Birshui Morai veRabotai
Recuerdos después de Pesaj, antes de Pesaj.
La Mimuna llega en ese instante delicado en que termina la severidad de Pésaj. Durante una semana, el hogar judío se ha despojado del fermento y del pan cotidiano; la casa se vuelve austera, casi ascética, como si el espíritu humano recordara que la libertad comienza por una purificación interior. Pero cuando cae la última noche y la prohibición se disuelve, algo se afloja en el aire: el pan vuelve a respirar, las mesas se abren, y con ellas regresa el lenguaje antiguo de la abundancia.
En las comunidades judías del Morocco, ese instante se convirtió en celebración. Las puertas se abrían literalmente, no como símbolo sino como acto concreto. Las casas quedaban abiertas para todo visitante. Los vecinos musulmanes traían harina, leche o miel, y con esos ingredientes las familias judías preparaban nuevamente alimentos fermentados. En ese intercambio silencioso se manifestaba una convivencia profunda, un reconocimiento mutuo entre quienes compartían la misma calle y el mismo cielo.
Pero el nombre mismo de la Mimuna guarda un secreto espiritual más profundo. Muchos han visto en él una resonancia de la palabra hebrea emuná, la certeza interior, la confianza que no depende de la evidencia sino de la fidelidad del corazón. Así, la Mimuna no sería solamente la fiesta del regreso del pan, sino la celebración de la certeza recuperada después de la prueba.
Durante Pésaj, el pueblo recuerda su salida de la esclavitud y atraviesa una semana de disciplina alimentaria que parece suspender la expansión natural de la vida. La Mimuna llega como una respuesta espiritual: después de la restricción, la abundancia; después del recuerdo del desierto, la certeza de que la providencia sigue obrando.
Por eso la mesa de Mimuna habla un lenguaje simbólico tan cargado de esperanza. Allí aparece la Mufleta, delgada y caliente, cubierta de mantequilla y miel. A su alrededor reposan almendras, dátiles, leche y espigas de trigo. Todo parece decir lo mismo con distintos acentos: la vida vuelve a expandirse.
Sin embargo, la verdadera abundancia no está sólo en los alimentos, sino en la apertura de la casa. La hospitalidad es la liturgia secreta de la Mimuna. Cada visitante que entra reafirma una confianza sencilla: el mundo puede ser un lugar donde la mesa se comparte.
Cuando los judíos del norte de África emigraron al nuevo Estado de Israel, trajeron consigo esa tradición como quien lleva una lámpara encendida. Durante años, la Mimuna permaneció dentro de las casas, celebrada por familias que recordaban las calles de Casablanca o Fez. Era una memoria protegida, una pequeña isla de continuidad en medio de una nueva sociedad.
Pero las tradiciones que contienen vida buscan siempre expandirse. Con el paso del tiempo, la Mimuna salió de los hogares y comenzó a celebrarse en parques y plazas de ciudades como Jerusalem, Ashdod, Netanya o Beersheba. Miles de personas se reúnen hoy alrededor de mesas abiertas, escuchando música andalusí y compartiendo dulces mientras cae la noche.
Lo notable es que, en ese proceso, la Mimuna dejó de pertenecer únicamente a una comunidad específica. Se transformó en una expresión viva de la diversidad cultural del país. En una sociedad formada por migraciones múltiples, la Mimuna recuerda que la identidad colectiva puede crecer sin borrar sus raíces.
Y sin embargo, en el fondo de la fiesta permanece su significado más íntimo. Mimuna como emuná: certeza. No una certeza intelectual, sino una confianza vital en la continuidad de la bendición.
Porque después de la semana austera de Pésaj, la Mimuna susurra algo esencial: que la vida no se sostiene únicamente por la disciplina ni por la memoria del sufrimiento, sino por la certeza de que la abundancia volverá.
Así, cuando una casa abre su puerta en la noche de Mimuna y ofrece una Mufleta caliente bañada en miel, no está simplemente compartiendo un alimento. Está proclamando una convicción antigua y silenciosa: que el mundo sigue siendo digno de confianza, que la bendición puede renacer después de cada restricción, y que la verdadera fe —la verdadera emuná— se expresa en el gesto sencillo de abrir la puerta y decir al visitante:
entra, hay pan para todos. ✨
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