Birshui Morai veRabotai
La mente humana posee una inclinación natural que rara vez notamos porque está presente en cada pensamiento: divide para comprender. Analiza, separa, clasifica, establece límites. Así funcionan las ciencias, así se construyen las ideas, así incluso hablamos. Para entender una cosa la distinguimos de otra; para explicar un fenómeno lo descomponemos en causas más pequeñas. Nuestra inteligencia avanza siempre por el camino de la partición.
Sin embargo, cuando el pensamiento intenta acercarse al misterio de HaShem, ese mismo método revela sus límites. La tradición de Israel afirma algo que parece sencillo en su formulación pero que encierra una profundidad filosófica inmensa: HaShem es uno. El Shemá lo proclama con una claridad que atraviesa siglos y generaciones: Shema Israel, HaShem Eloheinu, HaShem Ejad. Pero ese “uno” no es el mismo uno que usamos en la vida cotidiana.
En el mundo solemos llamar “uno” a cosas que en realidad están formadas por muchas partes. Decimos un cuerpo, una casa, una ciudad, una nación. Sin embargo, cada una de estas unidades es en realidad una reunión de elementos distintos. Un cuerpo está compuesto de órganos, tejidos y sistemas; una casa de paredes, vigas y piedras; una ciudad de miles de vidas y voluntades que se cruzan. Incluso cuando algo parece indivisible, sigue siendo compuesto. Todo objeto físico está formado por materia y forma y, por ello, está sometido al cambio. Nace, se transforma, se divide, se desgasta y finalmente desaparece. Su unidad es provisional, una apariencia que el tiempo termina deshaciendo.
Incluso el concepto matemático del número uno, que parece la expresión más pura de la unidad, tampoco es una unidad real en sentido absoluto. El uno es el inicio de la numeración, el punto de partida desde el cual se despliegan todos los demás números. Pero no existe como objeto tangible; vive solamente en la mente humana como un concepto abstracto. Es una herramienta intelectual, no la esencia última de la realidad.
Cuando los sabios del judaísmo hablaron de la unidad del Creador, quisieron señalar algo completamente distinto de estas formas de unidad. Hablaron de una unidad que no puede dividirse, una unidad que no puede aumentar ni disminuir, una unidad que no depende de ninguna combinación de elementos. El gran pensador medieval Maimonides enseñó que todo aquello que posee atributos múltiples implica necesariamente pluralidad. Si algo tiene cualidades separables, entonces ya no es absolutamente uno. Por eso la tradición afirma que la esencia divina es simple, no en el sentido de simpleza o simplicidad superficial, sino en el sentido filosófico de algo que no está compuesto de partes. Cuando decimos que Dios es uno, no estamos describiendo su esencia positiva —porque esa esencia trasciende el lenguaje humano— sino negando toda posibilidad de multiplicidad en Él.
Esta idea se vuelve especialmente delicada cuando se habla de las diez sefirot descritas por la mística judía. A primera vista, alguien podría imaginar que estas diez sefirot son partes de Dios, diez componentes de la divinidad. Pero los cabalistas fueron extremadamente cuidadosos en advertir que pensar así sería una forma de error teológico grave. Las sefirot no son fragmentos de la esencia divina. Son modos de revelación, canales a través de los cuales la luz infinita se manifiesta dentro de la creación. La esencia misma del Creador permanece siempre indivisible, más allá de cualquier estructura o multiplicidad que nuestra mente pueda imaginar.
Para expresar esa unidad trascendente los sabios emplearon tres palabras que iluminan distintos aspectos de la misma verdad. Ejad significa uno, pero puede referirse también a una unidad compuesta, como cuando dos personas se convierten en “una sola carne”. Yajid significa único, absolutamente singular, sin otro comparable. Meyujad señala una unidad perfecta, una unificación tan completa que no admite ninguna división interior. Estas tres palabras juntas intentan aproximarse a una realidad que el lenguaje apenas puede rodear.
Curiosamente, esta tensión entre la multiplicidad que percibe la mente y la unidad que busca el espíritu aparece simbolizada en un objeto central de la vida judía: los tefilín.
El tefilín que se coloca sobre la cabeza contiene cuatro compartimentos separados, cada uno con un pasaje diferente de la Torá. Es como si la propia mitzvá reconociera la naturaleza del pensamiento humano: el intelecto separa, organiza, distingue. Para comprender el mundo, la mente necesita abrir compartimentos, ordenar la realidad en categorías.
Pero el tefilín que se coloca frente al corazón es completamente distinto.
Allí los cuatro pasajes están escritos en un solo pergamino continuo dentro de un único compartimento. Aquello que la mente percibe como cuatro, el corazón lo guarda como uno. La enseñanza silenciosa es profunda: el intelecto analiza la diversidad del mundo, pero el corazón es capaz de percibir la unidad que atraviesa todas las cosas.
Algo similar ocurre cuando reflexionamos sobre el origen del universo. Todo lo que vemos está compuesto de múltiples elementos. Pero si las cosas están compuestas, debe existir un principio que haya hecho posible esa unión. La multiplicidad presupone una unidad anterior. Así como el número uno precede al dos en el orden de la numeración, la unidad debe preceder a cualquier combinación de partes. La existencia misma del universo sugiere una fuente simple que da origen a toda su diversidad.
Esta intuición aparece incluso en un detalle lingüístico del relato de la creación. La Torá no dice “primer día”. Dice “Día uno”. Antes de ese momento no existía todavía una secuencia de días que permitiera hablar de primero, segundo o tercero. Había solo una unidad primordial a partir de la cual comenzaría la multiplicidad del tiempo y de la historia.
Todo esto no es solo una reflexión metafísica; es también una enseñanza para la vida. Nuestra experiencia cotidiana se parece mucho al tefilín de la cabeza. Percibimos la realidad fragmentada en problemas separados, acontecimientos inconexos, alegrías que parecen independientes de las dificultades. La vida aparece como una serie de compartimentos que no siempre entendemos cómo encajan entre sí.
Sin embargo, la tradición espiritual invita a mirar con el corazón además de con la mente. Allí donde el intelecto ve fragmentos, el alma puede comenzar a percibir un hilo invisible que conecta cada experiencia. Las luces y las sombras, las pérdidas y los encuentros, los caminos que se abren y los que se cierran, pueden parecer dispersos cuando se observan desde la superficie. Pero desde una mirada más profunda forman parte de una sola corriente de sentido.
El trabajo espiritual del ser humano consiste precisamente en aprender a descubrir la unidad dentro de la multiplicidad. Ver una enseñanza dentro de la dificultad, reconocer un propósito incluso en momentos que parecen caóticos, percibir que la historia personal —con todas sus rupturas— puede formar una narrativa coherente.
Así como el pergamino único del tefilín del brazo reúne en un solo rollo aquello que la mente separa en cuatro compartimentos, la tarea del alma es reunir lo disperso de la experiencia humana. Y cuando una persona logra vislumbrar esa unidad —aunque sea por un instante breve— descubre algo que transforma la manera de mirar el mundo.
Detrás de la diversidad infinita de la creación, detrás de cada fenómeno, cada historia y cada rostro, permanece una verdad silenciosa que sostiene todo lo demás.
HaShem Ejad.
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