19 de julio de 2026

Cuando todo parece perdido, Dios ya ha comenzado la redención


Birshui Morai VeRabotai 

Una reflexión sobre el nacimiento oculto del Mashíaj en Tishá BeAv

La tradición judía conserva una de las enseñanzas más sorprendentes de la literatura rabínica. Mientras el pueblo contempla la destrucción del Beit HaMikdash y el humo cubre Jerusalén, los sabios afirman algo que parece imposible: ese mismo día nace el Mashíaj (Talmud Yerushalmi, Berajot 2:4; Eijá Rabá 1:51).

La afirmación resulta desconcertante. ¿Cómo puede nacer el redentor precisamente cuando todo se derrumba? ¿Cómo puede la esperanza abrir los ojos en el instante en que la historia parece cerrarlos para siempre?

Dios nunca escribe la historia como nosotros. Mientras el hombre solo alcanza a ver el final de una etapa, el Santo, bendito sea, ya está preparando el comienzo de la siguiente.

El relato del Yerushalmí es profundamente simbólico. Un campesino judío trabaja la tierra cuando un árabe le anuncia que el Templo ha sido destruido. Poco después, el mismo hombre le dice que el Rey Mesías ha nacido. 

El campesino abandona el arado y se convierte en vendedor de pañales y mantillas para recién nacidos. Recorre pueblos hasta encontrar a la madre del niño. Ella no tiene dinero para comprar lo necesario, y el vendedor le responde con una sencillez conmovedora:

—"Llévatelos. Me pagarás cuando puedas."

Tiempo después regresa, pero el niño ya no está. La madre que se ha quejado del día del nacimiento de su hijo lo ha perdido. Ha sido ocultado. El Mashíaj permanece escondido.

Toda la escena parece un fracaso. Sin embargo, es ahí donde los sabios quieren conducirnos: la redención nunca desaparece, solo deja de ser visible.

La lógica de la Torá frente a la inmediatez
Vivimos en una cultura obsesionada con los resultados inmediatos. Si algo no produce frutos hoy, creemos que ha muerto. Si una oración no recibe respuesta enseguida, suponemos que Dios ha guardado silencio. Si un proyecto fracasa, pensamos que el propósito terminó.

Pero el pensamiento de la Torá es diferente. Hay semillas que pasan años bajo la tierra antes de romper la superficie; promesas que deben permanecer ocultas hasta que el mundo sea capaz de recibirlas. El Mashíaj oculto representa la certeza de que Dios continúa actuando incluso cuando ya no vemos ninguna evidencia.

Esta es la verdadera prueba de la emuná:

Creer cuando todavía no hay señales.
Esperar cuando parece indicar que no queda nada por esperar.
Seguir construyendo cuando los muros todavía están en ruinas.


No es casualidad que el relato comience con un campesino arando. Arar consiste en abrir la tierra cuando todavía no existe cosecha; el agricultor trabaja para un futuro que aún no puede contemplar. Así vive el creyente. Cada mitzvá, cada acto de bondad, cada palabra de Torá y cada instante de fidelidad son semillas enterradas en un terreno que muchas veces parece estéril. Dios ve la cosecha mucho antes que nosotros.

El detalle más hermoso del relato es el vendedor de pañales. No vende coronas ni cetros, ni anuncia conquistas militares; vende aquello que protege la fragilidad de un recién nacido.

La redención comienza siendo vulnerable. Necesita ser cuidada, necesita paciencia y personas capaces de reconocer la grandeza escondida bajo una apariencia insignificante.

Esperamos que Dios transforme nuestra existencia mediante acontecimientos extraordinarios, cuando Él suele comenzar mediante gestos pequeños: una conversación, un arrepentimiento sincero, una decisión correcta, una mitzvá hecha en silencio, una lágrima durante la tefilá o un acto de bondad anónimo. Nosotros buscamos terremotos; Dios comienza con un niño.

Cuando el Mashíaj desaparece, la redención se retira de la vista. Hay épocas en las que la Shejiná parece ocultar Su rostro, pero el ocultamiento nunca significa abandono; significa preparación.

La semilla desaparece para convertirse en árbol. El sol se pone para dar paso al amanecer siguiente. El niño se oculta porque todavía no ha llegado el momento de revelarse.

Muchos viven hoy ese tipo de ocultamiento en matrimonios agotados, luchas de años contra el mismo pecado, comunidades heridas, sueños rotos o almas que oran sin encontrar respuestas. El Yerushalmí susurra una verdad capaz de sostener el corazón: no confundas el ocultamiento con la ausencia de HaShem.

El hecho de que no puedas verlo no significa que Él haya dejado de actuar. Precisamente en el lugar donde hoy solo ves ruinas, Dios ya ha hecho nacer aquello que mañana traerá consuelo.

El mayor error del ser humano consiste en creer que la historia termina donde terminan sus ojos. La historia continúa en las manos del Creador, y esas manos nunca dejan de trabajar.

Por eso Tishá BeAv no es solamente el día de la destrucción; es el día en que la esperanza comenzó a respirar en silencio. HaShem hace nacer la luz exactamente en el lugar donde solo alcanzamos a ver oscuridad.

No abandones la esperanza mientras HaShem todavía está sembrando.

Mordejai Yosef Douek 

Reflexiones de la Seuda Shelishi


Birshui Morai VeRabotai 

La tarde comenzaba a desvanecerse lentamente. La luz dorada del Shabat se derramaba por el amplio espacio abierto de la casa mientras compartíamos la Seudá Shelishi, ese instante en el que el día santo parece despedirse con una serenidad difícil de describir. Sobre la mesa aún reposaban el pan, mucha fruta cortada, vasos repletos con jugo muy dulce de lulo y algunos libros abiertos. La conversación había ido saltando de un tema a otro hasta que alguien abrió el Zóhar Jadash.

La discusión comenzó con el primer versículo de Eijá:

«¡Cómo ha quedado solitaria la ciudad, antes llena de gente!» (Lamentaciones 1:1).

Entonces surgió una pregunta que nos dejó en silencio. ¿Por qué el Zóhar Jadash, al comentar el inicio de Lamentaciones, abandona casi de inmediato la destrucción de Jerusalén para llevarnos hasta el Jardín del Edén? ¿Qué relación puede existir entre una ciudad en ruinas y la primera pareja de la humanidad? Durante unos instantes nadie respondió. La pregunta quedó suspendida en el aire mientras la brisa de la tarde atravesaba silenciosamente el lugar donde estábamos reunidos.

Esperábamos encontrar una explicación sobre los ejércitos de Babilonia, las decisiones de los reyes o el exilio material de Jerusalén. Sin embargo, el texto tomó un rumbo completamente distinto. Retrocedió hasta el origen mismo de toda pérdida, conduciéndonos al momento en que el Santo, bendito sea, tomó a Adán y lo introdujo en el Jardín del Edén.

«Y el Eterno Dios tomó al hombre y lo puso en el Jardín del Edén para que lo cultivara y lo guardara» (Génesis 2:15).

Mucho antes de que existiera un Templo o una ciudad, ya se estaba gestando el primer exilio.

Al comentar este versículo, el Zóhar Jadash recoge una antigua discusión acerca de cómo fue llevado Adán al Jardín. Rabí Janinai responde que no fue mediante la fuerza ni por un traslado físico, sino que Dios lo «tomó» con palabras. La interpretación se apoya en el verbo hebreo vayikaj (וַיִּקַּח, «tomó»), el mismo que aparece cuando el Santo ordena a Moshé: «Toma a Aarón...» (Levítico 8:2), expresión que los sabios entienden como una invitación hecha mediante la persuasión y la palabra (cf. Sifrá, Tzav 1; Rashi sobre Levítico 8:2). Otros sostienen que Adán fue conducido por un viento celestial, pero ambos enfoques convergen en una misma idea: el primer movimiento de Dios hacia el hombre no fue una imposición, sino un acto de comunicación. El Edén comienza con una palabra divina (Zóhar Jadash, Bereshit).

El Jardín no era simplemente un lugar de abundancia material. Era un espacio de reposo preparado para que la mente humana pudiera contemplar la sabiduría divina sin obstáculos. El Zóhar Jadash añade que el Santo, bendito sea, enseñó personalmente esta sabiduría a Adán mientras los ángeles contemplaban aquel acontecimiento. Hasta este punto, todo el relato gira en torno a la palabra creadora: una palabra que habla, enseña y guía.

Pero entonces aparece S"m, alterando la armonía. Movido por los celos ante la cercanía espiritual entre Adán y la Shejiná, el adversario desciende ocultándose bajo la sombra de la serpiente (Pirkei de Rabí Eliezer 13; Zóhar Jadash, Bereshit). Mientras leíamos este pasaje alrededor de la mesa comprendimos que el Zóhar no estaba cambiando de tema. Nos estaba mostrando que todas las destrucciones poseen una misma raíz. Antes de caer una ciudad, se fractura una relación; antes de derrumbarse los muros, se rompe algo invisible en el corazón del hombre.

El Zóhar propone así una lectura distinta del pecado primordial. El centro del relato no es el fruto prohibido, sino el diálogo entre la serpiente y Javá. Como si quisiera advertirnos que el desastre no comenzó cuando la mano se extendió hacia el árbol, sino cuando una voz extraña encontró un lugar en el alma. La muerte no entra primero por la boca, sino por el oído. Antes del acto hubo una palabra deformada.

A simple vista, el intercambio parece una conversación ordinaria. Sin embargo, en esas pocas frases comenzó a deshilacharse el tejido de la creación. La serpiente inicia diciendo:

«Af ki amar Elohim... (אַף כִּי אָמַר אֱלֹהִים...)
«¿Conque Dios ha dicho...?» (Génesis 3:1).»

Los sabios observan que la primera palabra, af (אַף), además de introducir la pregunta, significa también «ira» o «furor». Antes incluso de escuchar el argumento engañoso, el propio lenguaje deja entrever el espíritu de quien habla (cf. Bereshit Rabbá 19; Zóhar Jadash, Bereshit).

A medida que avanza el diálogo, el Zóhar Jadash describe una escena profundamente simbólica: las letras hebreas comienzan a desplazarse, ascienden y descienden, permutándose conforme Javá responde, hasta terminar formando la palabra mavet (מָוֶת), «muerte». Desde el Sefer Yetzirá sabemos que las letras hebreas no son simples signos gráficos, sino los instrumentos mediante los cuales el Santo ordenó la creación (Sefer Yetzirá 2:2). Si el universo fue edificado por la palabra divina, la corrupción del mundo debía manifestarse primero como una alteración del lenguaje creador. El fruto no hizo sino materializar una fractura que ya había ocurrido en el plano invisible.

