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La Yeshiva Bet El: El corazón histórico del estudio de la Kabbalah en Jerusalén
La Yeshiva Bet El (cuyo nombre significa «Casa de Dios»), también conocida como Midrash Hasidim o Yeshivat haMekubalim (la Yeshiva de los Cabalistas), es uno de los centros de estudio místico y espiritual más emblemáticos e influyentes del judaísmo. Ubicada en Jerusalén, su legado se extiende a lo largo de casi tres siglos, combinando la devoción mística, la oración profunda y la transmisión de los secretos de la Torá.
Orígenes y los tiempos de Shalom Sharabi
Fundada en 1737 por el rabino Gedaliah Hayon, originario de Constantinopla, la institución nació con el propósito exclusivo de promover el estudio de la Kabbalah en la Ciudad Santa. Sin embargo, su verdadero despegue espiritual llegó en la década de 1740, con la llegada de un joven prodigio yemení: el rabino Shalom Mizrachi Sharabi, conocido popularmente como el Rashash.
Gracias a su genialidad y profundidad intelectual, Sharabi asumió la dirección de la yeshiva a petición del fundador. Bajo su liderazgo, el centro floreció hasta convertirse en una de las instituciones más respetadas de Jerusalén, congregando a decenas de eruditos tanto de comunidades sefardíes como askenazíes.
El rabino Sharabi estructuró la vida de la yeshiva en torno a una intensa rutina de oraciones y meditaciones basadas en las enseñanzas del Arizal (el rabino Isaac Luria). Fue el autor del famoso libro de oraciones Nahar Shalom (y del sistema conocido como Siddur haRashash), el cual, junto con las obras del rabino Jaim Vital, se convirtió en el pilar fundamental del estudio cabalístico en la institución.
Organización y rigor espiritual
La vida en la Yeshiva Bet El era sumamente rigurosa y estaba dividida en cuatro grupos con horarios estrictos que cubrían prácticamente las 24 horas del día:
- La medianoche: Un primer grupo se levantaba a medianoche para recitar el Tikkun Hatzot (lamentación por la destrucción del Templo) y estudiar la kabbalah del Arizal hasta el amanecer.
- La mañana: Tras los rezos matutinos (Shajarit), el segundo grupo profundizaba en los escritos del Arizal hasta el mediodía.
- La tarde: Desde el mediodía hasta el anochecer, el tercer grupo estudiaba la Mishná con el clásico comentario del rabino Obadiah de Bartenura.
- La noche: Después de la oración de la tarde-noche (Ma’ariv), el cuarto grupo se dedicaba al estudio del Talmud y el Shulján Aruj.
Con los años, la fama de la yeshiva atrajo a grandes luminarias del mundo rabínico, como el rabino Jaim Yosef David Azulai (el Hida), Avraham Gershon de Kitov y Yom Tov Algazi. En 1757, el rabino Sharabi instituyó un grupo selecto de doce discípulos llamado Ahavat Shalom (Amor a la Paz), cuyos miembros firmaron un pacto de fraternidad eterna y apoyo mutuo incondicional ante cualquier adversidad.
Reveses históricos y resurgimiento
A lo largo de los siglos, el edificio original de la yeshiva en el Barrio Judío de la Ciudad Vieja albergó a numerosos sabios e inmigrantes que llegaban a Jerusalén en busca de crecimiento espiritual. No obstante, la historia de la estructura sufrió duros golpes: en 1927, un terremoto sacudió la zona y obligó a demoler el inmueble, aunque fue reconstruido y ampliado rápidamente en marzo de 1928.
Trágicamente, durante la guerra de independencia de Palestina (1947-1949), el edificio fue saqueado y profanado. A pesar de este duro revés, el espíritu de Bet El no se extinguió. El rabino Ovadia Hedaya (quien lideró la tradición de Bet El en años anteriores) comenzó a revitalizar las enseñanzas en la calle Rashi, en el sector occidental de Jerusalén.
Finalmente, tras la Guerra de los Seis Días y la reunificación de Jerusalén, la yeshiva regresó a sus raíces en el Barrio Judío en 1974, bajo el liderazgo del carismático rabino Yehuda Getz, quien también fuera el rabino oficial del Muro Occidental (Kotel).
Legado contemporáneo
Hoy en día, la Yeshiva Bet El opera en dos sedes principales: la histórica de la calle Rashi en el oeste de Jerusalén y la restaurada en el Barrio Judío de la Ciudad Vieja (reinaugurada formalmente en 1995 como Yeshivat HaMekubalim Beit El).
