29 de junio de 2026

Reflexiones sobre Pinjas

Birshui Morai veRabotai 

En el día de hoy, el Eterno ha permitido que se revele ante mis ojos un pasaje de la sabiduría oculta que creía ajeno a mi entendimiento, recordándome que la Torah

 es un océano cuyas profundidades jamás terminan de desvelarse. Durante mi trayectoria de estudio, la cual se ha nutrido de los manantiales de las tradiciones tanto ashkenazí como sefardí, sostuve la firme convicción de que la anomalía escritural en la palabra Shalom (שָׁלוֹם) -perteneciente al versículo donde se sella el Pacto de Paz de la Parashat Pinjas- se manifestaba de forma exclusiva mediante una Vav partida u rota (Vav Ketiá), seccionada por un trazo nítido y deliberado.

Sin embargo, al examinar el sagrado Sefer que custodia nuestra comunidad, he sido testigo de una variante de profunda santidad y legitimidad halájica: una Vav más bien difuminada, donde la continuidad de la forma se atenúa sin perder su esencia. Este hallazgo no solo ensancha mi comprensión sobre la sagrada transmisión de la Massorá en el texto sefardí, sino que me demuestra que la Luz divina, aun cuando parece desvanecerse o fragmentarse en la experiencia humana, jamás llega a interrumpirse por completo.

El Pacto de la Paz: Pinjás a la luz del Zóhar y de la tradición cabalística

1. La Vav Quebrada del Brit Shalom

En el rollo de la Torá, la palabra Shalom (שָׁלוֹם), contenida en el pacto que el Santo, bendito sea, concede a Pinjás (Números 25:12), presenta una singularidad en la escritura transmitida por la tradición masorética: la letra Vav (ו) aparece quebrada. Los comentaristas han visto en esta anomalía una enseñanza cuya profundidad trasciende el tema de caligráfia.

Aprendí del Rabino A. Latapiat que la Vav representa, en la terminología del Zóhar, el conducto por el cual la abundancia divina desciende desde las dimensiones superiores hacia el mundo de la acción. La fractura de esta letra no indica una imperfección en la paz otorgada por el Creador, sino que recuerda la condición del mundo después del pecado y la permanente tensión entre el juicio y la misericordia, entre la finitud de la existencia humana y la plenitud del orden querido por HaShem.

Los Sabios enseñan que la verdadera paz no consiste en la ausencia de conflicto, sino en la armonización de fuerzas aparentemente opuestas bajo la soberanía divina. La Vav quebrada se convierte así en un símbolo de la obra espiritual del hombre: reparar aquello que ha sido fragmentado por el pecado mediante la fidelidad a la Torah, las mitzvot y la purificación de las propias cualidades. La paz que recibe Pinjás no elimina la realidad del quebranto humano; manifiesta, por el contrario, que incluso la fractura puede ser incorporada al designio providencial cuando el hombre actúa en conformidad con la voluntad del Creador.

2. El Ibur y la misión singular de Pinjás

Entre las tradiciones conservadas por la literatura ocupa un lugar destacado la enseñanza relativa al ibur (עיבור), esto es, la incorporación temporal de una dimensión adicional del alma para fortalecer una misión espiritual excepcional. Diversos pasajes del Zóhar y, con mayor amplitud, la tradición desarrollada por los discípulos del Arizal, relacionan este principio con la figura de Pinjás.

Después de su acto de celo en defensa del honor divino, Pinjás alcanza una transformación espiritual que la literatura mística describe mediante la asistencia de las almas de Nadav y Avihú. Esta enseñanza no implica la desaparición de su propia identidad ni una sustitución literal de su alma, sino la recepción de una ayuda celestial destinada a completar una rectificación que había permanecido inconclusa desde la muerte de los hijos de Aarón.