Esta degradación también puede apreciarse desde la propia filología hebrea. La raíz מ־ו־ת (m-v-t) da origen a términos relacionados, pero no idénticos. Mut (מוּת) expresa el acto de morir; met (מֵת), el estado de quien ya ha muerto; mientras que mavet (מָוֶת) designa la muerte como realidad, poder o condición que invade la existencia. El Zóhar sugiere que antes de que el hombre comenzara a morir (mut), el mavet ya había irrumpido como consecuencia del alejamiento de la Fuente.

No resulta extraño, entonces, que siglos más tarde el profeta Jeremías escribiera:

«Porque la muerte ha subido por nuestras ventanas» (Jeremías 9:20 [9:21 en algunas ediciones]).

El Zóhar interpreta esa «ventana» como una imagen de la forma en que actúa el mal. No irrumpe derribando la puerta principal, sino que se introduce silenciosamente por una abertura casi imperceptible. Primero ocupa el pensamiento, luego deforma las palabras y, finalmente, alcanza la realidad visible (Zóhar Jadash, Eijá).

Cuando terminamos la lectura, la noche ya había caído sobre la mesa. La enseñanza del Zóhar Jadash adquirió entonces toda su fuerza. El centro del Edén no es un árbol, sino una conversación; no es un acto impulsivo, sino el lento desplazamiento de la verdad. Toda caída comienza mucho antes de hacerse visible en la historia. Empieza en el instante en que permitimos que una voz ajena reordene las letras con las que Dios había escrito la vida en nuestro corazón. Porque allí donde el lenguaje deja de reflejar la verdad, la creación comienza, poco a poco, a deshacerse.

Mordejai Yosef Douek 

16 de julio de 2026

¿Es el Baal HaSulam un autor no-kosher?

Durante las últimas décadas se ha difundido la idea de que las enseñanzas de Rabí Yehudá Leib HaLeví Ashlag (Baal HaSulam) serían "no kosher" o incompatibles con la tradición ortodoxa. Sin embargo, un examen histórico de las fuentes revela una realidad mucho más matizada.

Baal HaSulam no fue un autodidacta ni un místico marginal ajeno al mundo rabínico. Recibió una formación rabínica clásica, fue ordenado como rabino y ejerció como dayán en Varsovia antes de emigrar a la Tierra de Israel. En Jerusalén fue reconocido como un talmid jajam de extraordinaria erudición, profundamente versado tanto en el Talmud como en los escritos del Arizal. Su monumental comentario al Zóhar, HaSulam, y su sistematización de la Kabalá luriana en el Talmud Eser Sefirot constituyen obras de una magnitud intelectual difícilmente discutible, incluso por quienes discrepan de algunos aspectos de su método.

Es cierto que Baal HaSulam sostuvo posiciones innovadoras. Consideraba que la humanidad había entrado en una etapa histórica en la que la sabiduría de la Kabalá podía enseñarse con mayor amplitud que en generaciones anteriores. Esa postura despertó reservas entre algunos sectores del mundo ortodoxo, acostumbrados a criterios mucho más restrictivos respecto del estudio de la mística. Sin embargo, discrepar de una metodología no equivale a declarar heréticas las enseñanzas de quien la propone.

Gran parte de la confusión surgió después de su fallecimiento. Diversos movimientos contemporáneos dedicados a popularizar la Kabalá, especialmente entre personas sin formación judía, recurrieron a su nombre y a algunos conceptos de su obra. En muchos casos, esas ideas fueron simplificadas, descontextualizadas o reinterpretadas al margen de la Halajá y de la tradición rabínica. Como consecuencia, no pocas personas terminaron identificando a Baal HaSulam con movimientos que él nunca conoció y cuyas prácticas no pueden atribuirse directamente a sus escritos.

Esta confusión ha generado un fenómeno injusto: juzgar al autor por las interpretaciones posteriores de algunos de sus seguidores. Sería tan improcedente como responsabilizar al Rambam de todas las interpretaciones modernas de la filosofía aristotélica o al Arizal de todas las corrientes esotéricas que invocan su nombre.

Tampoco debe olvidarse que Baal HaSulam nunca propuso sustituir la Halajá por la experiencia mística. Por el contrario, entendía la Cabalá como la dimensión interior de la Torá y consideraba inseparables el cumplimiento de las mitzvot, el estudio de la Torá y el desarrollo espiritual. Su objetivo no era crear una nueva religión ni una espiritualidad desvinculada del judaísmo, sino ofrecer una exposición sistemática de las enseñanzas del Arizal para las generaciones modernas.

Incluso quienes no adoptaron su método reconocieron su inmensa talla intelectual. Las reservas expresadas por algunos rabinos se dirigieron principalmente a la oportunidad de difundir la Kabalá de manera más amplia o a determinadas formulaciones de su pensamiento social, pero no constituyen una condena unánime de su obra como "no kosher". De hecho, sus escritos continúan siendo estudiados en diversos círculos ortodoxos, especialmente por quienes se dedican al estudio de la Kabalá luriana.

Por ello, afirmar que Baal HaSulam era un autor "no kosher" constituye una simplificación histórica que no resiste un análisis serio de las fuentes. Su figura sigue siendo objeto de debate, como ocurre con otros grandes pensadores del judaísmo. Sin embargo, una valoración equilibrada exige distinguir entre el pensamiento del propio Baal HaSulam, las críticas legítimas que recibió en vida y las reinterpretaciones posteriores realizadas por movimientos que utilizaron su nombre para difundir ideas que, en muchos casos, él jamás habría reconocido como propias.


15 de julio de 2026

El Rostro seductor del mal


Una reflexión sobre el Yetzer Hará a la luz de una obra de arte

Hace unos días, mientras recorría Facebook, me encontré con una fotografía que mostraba dos esculturas realizadas por los hermanos belgas Joseph Geefs y Guillaume Geefs. Ambas representaban la figura cristiana del mal y, aunque conocía la historia de estas obras, volver a mirarlas despertó en mí una reflexión que trasciende por completo el contexto en el que fueron creadas.

El primer escultor presentó una escultura de una belleza extraordinaria. Su rostro no inspiraba horror, sino fascinación. Su figura no despertaba rechazo, sino una extraña admiración. La historia cuenta que la obra fue considerada demasiado hermosa para cumplir el propósito que se esperaba de ella.

Entonces se encargó una nueva versión al hermano mayor, Guillaume Geefs, quien realizó en 1848 la célebre escultura "Le Génie du Mal" (El Genio del Mal). Aunque seguía representando al personaje de Lucifer atractivo, incorporó elementos que enfatizaban su condición de ser maligno.

Antes de continuar, deseo hacer una aclaración importante. Este artículo no pretende analizar, defender ni criticar la teología cristiana. Tampoco busca emitir un juicio sobre la manera en que otras tradiciones religiosas comprenden la figura de Satanás. Mi interés es otro. 

Simplemente tomo la historia de estas esculturas únicamente como una expresión artística, porque el arte tiene la extraordinaria capacidad de formular preguntas que trascienden las fronteras culturales y religiosas. Y una de esas preguntas si me pareció profundamente compatible con una enseñanza que nuestros Sabios vienen transmitiendo desde hace milenios.

Al observar aquellas esculturas pensé:

¿Por qué el mal habría de presentarse con un rostro horrible?

Si su propósito es seducir al hombre, ¿no sería mucho más eficaz ocultar su verdadera naturaleza bajo la apariencia de la belleza, de la inteligencia, de la nobleza o incluso de la virtud?

Quizá esa sea una de las intuiciones más profundas que puede transmitir una obra de arte. Porque el verdadero peligro del mal nunca ha consistido en mostrar su rostro, sino en aprender a ocultarlo.

Y precisamente aquí comienza una de las diferencias más profundas entre la visión de la Torá y muchas otras concepciones religiosas.

La tradición de Israel no sitúa el centro de la lucha espiritual en un enemigo externo que combate contra Dios. La batalla principal ocurre dentro del corazón humano.

Nuestros Sabios enseñan que el Santo, bendito sea, creó el Yetzer Hará y creó también la Torá como su remedio. Esto significa que la inclinación al mal no constituye un poder independiente del Creador. Forma parte del diseño mismo del libre albedrío.

Desde la perspectiva cabalística, especialmente en las enseñanzas del Arizal y del Baal HaSulam, el deseo de recibir constituye la materia prima de toda la creación. Sin deseo no existiría el ser creado. El problema no reside en el deseo mismo, sino cuando éste deja de estar orientado hacia el propósito para el cual fue creado y se convierte en un fin exclusivamente egoísta.

Por eso el Yetzer Hará rara vez se presenta diciendo:

"Ven a destruirte."

Su lenguaje es mucho más refinado.

Dice:

"Te lo has ganado."

"Solo esta vez."

"Nadie saldrá perjudicado."

"Lo haces por una buena causa."

"Todos actuarían igual."

El engaño nunca comienza mostrando su destino final.

Comienza ofreciendo una satisfacción inmediata.

El Zóhar describe cómo la Sitra Ajrá se reviste de apariencias para ocultar su verdadera naturaleza. El Arizal explica que las kelipot son envolturas que esconden la luz interior. No destruyen la santidad; la cubren. No eliminan la verdad; la disfrazan.

El Maharal de Praga enseña que el mal no constituye un poder opuesto al Creador, sino una carencia, una desviación del orden querido por Dios. Y el Baal HaSulam explica que la tarea del hombre no consiste en destruir el deseo de recibir, sino en transformarlo hasta convertirlo en un deseo de otorgar.

Entonces comprendí el tema de esculturas.  El mensaje del mármol pulido de Geefs puede  convertirse en una idea del Yetzer Hará (No porque representen la visión judía del mal, que de hecho No la representan) sino porque ilustra una verdad psicológica y espiritual: el mal no conquista mostrando su destrucción futura, sino prometiendo una satisfacción inmediata.

Pero sí ilustran una verdad que la Torá conoce desde hace miles de años: el mal casi nunca se presenta como mal.

Si el Yetzer Hará tuviera siempre un rostro monstruoso, nadie lo seguiría.

Si la mentira se anunciara como mentira, pocos la aceptarían.

Si el orgullo confesara ser orgullo, casi todos lo rechazarían.

Pero el Yetzer Hará aprende el lenguaje de la bondad.

Se disfraza de prudencia cuando es miedo.

De autoestima cuando es soberbia.

De justicia cuando es venganza.

De libertad cuando es esclavitud.

De amor cuando es posesión.

Esa es su mayor estrategia.

Quizá por eso la Torá nunca nos invita a vivir aterrados por un enemigo exterior, al que representan las esculturas de los hermanos. Nos invita a mirar hacia adentro, a examinar nuestras motivaciones, a estudiar, a discernir y a refinar nuestros deseos.

Porque la batalla decisiva no se libra frente a una estatua de mármol. Se libra en el silencio del corazón. Allí donde el Yetzer Hará aprende a hablar con nuestra propia voz.

Y allí mismo donde la Torá nos enseña, con infinita paciencia, a distinguir entre aquello que parece luz y aquello que verdaderamente es Luz.


Ver también 


¿Creen los judíos en satanás?

¿Los niños autistas tienen almas especiales?

