperado.

Y, sin embargo, pocos pensadores han influido tanto en la comprensión profunda de la Torá.

El Maharal es uno de esos autores que obligan al lector a pensar.

No se conforma con responder.
Quiere enseñar a mirar.

Obras como Tiferet Israel, Netzaj Israel, Netivot Olam y Guevurot HaShem muestran algo extraordinario: la Kabbalah también puede expresarse mediante filosofía.

Cuando explica el éxodo de Egipto, no está escribiendo solamente historia.
Cuando habla del exilio, no está describiendo únicamente acontecimientos políticos.
Cuando reflexiona sobre la redención, no piensa solamente en un futuro lejano.

Para el Maharal, todos esos acontecimientos revelan estructuras permanentes de la existencia humana.

Por eso sigue resultando tan actual.

Porque nunca comenta únicamente el pasado.

Comenta al hombre.

Y el hombre sigue siendo el mismo.
No es casual que, cada vez que hemos escrito sobre Bein haMetzarim, el 17 de Tamuz o el significado espiritual del exilio, su voz haya aparecido casi de manera inevitable.

Hay autores que iluminan un versículo.

El Maharal ilumina una civilización.

Cuando un comentario se convierte en una puerta

En toda biblioteca judía hay un libro que casi nunca falta.

No importa si se trata de un niño que comienza el Jumash o de un gran talmid jajam.

Tarde o temprano aparece Rashi.

Es difícil exagerar su importancia.
Su comentario al Jumash posee una cualidad extraordinaria.

Hace parecer sencillo lo que en realidad es inmensamente profundo.
Muchos estudiantes creen que leer a Rashi es quedarse en el sentido literal.
Hasta que descubren que detrás de cada una de sus frases existe un océano de Midrash, Talmud y tradición oral.

Rashi nunca fue "simple".
Fue claro.
Y la claridad suele confundirse con facilidad.
No lo es.

Explicar mucho con pocas palabras es una forma de genialidad

El Rambán: cuando el Sod comienza a asomarse

Si Rashi abre la puerta, el Rambán invita al lector a mirar más adentro.
Su comentario a la Torá constituye uno de los grandes puentes entre el Peshat y el Sod.

Con frecuencia comienza discutiendo una explicación gramatical, continúa resolviendo una dificultad halájica y, de repente, escribe una frase que ha intrigado a generaciones enteras:

"Y el entendido comprenderá..."
No explica más.
No hace falta.

El discípulo sabe que el maestro acaba de señalar una profundidad que no puede desarrollarse en un comentario bíblico.

El Rambán posee una virtud extraordinaria.

Nunca utiliza el misterio para impresionar.

Lo utiliza para enseñar humildad.

Porque la verdadera sabiduría no consiste en decir todo.
Consiste en saber cuándo guardar silencio.

Los compañeros inseparables

Junto a Rashi y al Rambán aparecen siempre otros viejos amigos.

El Siftei Jajamim, que ayuda a descubrir por qué Rashi eligió precisamente esa explicación y no otra.

El Kli Yakar, capaz de convertir una pequeña anomalía gramatical en una enseñanza moral de enorme profundidad.

A veces basta una letra repetida.
Una palabra aparentemente innecesaria.

Un cambio de orden en una frase.
Y el Kli Yakar construye una reflexión que termina hablándonos del orgullo, de la gratitud, del liderazgo o de la confianza en HaShem.

Entonces comprendemos que, para los Sabios de Israel, la Torá nunca tuvo palabras de sobra.

Cada letra esperaba pacientemente a que alguien hiciera la pregunta correcta.

El hombre que construyó una escalera

Y entonces aparece nuevamente Rabí Yehudá Leib HaLevi Ashlag.

El Baal HaSulam.

Su apodo significa "el dueño de la escalera".

Pocas veces un sobrenombre ha descrito tan bien una misión.
Durante siglos, el Zóhar había sido contemplado con respeto... y con cierta distancia.

Muchos lo citaban.

Pocos podían estudiarlo sistemáticamente.

Baal HaSulam decidió construir una escalera.

Su monumental Perush HaSulam no pretende reemplazar al Zóhar.
Pretende permitir que el estudiante ascienda por él.

Y para lograrlo reorganizó, aclaró y conectó constantemente el lenguaje del Zóhar con las enseñanzas del Arizal.

Es una obra de una paciencia extraordinaria.

Porque solo quien ama profundamente un texto dedica décadas a hacerlo comprensible para otros.

El Everest de la Kabbalah

Si el comentario al Zóhar fue la escalera, el Talmud Eser Sefirot fue la gran catedral intelectual de Baal HaSulam.

Muchos lo consideran el libro más complejo de la Kabbalah moderna.
Y quizá tengan razón.

Pero existe un error frecuente.

Pensar que su dificultad es un fin en sí mismo.

No.

La precisión del Talmud Eser Sefirot tiene un propósito profundamente espiritual.

Eliminar la confusión.
Definir cada término.
Evitar que la imaginación sustituya al estudio.

En una época donde abundaban las interpretaciones superficiales de la Kabbalah, Baal HaSulam hizo algo profundamente judío.

Volvió al rigor.

Porque el respeto por los secretos comienza respetando las palabras.
Shamati: cuando el maestro habla en voz baja
Hay, sin embargo, un libro suyo completamente distinto.

Shamati.

No parece escrito por el mismo hombre que elaboró el Talmud Eser Sefirot.

Aquí desaparecen casi todos los diagramas.

Desaparecen los largos desarrollos técnicos.

Quedan únicamente el maestro y el discípulo.

Son apuntes.
Conversaciones.
Reflexiones.
Preguntas sobre la fe, las caídas espirituales, la intención y el trabajo interior.

Quizá por eso tantos lectores sienten una cercanía especial con Shamati.
Después de recorrer los inmensos mundos del Arizal, uno descubre que el verdadero campo de batalla siempre estuvo dentro del corazón.

Una sola biblioteca

Llegados a este punto resulta imposible seguir pensando en estos libros como obras independientes.

Rashi conversa con el Rambán.
El Rambán prepara el terreno para el Zóhar.
El Zóhar inspira al Ramak.
El Ramak abre el camino al Arizal.
El Arizal forma a Rabí Jaim Vital.
El Ramjal explica su visión con un lenguaje filosófico.
Rabí Jaim de Volozhin devuelve toda esa grandeza al estudio diario de la Torá.
El Maharal enseña a descubrir la estructura espiritual de la historia.
Y Baal HaSulam construye una escalera para que las nuevas generaciones puedan volver a entrar en aquella conversación.

Todos parecen diferentes.
Y, sin embargo, todos hablan del mismo tema.

Cómo acercarse a HaShem.
Porque esa ha sido siempre la verdadera finalidad de esta inmensa biblioteca.

No producir eruditos.

Sino formar seres humanos capaces de reflejar la luz de la Torá en cada pensamiento, en cada palabra y en cada acto.

Mordejai Yosef Douek

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