La lluvia había caído durante horas y cuando llegó la noche del viernes el aire seguía cargado de humedad. Desde las ventanas abiertas entraba el olor profundo de la tierra mojada. Dentro del salón las sillas estaban dispuestas en filas simples, y cada uno de los hombres del minián sostenía su sidur esperando el inicio del servicio.
Pero la falla eléctrica había ocurrido antes de que todo comenzara.
Las lámparas del techo apenas respondían. Algunas lograban encender por unos segundos y luego volvían a apagarse. El salón estaba envuelto en penumbra desde el principio, como si la noche misma hubiera entrado al recinto antes que las plegarias.
Y aun así, el servicio comenzó.
Cuando una lámpara lograba encender, aparecía en el salón una pequeña isla de claridad.
Bajo esa luz momentánea, quienes estaban sentados allí inclinaban sus sidurim y avanzaban algunas líneas. Luego la lámpara se apagaba y la oscuridad regresaba lentamente, hasta que en otro punto del techo otra lámpara despertaba por unos instantes.
Entonces surgía otra isla de claridad.
Y desde esa zona otra voz continuaba el rezo.
Así comenzó a avanzar el servicio: no como una corriente continua de luz, sino como un archipiélago disperso de claridad. Fragmentos de luz que aparecían entre las filas de sillas, y voces que emergían allí donde las letras podían volver a leerse.
Nadie cerró su libro.
Nadie se levantó para irse.
Cada uno esperaba su momento de luz.
Cuando llegó el canto de Lejá Dodí, la melodía también comenzó a moverse de esa manera. Un verso nacía en un lado del salón, el siguiente surgía desde otro punto donde la luz había regresado. La canción parecía caminar de una isla de claridad a otra.
Las palabras del canto evocan el encuentro entre el Amado y la Amada: el momento en que el Rey de la Luz, como el Sol, derrama su resplandor sobre la creación, y la Reina del Reflejo, como la Luna, lo recibe y lo multiplica en el mundo.
En medio de aquella iluminación intermitente, esa imagen se volvía casi visible.
La luz descendía en pequeños fragmentos.
Y cada uno de los hombres del minián hacía lo que la Reina hace con la luz del Sol: la recibía y la reflejaba en forma de plegaria.
Entonces apareció una metáfora sencilla, casi inevitable.
El pueblo judío se parece a un antiguo navegante que atraviesa el mar durante la noche. No siempre tiene un cielo despejado ni una luz constante que marque el camino. A veces las nubes cubren las estrellas. A veces el horizonte desaparece.
Pero el navegante no abandona el viaje.
Cuando una estrella aparece entre las nubes, aunque sea por un instante, la observa, corrige el rumbo y sigue avanzando. Luego la estrella desaparece y vuelve la oscuridad… hasta que otra estrella se revela por un momento.
Así, con destellos breves de orientación, logra cruzar el océano.
Esa noche el salón de rezos parecía exactamente eso.
Un pequeño barco en medio de la noche.
Las lámparas encendían breves estrellas de luz sobre las páginas de los sidurim, y los hombres del minián usaban esos instantes para continuar el servicio del Creador. Cuando la luz desaparecía, esperaban. Cuando regresaba, retomaban el rumbo del rezo.
Eso es también una forma de inteligencia judía: no depender de condiciones perfectas para servir a Dios, sino aprender a trabajar con la luz disponible. Tomar cada momento de claridad y convertirlo en acción, en palabra, en mitzvá.
Porque la vida espiritual rara vez se vive bajo una luz permanente.
Más bien avanza como aquella noche: entre periodos de sombra y pequeñas islas de claridad.
Pero si cada persona utiliza la luz cuando aparece, si cada uno pronuncia su parte del rezo cuando las letras vuelven a ser visibles, entonces el servicio nunca se detiene.
Y así ocurrió.
Un salón húmedo después de la lluvia.
Un minián sentado en sillas con los sidurim abiertos.
Lámparas inestables encendiendo pequeñas islas de claridad.
Y dentro de cada una de esas islas, un hombre dispuesto a continuar el rezo… como un navegante que, incluso en la noche más oscura, sabe reconocer una estrella cuando aparece.
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