La cuestión del significado espiritual del autismo ha dado lugar a numerosas afirmaciones, muchas de ellas carentes de fundamento en las fuentes clásicas del judaísmo. 

La Torá no enseña que las personas autistas sean “ángeles” ni sostiene que posean automáticamente “almas superiores”. Sin embargo, sí ofrece una comprensión profunda del ser humano que permite abordar esta realidad desde una perspectiva distinta.

La Kabbalah distingue entre el cuerpo, que actúa como recipiente (kelí), y el alma, que porta la Luz divina. Las limitaciones del cuerpo no alteran la esencia de la neshamá. El ser humano fue creado beTzelem Elohim (Génesis 1:27), y esa imagen divina permanece intacta más allá de cualquier condición física, intelectual o neurológica.

El Zóhar, al comentar las leyes relativas a los kohanim con defectos físicos (Emor III, 106a–107a), enseña que puede existir una imperfección exterior sin que ello afecte la integridad del alma. No afirma que esas almas sean superiores, sino que su verdadera identidad nunca queda determinada por el estado del cuerpo.

El Ari desarrolla esta idea al explicar que el alma desciende al mundo revestida por distintos levushim (vestiduras). Estos velos limitan la manifestación de la Luz, pero no modifican su esencia. Por ello, la Cabalá invita a mirar más allá de la apariencia y a recordar que el ocultamiento no equivale a ausencia.

Por su parte, Baal HaSulam enseña que toda la humanidad constituye un único organismo espiritual: Adam HaRishón. Cada alma ocupa un lugar singular e irrepetible dentro de esa totalidad. El valor de una persona no depende de su productividad, de su inteligencia ni de su adaptación social, sino de la misión que el Creador le ha confiado.

En la misma línea, el Maharal de Praga sostiene que la perfección no consiste en poseer todas las capacidades imaginables, sino en cumplir el propósito para el cual Dios creó a cada ser. La diversidad no contradice la unidad; por el contrario, la hace posible.

Estas enseñanzas también invitan a la prudencia. La Kabbalah no autoriza a interpretar una discapacidad como consecuencia de pecados de vidas anteriores ni a emitir juicios sobre el tikún de otra persona. Solo Dios conoce la raíz de cada neshamá y el sentido último de cada existencia.

Como persona que convive con Neurodivergente, este estudio también tiene para mí un significado personal. Durante años interpreté mi manera distinta de pensar como una limitación. Con el tiempo comprendí que el Santo, bendito sea, había transformado esas mismas características en herramientas para dedicar mi vida al estudio de la Torah. No considero la neurodivergencia una superioridad espiritual, sino una forma particular de recorrer el camino que Dios asigna a cada alma.

La conclusión de este ensayo es sencilla: la verdadera pregunta no es si algunas almas son más especiales que otras. La verdadera pregunta es si somos capaces de mirar a cada ser humano como Dios lo mira. La Torá nos enseña que ninguna vida es accidental, que ninguna neshamá pierde su dignidad por las limitaciones del cuerpo y que el valor del ser humano no se mide por lo que produce, sino por haber sido creado a imagen de Dios.

Quizá el mayor tikún de nuestra generación consista en aprender a descubrir la Luz allí donde el mundo solo alcanza a ver el recipiente.

¿Por qué no comemos pollo con queso? La Halajá, la tradición y el sentido de sus decretos


Birshui Morai VeRabotai 

Es una de las preguntas más comunes entre quienes comienzan a estudiar las leyes de kashrut: si la Torá dice únicamente «No cocinarás el cabrito en la leche de su madre», ¿por qué también está prohibido comer pollo con queso?

La pregunta parece lógica. Después de todo, las aves no producen leche materna. Entonces, ¿de dónde surge esta prohibición?

La respuesta nos conduce al corazón mismo del judaísmo: comprender que la Torá no es solamente un texto escrito, sino una revelación viva transmitida junto con una tradición oral que explica, protege y desarrolla sus mandamientos.

El debate de los Sabios

El Talmud (Julín 113a-116a) recoge diversas opiniones acerca del alcance del precepto de basar bejalav.

Rabí Akiva enseña que la repetición de la prohibición en la Torá excluye de la prohibición bíblica a las aves. Según su opinión, el pollo con leche no está prohibido por la Torá, sino por decreto de los Sabios.

Rabí Yosí HaGuelilí va aún más lejos. Observa que la Torá habla específicamente de la leche de su madre. Como las aves carecen de leche materna, concluye que no entran dentro de este mandamiento.

Incluso existieron otras interpretaciones recogidas por los comentaristas, lo que demuestra la profundidad con la que nuestros Sabios analizaron cada palabra de la Torá.

La decisión de la Halajá

Finalmente, la Halajá siguió la opinión mayoritaria.

El Rambam y el Shulján Aruj establecen que está prohibido consumir aves junto con productos lácteos, aunque dicha prohibición es de origen rabínico y no directamente bíblico.

¿Por qué los Sabios ampliaron la prohibición?

Porque la Torá también nos ordena escuchar a los jueces y maestros de cada generación. Los Sabios comprendieron que, si las aves permanecían permitidas con leche, muchas personas terminarían confundiendo unas carnes con otras y podrían llegar a transgredir una prohibición de la propia Torá.

Así nació uno de los principios fundamentales de la Halajá: hacer un cerco alrededor de la Torá (asú siyag laTorá). Lejos de añadir arbitrariamente nuevas cargas, los Sabios buscaban preservar la santidad de los mandamientos y evitar que el pueblo tropezara.

Una diferencia que no debe pasarse por alto

Aunque hoy ambas mezclas están prohibidas para el consumo, no poseen exactamente el mismo nivel jurídico.

La carne de mamíferos kosher cocinada con leche está prohibida por la Torá tanto para comer como para cocinar o incluso obtener beneficio de ella.

En cambio, tratándose de aves, la prohibición recae principalmente sobre su consumo, pues su origen es rabínico. Esta diferencia revela que la Halajá distingue cuidadosamente entre lo que proviene directamente de la Torá y aquello que fue decretado por los Sabios para protegerla.

Un testimonio de la historia

El Talmud incluso relata que hubo comunidades que seguían la opinión de Rabí Yosí HaGuelilí y consumían aves con leche.

En aquella época, determinadas localidades seguían las decisiones de su autoridad rabínica aun cuando diferían de la práctica mayoritaria. Con el paso del tiempo, sin embargo, el pueblo de Israel unificó su práctica alrededor de la Halajá aceptada, fortaleciendo así la unidad del servicio a HaShem.

La dimensión interior

Los maestros de la Kabbalah enseñan que las mitzvot no solamente ordenan nuestras acciones; también educan nuestra percepción espiritual.

La leche simboliza la bondad que fluye sin medida, el alimento con el que una madre sostiene la vida de su hijo. La carne, por el contrario, representa la fuerza, el rigor y la vitalidad del mundo material. En el lenguaje de las sefirot, la tradición suele asociar la leche con el atributo de Jesed y la carne con Guevurá.

No es ésta la razón halájica de la prohibición. La Halajá nace de la Torá y de la tradición de nuestros Sabios. Sin embargo, la Cabalá nos permite contemplar el significado interior de esa disciplina: aprender que no toda unión es apropiada y que incluso aquello que, por separado, es bueno y permitido, requiere el tiempo y el contexto adecuados para integrarse.

La santidad consiste, muchas veces, en saber distinguir antes que en saber mezclar.

Una enseñanza para la vida

Vivimos en una cultura que exalta la mezcla indiscriminada: ideas, valores, identidades y deseos parecen poder fusionarse sin límites.

La Torá propone un camino diferente. Nos enseña que la creación posee un orden, que las diferencias no son un defecto sino parte de la armonía querida por el Creador, y que preservar ciertas separaciones también es una forma de construir santidad.

Quizá por eso una de las primeras lecciones de la kashrut no consiste simplemente en aprender qué alimentos están permitidos o prohibidos, sino en comprender que servir a HaShem implica cultivar la capacidad de discernir.

Porque la santidad no nace de confundir los límites, sino de reconocerlos.

Mordejay Yosef Douek 


Referencias

  • Talmud Bavlí, Julín 104a-116a.
  • Talmud Bavlí, Shabat 131b.
  • Rambam, Hiljot Maajalot Assurot 9:4.
  • Shulján Aruj, Yoré Deá 87.
  • Tosafot a Julín 104b y 113a.
  • Shaj, Yoré Deá 87.
  • Remá, Yoré Deá 87.
  • Pitjei Teshuvá, Yoré Deá 87.
  • Kaf HaJaim, Yoré Deá 87.

14 de julio de 2026

Después de veinte años, me atreví a escribir una novela

Durante muchos años, quienes han visitado OrEinSof han encontrado artículos sobre la Torá, la tradición judía, la filosofía, la mística y la búsqueda del sentido de la existencia. Cada texto ha sido un intento de acercarme, con humildad, a preguntas que nos acompañan desde siempre: ¿quiénes somos?, ¿por qué olvidamos nuestro propósito?, ¿es posible regresar a aquello para lo que fuimos creados?

Sin embargo, hubo una historia que nunca podía contarse en forma de ensayo.

Necesitaba personajes. Necesitaba paisajes. Necesitaba un mundo entero.

Así nació El Último Nombre de Elyón.

Aunque es una novela de fantasía épica, quienes han leído este blog reconocerán muchos de los temas que han acompañado a OrEinSof desde sus inicios: la lucha entre la memoria y el olvido, la responsabilidad de nuestras decisiones, el peso del Nombre, la restauración de la identidad y la esperanza de que, incluso en medio de la oscuridad, la luz puede volver a abrirse camino.

No pretende ser un tratado ni una alegoría cerrada. Es, ante todo, una historia. Una invitación a recorrer un mundo donde cada reino, cada personaje y cada elección reflejan algo profundamente humano.
Durante años escribí artículos. Hoy comparto una novela.

Espero que quienes han caminado conmigo a través de las páginas de OrEinSof encuentren también en esta obra un motivo para reflexionar, emocionarse y, quizá, recordar.

Si decides emprender este viaje, deseo que disfrutes cada página.

Bienvenido a Zhapharad.

Bienvenido a El Último Nombre de Elyón.