Por sus aulas han pasado figuras icónicas del misticismo judío moderno, como el mundialmente famoso rabino Yitzchak Kaduri, fallecido en 2006. En la actualidad, bajo la guía espiritual de líderes como el rabino Yisrael Avi`hai, la Yeshiva Bet El continúa siendo un faro vivo de misticismo, preservando el fuego de la sabiduría secreta de la Torá en el corazón de Jerusalén.
El descubrimiento del joven zapatero yemení que se convirtió en uno de los más grandes kabbalistas de Jerusalén
Un relato ejemplar
Birshui Morai VeRabotai
Cierto día, un judío se presentó ante el santo gaón, el rabino Jaim Shaul Douek, y le relató su desgracia entre lágrimas. Explicó que se dedicaba al comercio de ropa y trapos viejos y que todos sus ahorros ascendían apenas a diez liras. Acostumbraba a comerciar con un vecino árabe, quien, con el tiempo, comenzó a pedirle dinero prestado de manera reiterada hasta dejarlo sin un solo centéntimo. Cuando el judío le exigió la devolución de su dinero, el árabe le entregó las joyas de su esposa como garantía.
Sin embargo, los años pasaron, el deudor desapareció, el comerciante se quedó sin capital para trabajar y, por si fuera poco, temía vender las joyas, las cuales ni siquiera cubrían la mitad de la deuda. Desesperado, le preguntó al rabino qué debía hacer. El gaón le aconsejó que fuera al Muro de las Lamentaciones a presentar su causa ante Dios, y así lo hizo.
Al día siguiente, de forma inesperada, el árabe se le acercó y le preguntó: —¿Dónde está la prenda?
El judío respondió: —En mi casa, pero no puedo ir ahora. ¡Ven mañana con el dinero y te devolveré las joyas!
Al día siguiente, el hombre regresó con todo el dinero en efectivo, explicando que su esposa había comenzado a gritarle de repente exigiendo que recuperara las joyas bajo amenaza de muerte. Aunque él en realidad ya no tenía interés en rescatarlas debido a su escaso valor, se vio obligado a pagar la deuda completa, y el judío recuperó su dinero. (Relatado por el rabino Noah Gad Weintraub en su obra 'Yishivei Hokhma', tras escucharlo del rabino Chaim Ze'ev Milstein).
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El Rostro seductor del mal
Una reflexión sobre el Yetzer Hará a la luz de una obra de arte
Hace unos días, mientras recorría Facebook, me encontré con una fotografía que mostraba dos esculturas realizadas por los hermanos belgas Joseph Geefs y Guillaume Geefs. Ambas representaban la figura cristiana del mal y, aunque conocía la historia de estas obras, volver a mirarlas despertó en mí una reflexión que trasciende por completo el contexto en el que fueron creadas.
El primer escultor presentó una escultura de una belleza extraordinaria. Su rostro no inspiraba horror, sino fascinación. Su figura no despertaba rechazo, sino una extraña admiración. La historia cuenta que la obra fue considerada demasiado hermosa para cumplir el propósito que se esperaba de ella.
Entonces se encargó una nueva versión al hermano mayor, Guillaume Geefs, quien realizó en 1848 la célebre escultura "Le Génie du Mal" (El Genio del Mal). Aunque seguía representando al personaje de Lucifer atractivo, incorporó elementos que enfatizaban su condición de ser maligno.
Antes de continuar, deseo hacer una aclaración importante. Este artículo no pretende analizar, defender ni criticar la teología cristiana. Tampoco busca emitir un juicio sobre la manera en que otras tradiciones religiosas comprenden la figura de Satanás. Mi interés es otro.
Simplemente tomo la historia de estas esculturas únicamente como una expresión artística, porque el arte tiene la extraordinaria capacidad de formular preguntas que trascienden las fronteras culturales y religiosas. Y una de esas preguntas si me pareció profundamente compatible con una enseñanza que nuestros Sabios vienen transmitiendo desde hace milenios.
Al observar aquellas esculturas pensé:
¿Por qué el mal habría de presentarse con un rostro horrible?
Si su propósito es seducir al hombre, ¿no sería mucho más eficaz ocultar su verdadera naturaleza bajo la apariencia de la belleza, de la inteligencia, de la nobleza o incluso de la virtud?
Quizá esa sea una de las intuiciones más profundas que puede transmitir una obra de arte. Porque el verdadero peligro del mal nunca ha consistido en mostrar su rostro, sino en aprender a ocultarlo.