Si deseas aquirirlo has click aquí

Comentario al Zóhar -Pinejás 152b-

Pinejás 152b

Rabí Yitzjak comenzó y dijo: Está escrito: “Cuando hayas comido y te hayas saciado, bendecirás al Eterno tu Di-s, por la buena tierra que te dio" (Deuteronomio 8:10). ¡Cuán apreciado es el Pueblo de Israel, amado por el Eterno, a quien eligió de entre todos los pueblos! Por el mérito del Pueblo de Israel, alimenta el Eterno a todas las criaturas, pues de no ser por él, el Santo, Bendito Él, no alimentaría al mundo. Ahora que Israel se encuentra en la Diáspora, el Creador entrega doble ración de alimentos, para que quede algo para el Pueblo de Israel. Pero cuando Israel se encontraba en la Tierra Santa, descendía alimentos de las Alturas que los alimentaban, y los demás pueblos se alimentaban de lo que quedaba. Ahora que Israel se encuentra en el Exilio, todo ha cambiado. Esto se asemeja al rey que preparó comida para su familia. Cuando ellos cumplen su voluntad comen juntamente con el rey. Aquí igual: Mientras Israel se encuentra en la Tierra Santa y cumple Su voluntad, comen junto al Rey, y a los perros les echa los huesos para que los roan. Pero cuando la familia no cumplen la voluntad del Rey toda la comida se la da a los perros, y a ellos les da los huesos. De esta misma forma, todo el tiempo que Israel cumple la voluntad del Creador, comen en la Mesa del Rey y todo el banquete es preparado para ellos. Ellos, de tanta alegría, les dan los huesos a los idólatras. Sin embargo, cuando Israel no cumplen la voluntad del Creador, son expulsados al Exilio, y el banquete se les da a los perros, y para ellos los huesos. (Ezequiel 4:13): "De este modo comerán los hijos de Israel su pan inmundo entre las naciones". Porque comen los restos de los alimentos de los demás pueblos, fue considerado inmundo. ¡Desdichado aquel hijo del rey que debe esperar a que los sirvientes finalicen de comer para alimentarse! Dijo David el rey: "Preparas una mesa delante de mí ante la presencia de mis enemigos. Has ungido mi cabeza con oleo y mi copa desborda" (Salmos 23:5). "Preparas una mesa delante de mí", se refiere a la mesa del rey. "Ante la presencia de mis enemigos", se refiere a los perros que se encuentran debajo de la mesa y esperan a que les arrojen los huesos, mas él se sienta en la mesa junto al Rey. "Has ungido mi cabeza con oleo", es el comienzo del banquete, porque se le entrega lo principal y todo lo mejor. Después, lo que resta es dado a los perros y a quienes sirvieron la mesa. "Y mi copa desborda", la copa de vino siempre desborda frente a quien ama el Rey, para que no necesite pedir nuevamente. De esta manera se encontraba Israel frente a los demás pueblos.

El sustento del alma y la mesa del Rey

El pasaje que acabamos de leer puede resultar desconcertante si se interpreta únicamente desde un plano histórico o nacional. En este comentario adoptaremos una lectura propia de la tradición cabalística del sod, en la que los nombres de pueblos, tierras, reyes, exilios y naciones describen realidades interiores del alma y no solamente acontecimientos externos.

Desde esta perspectiva, el Zóhar no está estableciendo una jerarquía entre pueblos, sino revelando la estructura espiritual del ser humano.

Israel representa el punto más elevado del alma: el deseo que anhela retornar a su Fuente, adherirse al Creador (devekut) y orientar toda la existencia hacia la santidad. Es el anhelo interior que busca que la voluntad humana se alinee con la Voluntad divina.

Por el contrario, el exilio no comienza cuando una persona abandona una tierra, sino cuando ese "Israel interior" pierde su lugar de gobierno. El exilio es el estado en el que el deseo de acercarse al Creador queda oculto, debilitado o sometido a otros deseos que ocupan el centro de la vida.

En el lenguaje de la Kabbalah, las naciones representan múltiples tendencias del deseo humano. Cada una simboliza una fuerza interior, una inclinación o una cualidad que puede apartar al alma de su centro espiritual. De la misma manera, los lugares geográficos mencionados por el Zóhar corresponden a estados de conciencia y a etapas del trabajo espiritual.

A la luz de esta lectura, el "alimento" del que habla el Zóhar no debe entenderse únicamente como sustento material. El alimento simboliza el shefa, la abundancia espiritual, la vitalidad y la Luz que el Creador comunica al alma. Toda persona vive de aquello con lo que alimenta su mundo interior. Cuando el deseo orientado hacia el Creador ocupa el primer lugar, toda la estructura del alma recibe vida desde una fuente más elevada; cuando ese deseo queda relegado, la energía espiritual se dispersa entre apetitos e inclinaciones secundarias.

La imagen de la mesa del Rey expresa el grado de intimidad con la Presencia Divina. Sentarse a la mesa no significa ocupar un lugar físico, sino vivir en un estado en el que el alma recibe directamente aquello que necesita para crecer espiritualmente. Es la experiencia de quien encuentra en la Torá, las mitzvot, la plegaria y la rectificación del carácter el verdadero alimento de su existencia.

En cambio, cuando el Zóhar describe que Israel recibe solamente "los huesos", presenta una poderosa metáfora del empobrecimiento espiritual. Los huesos sostienen el cuerpo, pero carecen de la plenitud y del sabor del banquete. Así también ocurre cuando la vida espiritual pierde su centralidad: el alma continúa existiendo, pero se alimenta apenas de los restos de aquello para lo cual fue creada.

El contraste entre el banquete y los huesos describe dos maneras de vivir. En una, el deseo de unión con el Creador gobierna la totalidad de la persona; en la otra, ese deseo queda subordinado a intereses inferiores y recibe únicamente lo que permanece después de que las demás inclinaciones han consumido la energía, el tiempo y la atención del individuo.

Esta enseñanza invita a una profunda introspección. La pregunta ya no es quiénes son los pueblos mencionados por el Zóhar, sino qué fuerzas gobiernan actualmente nuestro mundo interior. ¿Qué deseo se sienta a la mesa del Rey? ¿Cuál recibe la mayor parte de nuestro tiempo, de nuestros pensamientos y de nuestras decisiones? ¿Qué parte de nosotros gobierna realmente la vida?

Desde esta perspectiva, la observancia de la Torá y las mitzvot no aparece solamente como un conjunto de acciones externas, sino como el camino mediante el cual el "Israel interior" recupera su lugar legítimo. Cada mitzvá fortalece el deseo de retornar al Creador; cada acto de rectificación devuelve al alma a la mesa del Rey; cada victoria sobre el ego restaura el orden espiritual perdido.

El Zóhar, por tanto, no pretende describir únicamente una realidad histórica. Nos invita a mirar hacia el interior y reconocer que el verdadero exilio y la verdadera redención comienzan en el corazón humano. Allí se libra diariamente la decisión de quién gobernará el alma: el deseo de recibir únicamente para sí mismo o el deseo de volver a la Fuente de toda vida.

Leído de esta manera, el pasaje deja de ser una descripción del pasado para convertirse en un espejo del presente. Cada ser humano lleva dentro de sí una Tierra de Israel y un exilio; una mesa del Rey y unos huesos; un deseo de ascender y múltiples inclinaciones que buscan apartarlo de ese camino. La enseñanza del Zóhar consiste en recordar que el sustento más profundo del alma no proviene del mundo exterior, sino de la medida en que permitimos que nuestro "Israel interior" vuelva a ocupar el lugar para el cual fue creado: vivir en comunión con el Creador y recibir de Él el verdadero alimento de la vida espiritual.

Reflexión final

Quizá el exilio más profundo no sea el de un pueblo que abandona una tierra, sino el de un alma que ha olvidado su verdadero hogar.

Nuestras almas viven exiliadas dentro de nuestros cuerpos, y nuestro pueblo atraviesa el exilio en un mundo que todavía no refleja plenamente la Presencia del Creador.

De ese exilio nacen dos verdades que debemos sostener al mismo tiempo.

La primera es recordar que este no es nuestro destino definitivo. No hemos sido creados para identificarnos por completo con este mundo ni para olvidar la Fuente de la que procedemos. Mientras el "Israel" que habita en nuestro interior conserve ese recuerdo, podrá mantenerse firme e incluso irradiar luz en medio de la oscuridad.

La segunda es recordar que precisamente en este mundo se encuentra oculto un inmenso tesoro. Los sabios enseñan que la Presencia Divina puede revelarse incluso en los lugares de mayor ocultamiento. Allí donde parece haber ausencia, puede encontrarse la oportunidad de la rectificación; allí donde experimentamos el exilio, puede descubrirse el camino hacia la redención.

Estas dos verdades deben permanecer en equilibrio.

Si solo recordamos que este mundo no es nuestro hogar, podremos resistir el exilio, pero corremos el riesgo de despreciar la misión para la cual hemos sido enviados.

Si solo recordamos que aquí se esconde un tesoro, podemos terminar creyendo que el exilio es nuestro verdadero hogar y olvidar que toda la creación está orientada hacia el retorno al Creador.

La sabiduría consiste en vivir con ambas certezas: caminar por este mundo sabiendo que somos peregrinos, pero trabajar en él como quien busca un tesoro escondido. Porque es precisamente en el lugar del ocultamiento donde el alma encuentra la posibilidad de revelar la Luz.


Los Pilares del Pensamiento Kabalístico de Ashlag


El rabino Yehuda Leib Ha-Levi Ashlag (1885–1954), conocido universalmente como el Baal HaSulam (el Autor de la Escalera, por su monumental comentario Al Sulam sobre el Zóhar), es considerado el Kabalista más importante del siglo XX. Su genialidad no solo radicó en traducir y sistematizar de forma matemática y psicológica la compleja cosmología luriánica de la escuela del Ari (Rabí Isaac Luria), sino en democratizar y abrir la Cábala para toda la humanidad.

​El pensamiento de Baal HaSulam opera una de las revoluciones filosóficas y espirituales más profundas del misticismo judío: despoja a la Kábala del ropaje mágico-místico externo y la traslada al campo de la psicología del alma humana y la transformación social.

​A continuación, se detalla un análisis profundo y estructurado de sus ideas originales y de los pilares de su cosmovisión.

​1. Los Pilares del Pensamiento Kabalístico de Rav Ashlag

​Para comprender a Baal HaSulam, es indispensable asimilar el motor ontológico con el que explica la creación del universo y la experiencia humana: la dialéctica entre la fuerza del Creador y la de la creación.

​La Naturaleza del Creador y de la Creación.

El Creador es Puramente Altruista: Dios es definido como la "Voluntad Absoluta de Otorgar" (Ratzón Leashpía). Al ser perfecto e infinito, carece de necesidades, por lo que su único propósito al emanar la existencia es beneficiar y dar deleite a Sus creaciones.

La Creación es el Deseo de Recibir: Para que exista un "receptor" real de ese deleite infinito, el Creador tuvo que crear una sustancia opuesta a Él: la "Voluntad de Recibir" (Ratzón Lekabel). Toda la materia creada —desde los átomos hasta las almas humanas— no es más que diferentes densidades y gradaciones de este Deseo de Recibir.

​La Ley de Equivalencia de Forma (Hashvaat HaTzurá)

​Ashlag introduce un axioma espiritual fundamental: en la realidad metafísica, no existen distancias físicas; la cercanía o separación se mide por la similitud de cualidades.

​Si dos entidades espirituales tienen cualidades opuestas, están infinitamente separadas (como el polo norte y el polo sur).

​Dado que el Creador es puro otorgamiento y el ser humano es puro recibir, la humanidad se encuentra en un estado de desconexión absoluta de la Luz espiritual.

El propósito de la vida: Lograr la "Equivalencia de Forma" con el Creador, transformando la naturaleza del egoísmo (recibir) en altruismo (otorgar).

​2. Ideas Científico-Espirituales y Conceptos Originales

​A. La Intención de "Recibir con el Fin de Otorgar" (Kabel al Menat Leashpía)

​No es posible ni deseable destruir nuestro "Deseo de Recibir", ya que es nuestra mismísima esencia creada. La genialidad de Ashlag radica en cambiar el uso o la intención (Kavaná) detrás del deseo:

Recibir para uno mismo (Lekabel al menat lekabel): Egoísmo puro, la raíz de todo el sufrimiento, el caos y el mal en el mundo.

Recibir para otorgar (Kabel al menat leashpía): Es el estado espiritual óptimo. Un ejemplo clásico: un invitado que acepta comer en casa de un anfitrión no para saciar su propio apetito hambriento (lo que sería vergonzoso), sino exclusivamente para complacer y honrar al anfitrión que trabajó con amor para prepararle la cena. Al comer, el invitado está recibiendo el alimento físicamente, pero espiritualmente está otorgando placer.

​B. El Concepto del "Egoísmo Altruista" y el Altruismo Social

​Para Ashlag, la espiritualidad no es un ejercicio de aislamiento monástico; se realiza dentro de la sociedad. Él dividió el desarrollo humano en cuatro etapas de interacción que deben ser refinadas:

  1. Amor propio egoísta: La naturaleza innata e infantil.
  2. Otorgar con el fin de recibir: Cooperación social utilitaria (hago el bien para que me vaya bien o para ganarme el Paraíso).
  3. Otorgar con el fin de otorgar: Altruismo puro y desinteresado. El inicio del nivel espiritual.
  4. Recibir con el fin de otorgar: El nivel más alto de adhesión (Dvekut) con la Luz divina.

​C. El "Comunismo Altruista" o Cabalístico

​Una de las facetas más audaces y controvertidas de Baal HaSulam fue su propuesta sociopolítica, detallada en sus escritos periodísticos (La Nación) y en ensayos como La Libertad. Ashlag defendió un modelo de comunismo basado en principios espirituales y teístas.

​Sostenía que el comunismo forzado y ateo (como el soviético) estaba condenado al fracaso y a la tiranía porque intentaba redistribuir la riqueza material sin corregir primero la naturaleza egoísta del corazón humano.

​Propuso que una sociedad perfectamente justa solo es posible si sus miembros adoptan voluntariamente la máxima espiritual: "Cada uno trabaja según su capacidad y recibe según sus necesidades básicas, dedicando todo el excedente al bienestar de la comunidad en sintonía con la ley divina del otorgamiento".

​3. Sus Obras Cumbres como la Estructuración de la Cábala

​La literatura de Ashlag dotó a la Cábala de un rigor textual, un vocabulario de precisión matemática y una guía metodológica sin precedentes. Sus dos obras magnas son:

Talmud Éser HaSefirot (El Estudio de las Diez Sefirot): Un tratado técnico monumental en seis volúmenes que reinterpreta los escritos del Ari. Utiliza preguntas, respuestas, análisis de procesos de causa y efecto en los mundos superiores, y define términos de forma tan científica que retira cualquier vestigio de antropomorfismo de la Cábala.

El Comentario Sulam (La Escalera): Su obra más célebre. Es una traducción completa del Zóhar del arameo al hebreo moderno con un comentario exhaustivo que permite a cualquier estudiante contemporáneo ascender "peldaño a peldaño" por los mundos de la conciencia espiritual.

​4. Resumen de su Cosmovisión Existencial

​Para resumir el pensamiento de Rabí Yehuda Leib Ashlag en una sola premisa: el sufrimiento humano no es un castigo, sino una crisis de desarrollo producida por la disonancia entre nuestra naturaleza egoísta y la ley altruista del Universo.

​El dolor físico, social y global tiene la función de empujarnos a reconocer el "mal" de nuestro propio egoísmo. La salvación de la humanidad, por lo tanto, no reside en el avance puramente tecnológico o político, sino en una educación global orientada hacia el desarrollo de un corazón verdaderamente altruista. La Cábala es simplemente el manual de instrucciones práctico para lograr esta transformación definitiva de la conciencia humana.

Primera corrección: La mesa del Eterno

Birshui Morai veRabotai 

«Esta es la mesa que está delante de Hashem.»
(Ezequiel 41:22)»

El Zóhar comienza sorprendentemente no con la comida, sino con la mesa. Antes de corregir el acto de comer, debe corregirse el lugar donde la abundancia será recibida. La mesa deja de ser un objeto doméstico para convertirse en un mizbéaj, un altar.

Nuestros Sabios enseñan (Berajot 55a) que, desde la destrucción del Beit HaMikdash, la mesa del hombre ocupa el lugar del altar cuando sobre ella hay pan, palabras de Torá, hospitalidad y bendición. Si el altar elevaba los sacrificios hacia el cielo, ahora es la mesa la que eleva la existencia cotidiana hasta el servicio divino.

No es casualidad que el Zóhar cite las palabras del profeta Yejezkel. En la visión del Templo futuro, el altar es denominado "mesa". Con ello enseña que el propósito último del servicio divino no consiste únicamente en ofrecer sacrificios, sino en transformar la vida diaria en una morada para la Shejiná.

La mesa representa espiritualmente a Maljut, el recipiente que recibe toda la abundancia procedente de las sefirot superiores. El pan corresponde a la shefá (abundancia) que desciende desde Zeir Anpín hasta Maljut para alimentar toda la creación. Por ello, una mesa preparada con honor se convierte en un recipiente apto para recibir la bendición divina.

Las dos jalot recuerdan el doble maná que descendía en vísperas de Shabat (Éxodo 16:22). Sin embargo, su significado va mucho más allá del recuerdo histórico. El doble pan simboliza la doble manifestación de la Providencia: la abundancia material y la espiritual; la nutrición del cuerpo y la del alma; la misericordia y el juicio armonizados por el día de Shabat.

El precepto de separar jalá expresa exactamente esta conciencia. Antes de apropiarse del pan, el hombre reconoce que todo pertenece al Creador. La primera porción es elevada para enseñar que el origen del sustento nunca está en la fuerza de nuestras manos, sino en la bendición de Hashem. Sólo después de reconocer ese origen el resto puede ser disfrutado con santidad.

Desde la perspectiva cabalística, la jalá representa también la elevación de la primera parte del deseo de recibir. Antes de satisfacer nuestras necesidades, separamos simbólicamente aquello que pertenece al Cielo. Así el acto más cotidiano —amasar pan— se transforma en una declaración de emuná.

El Baal HaSulam explica que toda la creación fue formada como un deseo de recibir placer. El propósito de las mitzvot consiste en transformar gradualmente ese deseo en un deseo de recibir para otorgar. La mesa constituye uno de los escenarios privilegiados de esta transformación: allí el alimento deja de ser mera satisfacción biológica para convertirse en un medio de servir al Creador.

El Arizal añade que la mesa de Shabat participa del misterio del Shulján, uno de los utensilios del Mishkán. Así como el pan de la proposición permanecía constantemente delante de Hashem, también el pan de Shabat testimonia que la abundancia divina nunca cesa. El sustento no depende únicamente del esfuerzo humano, sino del flujo continuo de la bendición que desciende de lo Alto.

Por ello la mesa debe prepararse antes de la llegada de Shabat, cubrirse con dignidad, adornarse con las mejores vajillas y esperar al Rey. No se prepara para los comensales; se prepara para la Shejiná. Cada detalle proclama que el hogar entero se ha convertido en un pequeño Santuario (Mikdash Me'at).

Ésta es la primera rectificación: convertir el lugar donde el hombre recibe el alimento en un recipiente digno de recibir la Presencia Divina. Cuando la mesa deja de pertenecernos y pasa a pertenecer al Eterno, también nosotros dejamos de ser simples consumidores y nos convertimos en servidores del Rey.

13 de julio de 2026

Las mitzvot: recipientes para la revelación de la Luz

Un legado para mi hijo
Las páginas que siguen son el fruto de muchos años de estudio. Nacieron entre libros abiertos, clases, conversaciones con maestros y largas horas de reflexión. Durante ese tiempo fui reuniendo, en numerosas carpetas de anillos, miles de hojas con apuntes, transcripciones, resúmenes, comentarios y estudios sobre la Torá, la Halajá y la Kabalá.


Cada carpeta fue creciendo con el paso de los años. En ellas quedaron preservadas enseñanzas recibidas de rabinos y maestros, especialmente durante mi formación en Caracas, Venezuela, junto con las reflexiones personales que esas enseñanzas despertaron en mí. 

Está carpetas no están a mi alcance; están en mi biblioteca en Venezuela y solo conservo unas pocas fotografías o fragmentos que están guardadas en mi biblioteca digital. Sin embargo, esos fragmentos siguen siendo suficientes para recordar la riqueza de un camino de aprendizaje que marcó profundamente mi vida. 


Estás carpetas están enumeradas, y tituladas: La Vida en HaShem. Esta recopilacion nace de ese legado. No pretende presentar ideas originales ni reemplazar la voz de quienes me enseñaron. Por el contrario, procura ordenar, desarrollar y transmitir, con fidelidad y respeto, aquello que recibí de mis maestros y que, con la ayuda del Creador, procuré comprender y hacer parte de mi propia vida.

Nuestros Sabios enseñan: «Moshé recibió la Torá en el Sinaí y la transmitió a Yehoshúa; Yehoshúa a los Ancianos; los Ancianos a los Profetas; y los Profetas a los Hombres de la Gran Asamblea» (Pirkei Avot 1:1). La Torá vive precisamente porque se transmite de generación en generación. Nadie es dueño de ella; todos somos custodios de una herencia que recibimos con la responsabilidad de conservarla, vivirla y entregarla íntegra a quienes vienen después.


Estas son, ante todo, un acto de gratitud hacia mis maestros, cuya dedicación hizo posible mi formación, y hacia todos aquellos autores cuyas obras iluminaron mi estudio. Si estas páginas tienen algún valor, es porque se apoyan sobre el trabajo y la sabiduría de quienes caminaron antes que nosotros.

Pero también deseo que este libro sea una herencia para mi hijo, Isaac.

Quizá no pueda dejarle grandes bienes materiales. La vida es incierta y las riquezas pueden desaparecer. Sin embargo, hay una herencia que nadie puede arrebatar: el amor por la Torá, el deseo constante de buscar a Hashem y la convicción de que cada día ofrece una nueva oportunidad para acercarse a Él. 

Estas páginas son parte de esa herencia.

No contienen únicamente conceptos o explicaciones. Contienen los años de estudio, las preguntas, las búsquedas, las alegrías del descubrimiento y el esfuerzo por comprender un poco mejor la sabiduría que el Creador reveló a Israel.