Y precisamente aquí comienza una de las diferencias más profundas entre la visión de la Torá y muchas otras concepciones religiosas.
La tradición de Israel no sitúa el centro de la lucha espiritual en un enemigo externo que combate contra Dios. La batalla principal ocurre dentro del corazón humano.
Nuestros Sabios enseñan que el Santo, bendito sea, creó el Yetzer Hará y creó también la Torá como su remedio. Esto significa que la inclinación al mal no constituye un poder independiente del Creador. Forma parte del diseño mismo del libre albedrío.
Desde la perspectiva cabalística, especialmente en las enseñanzas del Arizal y del Baal HaSulam, el deseo de recibir constituye la materia prima de toda la creación. Sin deseo no existiría el ser creado. El problema no reside en el deseo mismo, sino cuando éste deja de estar orientado hacia el propósito para el cual fue creado y se convierte en un fin exclusivamente egoísta.
Por eso el Yetzer Hará rara vez se presenta diciendo:
"Ven a destruirte."
Su lenguaje es mucho más refinado.
Dice:
"Te lo has ganado."
"Solo esta vez."
"Nadie saldrá perjudicado."
"Lo haces por una buena causa."
"Todos actuarían igual."
El engaño nunca comienza mostrando su destino final.
Comienza ofreciendo una satisfacción inmediata.
El Zóhar describe cómo la Sitra Ajrá se reviste de apariencias para ocultar su verdadera naturaleza. El Arizal explica que las kelipot son envolturas que esconden la luz interior. No destruyen la santidad; la cubren. No eliminan la verdad; la disfrazan.
El Maharal de Praga enseña que el mal no constituye un poder opuesto al Creador, sino una carencia, una desviación del orden querido por Dios. Y el Baal HaSulam explica que la tarea del hombre no consiste en destruir el deseo de recibir, sino en transformarlo hasta convertirlo en un deseo de otorgar.
Entonces comprendí el tema de esculturas. El mensaje del mármol pulido de Geefs puede convertirse en una idea del Yetzer Hará (No porque representen la visión judía del mal, que de hecho No la representan) sino porque ilustra una verdad psicológica y espiritual: el mal no conquista mostrando su destrucción futura, sino prometiendo una satisfacción inmediata.
Pero sí ilustran una verdad que la Torá conoce desde hace miles de años: el mal casi nunca se presenta como mal.
Si el Yetzer Hará tuviera siempre un rostro monstruoso, nadie lo seguiría.
Si la mentira se anunciara como mentira, pocos la aceptarían.
Si el orgullo confesara ser orgullo, casi todos lo rechazarían.
Pero el Yetzer Hará aprende el lenguaje de la bondad.
Se disfraza de prudencia cuando es miedo.
De autoestima cuando es soberbia.
De justicia cuando es venganza.
De libertad cuando es esclavitud.
De amor cuando es posesión.
Esa es su mayor estrategia.
Quizá por eso la Torá nunca nos invita a vivir aterrados por un enemigo exterior, al que representan las esculturas de los hermanos. Nos invita a mirar hacia adentro, a examinar nuestras motivaciones, a estudiar, a discernir y a refinar nuestros deseos.
Porque la batalla decisiva no se libra frente a una estatua de mármol. Se libra en el silencio del corazón. Allí donde el Yetzer Hará aprende a hablar con nuestra propia voz.
Y allí mismo donde la Torá nos enseña, con infinita paciencia, a distinguir entre aquello que parece luz y aquello que verdaderamente es Luz.
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¿Por qué no comemos pollo con queso? La Halajá, la tradición y el sentido de sus decretos
Birshui Morai VeRabotai
Es una de las preguntas más comunes entre quienes comienzan a estudiar las leyes de kashrut: si la Torá dice únicamente «No cocinarás el cabrito en la leche de su madre», ¿por qué también está prohibido comer pollo con queso?
La pregunta parece lógica. Después de todo, las aves no producen leche materna. Entonces, ¿de dónde surge esta prohibición?
La respuesta nos conduce al corazón mismo del judaísmo: comprender que la Torá no es solamente un texto escrito, sino una revelación viva transmitida junto con una tradición oral que explica, protege y desarrolla sus mandamientos.
El debate de los Sabios
El Talmud (Julín 113a-116a) recoge diversas opiniones acerca del alcance del precepto de basar bejalav.