Si algún día, querido Isaac, estas páginas llegan a tus manos, deseo que descubras algo más que un libro. Quisiera que encontraras el testimonio de una vida que procuró caminar, aunque con muchas limitaciones, por los senderos de la Torá. Y que ese testimonio te anime a continuar la cadena de transmisión, para que la luz recibida nunca se extinga, sino que siga iluminando a las generaciones que vendrán después de nosotros.

Los últimos artículos de surgieron de las páginas fotografiadas. Y este es uno de ellos:



La tradición kabalística enseña que el Ein Sof, el Infinito, sostiene y vivifica toda la creación mediante la irradiación constante de Su Luz (Or Ein Sof). 

Nada existe separado de esa fuente; toda realidad subsiste porque la Luz divina la sostiene a cada instante. Como afirma el profeta: «Porque contigo está la fuente de la vida; en Tu luz veremos la luz» (Salmo 36:10).


Según la enseñanza del Arizal, esa Luz se revela en la creación a través del Kav, el "rayo" o "línea" de emanación que, tras el Tzimtzum (la contracción primordial), permite la existencia de los mundos finitos (Etz Jaim, Heijal A"K, Shaar 1). El propósito de la existencia humana consiste en convertirse en un recipiente adecuado para recibir y manifestar esa Luz de manera rectificada.


Desde esta perspectiva, las mitzvot no son simplemente mandamientos ni normas religiosas. Constituyen los instrumentos mediante los cuales el ser humano refina su voluntad y orienta su deseo hacia el propósito para el cual fue creado. En la terminología del Baal HaSulam, las mitzvot participan en la transformación del ratzón lekabel (la voluntad de recibir para sí mismo) en un deseo capaz de recibir con la intención de otorgar, alcanzando así la equivalencia de forma con el Creador (Matan Torá; Introducción al Talmud Eser Sefirot).


Esta transformación no implica negar el deseo. La Kabalá no considera el deseo como un enemigo, sino como la materia prima de la creación. Lo que requiere rectificación es su orientación. Cuando el deseo permanece centrado exclusivamente en uno mismo, genera separación y ocultamiento de la Luz. Cuando se ordena conforme a la voluntad divina, se convierte en un canal para la bendición y la revelación.

En este sentido, las mitzvot liberan progresivamente al alma de la dependencia exclusiva de la materialidad y del dominio del ego. La tradición cabalística explica que este proceso contribuye a la rectificación del alma a lo largo de su recorrido espiritual, tema desarrollado ampliamente por el Arizal en Shaar HaGilgulim.

Las 613 mitzvot y la estructura del ser humano

La Torá contiene 613 mitzvot, tradicionalmente divididas en 248 mandamientos positivos (mitzvot asé) y 365 mandamientos negativos (mitzvot lo ta'asé).

El Talmud señala que los 248 preceptos positivos corresponden simbólicamente a los miembros del cuerpo humano, mientras que los 365 preceptos negativos corresponden a los días del año solar (Makot 23b-24a). Esta asociación expresa que la santidad debe abarcar tanto la dimensión espacial de la existencia -representada por el cuerpo y sus acciones- como la dimensión temporal, representada por el transcurso del tiempo.

Los preceptos positivos enseñan cuándo y cómo actuar para revelar el bien, mientras que los negativos establecen los límites que preservan la integridad espiritual. Ambos aspectos son inseparables: crecer requiere tanto desarrollar el bien como abstenerse de aquello que lo destruye.

Desde la óptica cabalística, el conjunto de las 613 mitzvot constituye un mapa de rectificación para todas las dimensiones del deseo humano.

Una ecología espiritual del deseo

Las mitzvot dan forma armónica a nuestros deseos y establecen una verdadera ecología espiritual.

Cada deseo que surge en el corazón humano plantea una pregunta fundamental: ¿conduce este impulso a una mayor manifestación de la vida y del bien, o produce separación, daño e injusticia?
Las mitzvot ofrecen un marco objetivo para discernir esa respuesta. No buscan reprimir la vida, sino orientarla. Enseñan a integrar el deseo personal con la responsabilidad hacia el prójimo y con la voluntad del Creador.

Cuando el hombre vive conforme a estos principios, contribuye al equilibrio de toda la creación. En cambio, cuando el deseo egoísta desplaza toda consideración por el otro, aparecen la violencia, la explotación, la pobreza y el sufrimiento. Como enseñaron los Sabios, el Segundo Templo fue destruido a causa del odio gratuito (sinat jinam) (Yoma 9b), recordándonos que la ruptura espiritual termina manifestándose también en la historia.

Las mitzvot como leyes objetivas de la creación

La educación judía busca formar el deseo mediante la práctica consciente de las mitzvot.

Desde la perspectiva de la Torá, estas no son simples convenciones sociales ni el resultado de una elaboración filosófica humana. Expresan el orden moral y espiritual con el que el Creador sostiene Su mundo.

Del mismo modo que la gravedad actúa independientemente de que el hombre la conozca o no, las leyes espirituales conservan su vigencia con independencia de las modas culturales o de las preferencias individuales. La diferencia es que sus efectos se manifiestan principalmente en la dimensión interior del ser humano y en la relación entre las personas.

Olam, Shaná y Néfesh: las coordenadas de la realidad
El Séfer Yetzirá establece que toda la realidad puede comprenderse mediante tres categorías fundamentales: Olam (Mundo), Shaná (Año) y Néfesh (Alma) (Séfer Yetzirá 6:4).

Estas tres dimensiones constituyen las coordenadas de toda experiencia creada:

- Olam representa el espacio, el ámbito donde los acontecimientos tienen lugar.
- Shaná representa el tiempo, el ritmo y la secuencia mediante la cual la realidad se desarrolla.
- Néfesh representa el principio vital que anima y pone en movimiento toda la existencia.

La tradición cabalística desarrolla ampliamente este esquema y lo aplica tanto a la estructura del universo como a la vida espiritual del ser humano.

El alma (Néfesh)

El alma se manifiesta en cinco niveles tradicionales: Néfesh, Rúaj, Neshamá, Jaiá e Iejidá, cada uno correspondiente a un grado creciente de percepción y cercanía al Creador. Estos niveles reciben la influencia de la Luz divina a través del Kav, la línea de emanación procedente del Ein Sof.

El mundo (Olam)

La manifestación del alma tiene lugar dentro de distintos niveles de realidad, conocidos como los cinco mundos: Adam Kadmón, Atzilut, Beriá, Yetzirá y Asiá. Cada uno representa un grado diferente de revelación u ocultamiento de la Luz divina.

El tiempo (Shaná)

En la Kabalá, el tiempo no es únicamente una sucesión cronológica. Es un proceso espiritual de causas y consecuencias. Cada instante prepara el siguiente, y cada acción deja una huella que influye en el desarrollo posterior de la realidad.

Por ello, el calendario hebreo no es una simple conmemoración histórica. Cada festividad reactualiza determinadas fuerzas espirituales presentes desde el origen de la creación.

Israel, la Torá y la Tierra de Israel
Estas tres dimensiones encuentran una expresión privilegiada en la tradición de Israel:

Las festividades —Pésaj, Shavuot, Sucot y el resto del ciclo anual— constituyen momentos en los que estas tres dimensiones convergen. El pueblo, en un tiempo santificado por la Torá y orientado hacia la presencia divina, participa del proceso continuo de tikún, la rectificación de la creación.

Desde esta perspectiva, las mitzvot no son actos aislados. Son los canales mediante los cuales el espacio, el tiempo y el alma vuelven a alinearse con el propósito para el cual fueron creados: revelar la presencia del Ein Sof en el mundo finito.

Las klipót y la orientación del deseo

La tradición cabalística describe que la Luz divina puede quedar velada por diversas envolturas o klipót (קְלִיפּוֹת), literalmente “cáscaras”. Estas no constituyen una realidad independiente del Creador, sino estados de ocultamiento que dificultan que los pensamientos, las emociones y las acciones expresen plenamente el ratzón lehashpía (רצון להשפיע), la voluntad de otorgar.

El Zóhar utiliza con frecuencia la imagen de la cáscara que cubre el fruto: la esencia permanece presente, pero necesita ser revelada. De manera más sistemática, la Kabalá del Arizal desarrolla el concepto de las klipót como fuerzas de ocultamiento que acompañan el proceso de rectificación del alma (Etz Jaim, Shaar HaKlipot; cf. Zóhar, I, 19b).

Desde esta perspectiva, el brit milá constituye una iniciación en la alianza. No representa la culminación del camino espiritual, sino su comienzo. La vida judía invita a atravesar un proceso continuo de refinamiento, en el que la persona aprende a reconocer las distintas formas que esas envolturas pueden adoptar a lo largo de su existencia: egoísmo, indiferencia, orgullo, impulsividad o desconexión interior.

Ritmos espirituales de rectificación

La tradición judía ofrece tiempos y prácticas que ayudan a ordenar la vida interior. Entre ellos destacan las tres plegarias diarias: Shajarit, Minjá y Arvit. Los Sabios establecieron estas tefilot como momentos de encuentro constante con el Creador, distribuidos a lo largo del día (Berajot 26b).

En la lectura kabalística, este ritmo cotidiano permite renovar la orientación del corazón y reencauzar la energía del deseo. Del mismo modo, las tres festividades de peregrinación -Pesaj, Shavuot y Sucot- marcan etapas fundamentales del calendario espiritual de Israel: la salida de la esclavitud, la recepción de la Torá y la experiencia de la confianza bajo la protección divina (cf. Éxodo 23:14-17; Deuteronomio 16:16).

La Kabalá interpreta estos ciclos como oportunidades de tikún (rectificación). No eliminan automáticamente las tendencias egoístas, pero crean condiciones favorables para que la persona pueda orientar su energía hacia formas más elevadas de relación, responsabilidad y generosidad.

Del ratzón lekabel al ratzón lehashpía

Uno de los ejes centrales de la enseñanza del Baal HaSulam es la transformación del ratzón lekabel (la voluntad de recibir para sí mismo) en una voluntad capaz de otorgar (Matan Torá; Introducción al Talmud Eser Sefirot). Esta transformación no implica negar el deseo humano, sino refinar su intención.

La energía de los instintos puede compararse con un mar: poderosa, profunda y, si queda sin dirección, aparentemente insaciable. En la terminología cabalística, el nivel de Néfesh representa la fuerza vital básica que anima la existencia. Cuando esa energía no es encauzada, puede dispersarse en búsquedas fragmentadas; cuando encuentra su lugar adecuado, se convierte en una fuente de vitalidad para el crecimiento espiritual.

Por ello, el objetivo no es reprimir la vida interior, sino darle una forma armoniosa. El deseo, orientado correctamente, puede convertirse en un vehículo para revelar más Luz, más responsabilidad y más plenitud en todos los ámbitos de la vida.