Rabí Akiva enseña que la repetición de la prohibición en la Torá excluye de la prohibición bíblica a las aves. Según su opinión, el pollo con leche no está prohibido por la Torá, sino por decreto de los Sabios.
Rabí Yosí HaGuelilí va aún más lejos. Observa que la Torá habla específicamente de la leche de su madre. Como las aves carecen de leche materna, concluye que no entran dentro de este mandamiento.
Incluso existieron otras interpretaciones recogidas por los comentaristas, lo que demuestra la profundidad con la que nuestros Sabios analizaron cada palabra de la Torá.
La decisión de la Halajá
Finalmente, la Halajá siguió la opinión mayoritaria.
El Rambam y el Shulján Aruj establecen que está prohibido consumir aves junto con productos lácteos, aunque dicha prohibición es de origen rabínico y no directamente bíblico.
¿Por qué los Sabios ampliaron la prohibición?
Porque la Torá también nos ordena escuchar a los jueces y maestros de cada generación. Los Sabios comprendieron que, si las aves permanecían permitidas con leche, muchas personas terminarían confundiendo unas carnes con otras y podrían llegar a transgredir una prohibición de la propia Torá.
Así nació uno de los principios fundamentales de la Halajá: hacer un cerco alrededor de la Torá (asú siyag laTorá). Lejos de añadir arbitrariamente nuevas cargas, los Sabios buscaban preservar la santidad de los mandamientos y evitar que el pueblo tropezara.
Una diferencia que no debe pasarse por alto
Aunque hoy ambas mezclas están prohibidas para el consumo, no poseen exactamente el mismo nivel jurídico.
La carne de mamíferos kosher cocinada con leche está prohibida por la Torá tanto para comer como para cocinar o incluso obtener beneficio de ella.
En cambio, tratándose de aves, la prohibición recae principalmente sobre su consumo, pues su origen es rabínico. Esta diferencia revela que la Halajá distingue cuidadosamente entre lo que proviene directamente de la Torá y aquello que fue decretado por los Sabios para protegerla.
Un testimonio de la historia
El Talmud incluso relata que hubo comunidades que seguían la opinión de Rabí Yosí HaGuelilí y consumían aves con leche.
En aquella época, determinadas localidades seguían las decisiones de su autoridad rabínica aun cuando diferían de la práctica mayoritaria. Con el paso del tiempo, sin embargo, el pueblo de Israel unificó su práctica alrededor de la Halajá aceptada, fortaleciendo así la unidad del servicio a HaShem.
La dimensión interior
Los maestros de la Kabbalah enseñan que las mitzvot no solamente ordenan nuestras acciones; también educan nuestra percepción espiritual.
La leche simboliza la bondad que fluye sin medida, el alimento con el que una madre sostiene la vida de su hijo. La carne, por el contrario, representa la fuerza, el rigor y la vitalidad del mundo material. En el lenguaje de las sefirot, la tradición suele asociar la leche con el atributo de Jesed y la carne con Guevurá.
No es ésta la razón halájica de la prohibición. La Halajá nace de la Torá y de la tradición de nuestros Sabios. Sin embargo, la Cabalá nos permite contemplar el significado interior de esa disciplina: aprender que no toda unión es apropiada y que incluso aquello que, por separado, es bueno y permitido, requiere el tiempo y el contexto adecuados para integrarse.
La santidad consiste, muchas veces, en saber distinguir antes que en saber mezclar.
Una enseñanza para la vida
Vivimos en una cultura que exalta la mezcla indiscriminada: ideas, valores, identidades y deseos parecen poder fusionarse sin límites.
La Torá propone un camino diferente. Nos enseña que la creación posee un orden, que las diferencias no son un defecto sino parte de la armonía querida por el Creador, y que preservar ciertas separaciones también es una forma de construir santidad.
Quizá por eso una de las primeras lecciones de la kashrut no consiste simplemente en aprender qué alimentos están permitidos o prohibidos, sino en comprender que servir a HaShem implica cultivar la capacidad de discernir.
Porque la santidad no nace de confundir los límites, sino de reconocerlos.
Mordejay Yosef Douek
Referencias
- Talmud Bavlí, Julín 104a-116a.
- Talmud Bavlí, Shabat 131b.
- Rambam, Hiljot Maajalot Assurot 9:4.
- Shulján Aruj, Yoré Deá 87.
- Tosafot a Julín 104b y 113a.
- Shaj, Yoré Deá 87.
- Remá, Yoré Deá 87.
- Pitjei Teshuvá, Yoré Deá 87.
- Kaf HaJaim, Yoré Deá 87.