La tradición judía ofrece múltiples herramientas para esta labor de refinamiento. Entre ellas destacan las tres plegarias diarias —Shajarit, Minjá y Arvit—, así como las tres festividades de peregrinación —Pésaj, Shavuot y Sucot—. Estas estructuras sagradas no fueron concebidas únicamente como obligaciones rituales, sino como oportunidades recurrentes para reorientar la conciencia hacia el propósito espiritual de la existencia.

Los maestros de la Kabalá enseñan que la repetición constante de estos ciclos permite debilitar la influencia de las fuerzas que alimentan el egoísmo y fortalecer progresivamente la capacidad de otorgar. Cada plegaria introduce un momento de alineación interior; cada festividad reactualiza una energía espiritual específica que contribuye al proceso de tikún o rectificación.

De esta manera se crean las condiciones para que la persona pueda dirigir conscientemente su energía hacia niveles cada vez más elevados de altruismo, responsabilidad y servicio

La energía instintiva que habita en el ser humano es denominada por la tradición cabalística Néfesh, el nivel más cercano a la vitalidad biológica y emocional del alma. Lejos de ser considerada negativa, esta fuerza constituye el combustible mismo de la vida.

Los sabios compararon frecuentemente esta dimensión con un mar poderoso: inmenso, dinámico y difícil de contener. Cuando el Néfesh carece de dirección, puede convertirse en una fuerza insaciable que busca satisfacción permanente sin encontrar reposo. Pero cuando es orientado mediante la Torá, las mitzvot y el trabajo interior, se transforma en una fuente extraordinaria de crecimiento espiritual.

El objetivo de la Kabalá no consiste en destruir los impulsos humanos, sino en elevarlos. La misma energía que puede alimentar la búsqueda egoísta puede convertirse en el motor del amor, la compasión, el estudio, la plegaria y el servicio al prójimo.

Por ello, el verdadero trabajo espiritual no es la negación del deseo, sino su transformación. Cuando cada dimensión de la personalidad ocupa el lugar que le corresponde dentro del orden espiritual, el Néfesh deja de arrastrar al individuo hacia la dispersión y se convierte en un vehículo para manifestar mayor Luz y plenitud en todos los ámbitos de la vida.

Halajá: el camino concreto de la vida espiritual

La tradición judía no deja este trabajo únicamente en el plano de la inspiración. Lo traduce en acciones concretas mediante la Halajá.

El término Halajá proviene de la raíz hebrea haloj (הלך), “andar” o “caminar”. Designa el conjunto de enseñanzas prácticas que orientan la conducta judía de acuerdo con la Torá y la tradición rabínica. Su alcance abarca tanto los grandes principios éticos como los detalles cotidianos de la vida.

Desde la perspectiva cabalística, la práctica de las mitzvot posee también una dimensión interior. Las obras atribuidas a la tradición del Arizal, como Taamei HaMitzvot y Shaar HaMitzvot, transmitidas por Rabí Jaim Vital, exploran el sentido espiritual de los preceptos y su relación con la rectificación del alma.

De este modo, la vida espiritual judía no queda reducida a conceptos abstractos. Se expresa en un camino concreto, repetido día tras día, en el que la plegaria, las festividades, las mitzvot y la conducta cotidiana ayudan a retirar gradualmente las envolturas que ocultan la Luz. El propósito final es que pensamientos, emociones y acciones puedan alinearse cada vez más con el ratzón lehashpía, la voluntad de otorgar y de revelar bondad en el mundo.

La Biblioteca del Infinito (V)


Birshui Morai veRabotai 

Todos los libros conducen al mismo Libro

Si has llegado hasta aquí, probablemente hayas notado algo curioso.

Comenzamos hablando de libros.
Pero hace varias páginas dejamos de hablar únicamente de libros.

Empezamos a hablar de personas.

De maestros.
De discípulos.
De generaciones.

Y eso no es casualidad.

Porque, en el judaísmo, un libro nunca es solamente tinta sobre pergamino o sobre papel. Es una vida que continúa enseñando mucho después de que su autor haya abandonado este mundo.
Los Sabios dicen que "los labios del justo siguen moviéndose en la tumba cuando sus enseñanzas son estudiadas" (Yevamot 97a). Es una imagen profundamente judía. Significa que cada vez que abrimos el comentario de Rashi, el Rambán vuelve a explicar la Torá, el Maharal vuelve a reflexionar sobre el exilio o el Ramjal vuelve a hablarnos de la santidad, esa conversación sigue viva.
Por eso esta biblioteca no es un museo.

Es un organismo vivo.
El gran error moderno

Vivimos en una época fascinada por la información.

Nunca había sido tan fácil conseguir libros.

Nunca había sido tan sencillo descargar una biblioteca completa.
Y, paradójicamente, nunca había sido tan fácil confundir información con sabiduría.

Uno puede tener el Zóhar en el teléfono.
El Etz Jaim en formato PDF.
El Talmud Eser Sefirot en una tableta.
El Mesilat Yesharim en una aplicación.

Y seguir siendo exactamente la misma persona.

Los Sabios nunca midieron el estudio por el número de libros leídos.

Lo midieron por el número de vidas transformadas.

Esa es una diferencia enorme.
Porque el objetivo del estudio judío nunca fue acumular conceptos.

Fue permitir que la Torá reordenara el alma.

Lo que estos libros no enseñan

Quizá este sea el momento de destruir una ilusión.

Muchas personas se acercan a la Kabbalah esperando encontrar fórmulas secretas.

Amuletos.
Nombres ocultos.
Poderes extraordinarios.

Experiencias místicas espectaculares.

Y se sorprenden cuando descubren que los grandes maestros insisten una y otra vez en exactamente lo contrario.

El Tomer Devorah habla del perdón.
El Shaarei Kedushah habla del dominio del carácter.
El Mesilat Yesharim habla de disciplina.
El Nefesh HaJaim habla del estudio constante.
El Derej HaShem habla de responsabilidad.
El Shamati habla de humildad.
El Talmud Eser Sefirot habla de corregir el deseo.
Y el Zóhar, detrás de todas sus imágenes grandiosas, vuelve siempre a la misma pregunta:

¿Qué clase de persona estás llegando a ser?

Es una decepción para quien busca magia.

Y una inmensa alegría para quien busca verdad.

Porque la Kabbalah auténtica nunca prometió convertirnos en personas extraordinarias.

Prometió ayudarnos a ser personas íntegras.

La mesa donde todos se encuentran

A veces imagino esta biblioteca como un enorme Beit Midrash iluminado por lámparas de aceite.

En una mesa, Rashi explica pacientemente un versículo del Génesis.

A su lado, el Rambán escucha, asiente y añade una observación que abre discretamente la puerta al Sod.
Un poco más allá, el Maharal convierte aquella discusión en una reflexión sobre la naturaleza del tiempo y del hombre.

El Ramak toma notas, intentando ordenar cada idea.

El Arizal observa en silencio y, cuando todos creen haber comprendido el tema, dibuja un mapa completamente nuevo del universo.

Rabí Jaim Vital escribe frenéticamente para que ninguna palabra de su maestro se pierda.

El Ramjal entra con una sonrisa y pregunta algo que incomoda a todos:
—Todo eso está muy bien... ¿pero ya corrigieron su orgullo?

En otra esquina, Rabí Jaim de Volozhin continúa estudiando Guemará, como si quisiera recordarles que toda aquella grandeza sigue naciendo de la Torá.

Baal HaSulam llega con una escalera al hombro.

No para alcanzar el cielo.

Para ayudar a otros a subir.

Y mientras todos conversan, en el centro de la sala permanece abierta la Torá.

Nadie ocupa su lugar.
Nadie intenta reemplazarla.
Todos la rodean.
Todos la sirven.
Todos vuelven constantemente a ella.

Una biblioteca que siempre deja un libro pendiente

Existe otra característica profundamente judía.

Esta biblioteca nunca termina.
Cuando uno termina el Rambán, descubre al Maharal.

Cuando termina el Maharal, aparece el Ramjal.
Después llega el Arizal.
Luego Baal HaSulam.

Después encuentra una referencia en el Midrash que nunca había visto.
Más tarde descubre una explicación del Kli Yakar.

Y cuando cree haber entendido un pasaje del Zóhar...

...abre el comentario de HaSulam y comprende que apenas estaba comenzando.

Lejos de ser frustrante, eso resulta profundamente liberador.
Porque significa que nadie posee la Torá.

Todos somos apenas sus estudiantes.
Quizá esa sea una de las formas más hermosas de humildad intelectual jamás concebidas.

El verdadero protagonista de esta biblioteca

Después de recorrer miles de páginas, uno termina comprendiendo algo inesperado.

El protagonista de estos libros no es Rabí Shimón bar Yojái.
Ni el Arizal.
Ni el Ramjal.
Ni el Maharal.
Ni Baal HaSulam.
Ni siquiera Moisés.
El verdadero protagonista eres tú.

No porque seas más importante que ellos.

Sino porque todos escribieron pensando en el lector que algún día abriría sus páginas y se preguntaría cómo servir mejor a HaShem.

Cada comentario existe para ayudarte a leer la Torá.

Cada explicación intenta acercarte a una mitzvá.

Cada reflexión busca transformar una decisión cotidiana.

Cada generación añadió un peldaño para que la siguiente pudiera subir un poco más.

Por eso, cuando abrimos uno de estos libros, no estamos únicamente leyendo el pasado.

Estamos aceptando una responsabilidad.

La de convertirnos, nosotros también, en un eslabón de esa cadena.

Epílogo: La biblioteca del Infinito

Si algún día alguien me preguntara cuál es el libro más importante de toda esta biblioteca, probablemente respondería de una manera que lo decepcionaría.

No diría el Zóhar.
Ni el Etz Jaim.
Ni el Mesilat Yesharim.
Ni siquiera el Talmud.

Respondería:

El próximo que abras con la intención sincera de acercarte a HaShem.

Porque un libro cerrado no transforma a nadie.

Una biblioteca admirada desde lejos tampoco.

La Torá fue entregada para ser estudiada, discutida, vivida y transmitida.

Eso hicieron Rashi y el Rambán.
Eso hizo el Maharal.
Eso hicieron el Ramak, el Arizal, Rabí Jaim Vital, el Ramjal, Rabí Jaim de Volozhin y Baal HaSulam.

No escribieron para ser venerados.
Escribieron para que la conversación nunca terminara.

Y no ha terminado.

Cada vez que un padre enseña un versículo a su hijo.

Cada vez que dos amigos discuten respetuosamente una página de Guemará.

Cada vez que un estudiante abre el Mesilat Yesharim buscando corregir una cualidad.

Cada vez que alguien se asoma con temor y reverencia a una página del Zóhar.

La biblioteca vuelve a abrir sus puertas.

Y, silenciosamente, una silla más queda ocupada alrededor de la gran mesa del pueblo de Israel.

Porque, al final, todos estos libros son comentarios a la Torá. Y la Torá es, en realidad, el comentario que HaShem escribió sobre el ser humano: sobre lo que puede llegar a ser cuando permite que la Luz del Creador ilumine su inteligencia, purifique su corazón y santifique sus actos.

Esa es la verdadera Biblioteca del Infinito.

Y, gracias a Dios, todavía queda mucho por leer.

Mordejai Yosef Douek 

Shabat Jazón: La Visión de la Shejiná en el Exilio


Birshui Morai VeRabotai 

Una lectura de Isaías 1:1-27 (Haftará Shabat Jazón) a la luz del Zóhar, el Arizal y el Baal HaSulam


Hoy fuimos temprano al shul, es un día no laborable en Colombia. Esta semana nos estamos preparando para Shabat Jazón. Siempre recuerdo a una  señora en Caracas hace años que preguntaba siempre: "¿Cuál es la conciencia que debemos tener este Shabat?... Bueno las haftarot de estas semanas son especiales y marcan está conciencia que tenemos que tener. 

La primera palabra de la Haftará es חזון (Jazón), "visión". Los comentaristas suelen entenderla como la profecía de Isaías sobre la inminente destrucción de Jerusalén. Sin embargo, la tradición mística percibe en este término un significado mucho más profundo. La visión no pertenece únicamente al profeta; pertenece también al alma de cada judío.

Los maestros jasídicos enseñan que durante Shabat Jazón toda neshamá contempla, aunque de manera inconsciente, el resplandor del Tercer Beit HaMikdash. No se trata de una experiencia sensible, sino de una impresión espiritual que despierta el anhelo por la redención.

Esta idea armoniza con un principio fundamental del Zóhar: toda revelación comienza con un ocultamiento. La luz infinita nunca desaparece; simplemente cambia la forma en que es percibida por las criaturas.

Así, la Haftará deja de ser solamente un anuncio de destrucción para convertirse en una enseñanza sobre el descenso de la Shejiná, la ocultación de la Luz y el proceso de rectificación de toda la creación.

I. El Templo como Partzuf espiritual

El Zóhar explica que el Santuario terrenal es la manifestación visible de una estructura espiritual.

El Santo de los Santos corresponde al punto de unión entre Maljut y Zeir Anpín.

La Menorá representa la expansión de la luz de Jojmá revestida por Jasadim.

El altar expresa la elevación de las chispas dispersas.

El incienso simboliza la dulcificación de los juicios.

Cuando Isaías contempla Jerusalén corrompida, está observando la ruptura de esa armonía.

No se destruyen únicamente muros.

Se interrumpe el flujo de abundancia entre los mundos.

Por eso el Zóhar afirma que la destrucción comenzó arriba antes de manifestarse abajo.

II. La Shejiná desciende con Israel

En el Zóhar sobre Eijá, la Shejiná aparece como una madre que acompaña a sus hijos al exilio.

No permanece en el Templo vacío.

No abandona al pueblo.

Desciende con él.

Cada lágrima de Israel produce una resonancia en la Shejiná.

Cada mitzvá realizada en el exilio restaura un canal de abundancia.

La destrucción del Beit HaMikdash no representa la ausencia del Creador.

Representa el ocultamiento de Su Presencia.

III. Bein haMetzarim según el Arizal

En Shaar HaKavanot, Rabí Itzjak Luria explica que las Tres Semanas constituyen un período de predominio de los dinim (juicios).

Los Mojín superiores se contraen, y la influencia de Jasadim disminuye. Maljut experimenta una separación parcial de Zeir Anpín: Esta separación es la raíz espiritual del duelo.

No obstante, el Arizal enseña que precisamente durante este descenso pueden elevarse las chispas más profundas.

La oscuridad contiene un potencial de reparación inaccesible en tiempos ordinarios.

IV. El Tzimtzum y la destrucción

El Talmud Eser Sefirot explica que el ocultamiento nunca significa ausencia. Después del Tzimtzum, la Luz permanece llenándolo todo.

Lo único que cambia es la capacidad del recipiente para percibirla.

Del mismo modo, cuando el Templo fue destruido, la Shejiná no desapareció. Cambió la forma de Su revelación. Ahora ella habita en cada casa de estudio, en cada acto de bondad, en cada corazón purificado.

V. "¿Para qué Me sirven vuestros sacrificios?"

El Baal HaSulam insiste en que la finalidad de toda la Torah consiste en alcanzar la equivalencia de forma con el Creador. No sé cuantas veces he dicho esto. 

El problema denunciado por Isaías no eran precisamente los sacrificios: Era la intención.

Puede existir un sacrificio perfecto exteriormente y completamente vacío espiritualmente.

El verdadero korban consiste en sacrificar el dominio del ego. El altar auténtico se encuentra en el corazón.

VI. La Shevirat haKelim reflejada en la historia

La destrucción del Beit HaMikdash constituye una imagen histórica de la ruptura primordial de los recipientes.

Los recipientes incapaces de contener la abundancia se fracturan.

Las chispas caen.

Comienza el trabajo del Tikún.

Así también ocurre con el alma.

Toda crisis revela un recipiente insuficientemente corregido.

Toda caída señala un nuevo nivel de trabajo espiritual.

VII. El Tikún durante Shabat Jazón

Shabat Jazón aparece inmediatamente antes del punto más oscuro del calendario.

Pero el Zóhar enseña que antes del descenso definitivo siempre existe una iluminación previa.

El alma contempla aquello que todavía no puede poseer.

Ese destello despierta el deseo.

Y el deseo corregido se convierte en recipiente para la futura revelación.

VIII. El punto en el corazón

El Baal HaSulam llama Nekudá sheBaLev al despertar interior que impulsa al hombre hacia el Creador.

Ese punto constituye, en cierto sentido, el verdadero Jazón.

Es una memoria del Ein Sof, una nostalgia por la unión perdida y una visión silenciosa del Templo futuro.

IX. Las siete Haftarot de consolación

El duelo nunca constituye el final.

Después de Tishá BeAv comienzan las siete Haftarot de consuelo. Según el Arizal, este proceso corresponde al retorno gradual de los Mojín. Los recipientes comienzan nuevamente a llenarse, y:

La Shejiná asciende.

La unión entre Zeir Anpín y Maljut se restablece progresivamente.

X. La enseñanza del Baal HaSulam

Rabí Yehudá Ashlag tzl, escribe que toda la historia humana persigue un único propósito: transformar la voluntad de recibir para sí mismo en voluntad de otorgar. (Lo volví a repetir)

El Bet HaMikdash representa precisamente esa equivalencia de forma. Por ello, la reconstrucción del Templo comienza mucho antes de colocarse la primera piedra:

Comienza cuando el hombre convierte su deseo en un recipiente para el amor, la misericordia y el otorgamiento.

¡Que tan importante es esto! Que todo Am Israel, tenga esto presente. El tercer Bet Hamikdash comienza en cada uno de nosotros y nuestra corrección. Entonces la profecía de Isaías deja de pertenecer al pasado.

Se convierte en una descripción del trabajo interior de cada generación.

Shabat Jazón no es el Shabat de la tristeza.

Es el Shabat de la visión.

Isaías contempla la destrucción.

El Zóhar contempla a la Shejiná llorando.

El Arizal contempla el movimiento de los Partzufim.

El Baal HaSulam contempla la transformación del deseo.

Todas estas miradas convergen en una única enseñanza: la destrucción nunca es el propósito; es el umbral de una revelación superior.

La verdadera visión consiste en descubrir que el Tercer Beit HaMikdash comienza a edificarse cuando cada pensamiento, cada palabra y cada acción permiten que la Luz Infinita encuentre nuevamente una morada en el corazón del ser humano.

Mordejai Yosef Douek 


Apéndice I. Fuentes clásicas para el estudio de Shabat Jazón y Bein haMetzarim


Tanaj


- Isaías 1:1-27 (Haftará de Shabat Jazón).

- Lamentaciones (Eijá), capítulos 1–5.

- Jeremías 52.

- II Reyes 24–25.


Talmud


- Taanit 26b–30b: las Cinco Desgracias del 17 de Tamuz y del 9 de Av; las leyes y el sentido espiritual del duelo.

- Guitín 55b–58a: Kamtza y Bar Kamtza y la destrucción del Segundo Templo.

- Yoma 9b: las causas espirituales de la destrucción de los dos Templos.


Midrash


- Eijá Rabá.

- Pesikta deRav Kahana.

- Devarim Rabá.


Zóhar


- Zóhar, Parashat Pinjás: pasajes relativos a la Shejiná en el exilio y al duelo por el Beit HaMikdash.

- Zóhar, Parashat Vaikrá: la relación entre los sacrificios (korbanot), la intención (kavaná) y la unión de los mundos.

- Zóhar Jadash sobre Eijá: meditaciones sobre el exilio de la Shejiná, el llanto por Jerusalén y la esperanza mesiánica.


Arizal


- Shaar HaKavanot, sección sobre Bein haMetzarim.

- Pri Etz Chaim, capítulos dedicados al 17 de Tamuz, Tishá BeAv y las Siete Haftarot de Consolación.

- Etz Chaim, especialmente las secciones sobre la Shevirat haKelim, el Tikún y los Partzufim.


Rabí Yehudá Ashlag (Baal HaSulam)


- Talmud Eser Sefirot: estudio del Tzimtzum, la Shevirat haKelim y el proceso de rectificación.

- Introducción al Talmud Eser Sefirot: el propósito de la creación y la corrección del deseo.

- Matan Torá (La Entrega de la Torá): el amor al prójimo como condición para la revelación de la Divinidad.

- La Esencia de la Religión y su Propósito: la transformación de la voluntad de recibir en voluntad de otorgar.

- Shamati: enseñanzas sobre el ocultamiento (hester), la fe y el trabajo interior.


Comentarios clásicos


- Rambán sobre la Torá.

- Maharal de Praga, especialmente Netzaj Israel, acerca del exilio y la redención.

- Ramjal, Derej Hashem y Daat Tevunot, sobre la Providencia y el propósito del exilio.

- Rabí Tzadok HaKohen de Lublin, escritos sobre Tishá BeAv y la redención.


Idea central


La Haftará de Shabat Jazón puede leerse como la convergencia de cuatro grandes ejes de la tradición mística judía:


1. El Zóhar revela que el exilio es el ocultamiento de la Shejiná y el llamado a restaurar la unión entre el Santo, bendito sea, y Su Presencia.

2. El Arizal explica ese ocultamiento mediante la dinámica de los Partzufim, los dinim y la elevación de las chispas durante Bein haMetzarim.

3. El Baal HaSulam interpreta el proceso como la corrección de la voluntad de recibir hasta alcanzar la equivalencia de forma con el Creador.

4. Isaías proclama que la redención comienza con la justicia, la rectitud y la purificación del corazón, donde se reconstruye primero el Templo interior antes de manifestarse el Templo de Jerusalén.