La tradición identifica posteriormente a Pinjás con Eliyahu haNavi. Los comentaristas han entendido esta relación de diversos modos: algunos la consideran una continuidad espiritual, otros una identidad personal preservada por la providencia divina. En cualquier caso, el propósito de esta enseñanza no consiste en presentar una ruptura de las leyes naturales, sino en mostrar que determinadas almas, escogidas para una misión singular, pueden ser preservadas por HaShem para continuar sirviendo a Israel a través de las generaciones. Así, Eliyahu haNavi permanece como testigo de la alianza, anunciador de la redención y heraldo de la reconciliación futura entre los corazones de los padres y de los hijos.

3. El cuerpo humano como reflejo del orden de la Creación

El Zóhar contempla al ser humano como un microcosmos en el que se refleja el orden de la Creación. Esta correspondencia no pretende ofrecer una descripción médica del organismo, sino revelar que la totalidad de la persona participa de una realidad espiritual más profunda.

En diversos pasajes, el corazón, el cerebro, los pulmones y otros órganos son considerados imágenes de diferentes facultades del alma y de los atributos mediante los cuales la Providencia gobierna el mundo. El cuerpo aparece así como instrumento del servicio divino y no como un simple agregado material desligado de la dimensión espiritual.

Desde esta perspectiva, la enfermedad y el sufrimiento recuerdan la fragilidad inherente a la condición humana después del pecado. La tradición no reduce estos fenómenos a una única causa espiritual, ni promete remedios automáticos, sino que invita al hombre a examinar sus caminos, fortalecer su vínculo con el Creador y ordenar sus facultades interiores conforme a la Torah.

La armonía entre la misericordia (Jésed) y el juicio (Guevurá), tema recurrente en el Zóhar, constituye uno de los ejes de esta enseñanza. Cuando las cualidades del alma son rectificadas mediante el temor reverente, el estudio y el cumplimiento de las mitzvot, toda la persona participa más plenamente del orden querido por HaShem.

4. La humildad como receptáculo de la Sabiduría

La tradición rabínica enseña repetidamente que la verdadera sabiduría encuentra su morada en quien cultiva la humildad. 

La letra Yud (י), la menor del alfabeto hebreo, ha sido entendida por numerosos comentaristas como símbolo de este principio: precisamente por su pequeñez representa el origen oculto del que brota toda expansión posterior.

Aunque la porción de Pinjás no posee una tradición masorética universalmente reconocida acerca de una Yud diminuta comparable a otras letras extraordinarias de la Torah, la imagen de la Yud continúa siendo una enseñanza apropiada para comprender la figura del sacerdote.

Pinjás no recibe el pacto por la fuerza de su carácter, sino porque su celo nace del sometimiento absoluto a la voluntad divina y no de una pasión personal. El verdadero servidor de HaShem no busca engrandecerse a sí mismo; cuanto más disminuye su orgullo, tanto más se hace apto para recibir la sabiduría que procede de lo Alto.

El Maharal explica que la humildad no empobrece al hombre, sino que lo dispone para participar del orden establecido por el Creador. En un sentido semejante, el Néfesh HaJaím enseña que la unión del hombre con la voluntad divina depende menos de experiencias extraordinarias que de la pureza de intención con la que cumple la Torah y las mitzvot. La pequeñez simbolizada por la Yud recuerda, por tanto, que toda elevación espiritual comienza cuando el hombre deja de colocarse a sí mismo en el centro y orienta toda su existencia hacia el servicio del Santo, bendito sea.

Existe un punto en la lectura de la Torá en el que el relato histórico deja paso a una profundidad que no puede ser agotada por el sentido literal. La porción de Pinjás pertenece a ese reducido número de pasajes en los que la tradición descubre una enseñanza acerca de la relación entre la justicia divina, la misericordia y la restauración del orden de la Creación.

Quien permanece únicamente en la superficie del texto contempla la severidad del juicio que siguió al pecado de Baal Peor y el acto extraordinario llevado a cabo por Pinjás. Sin embargo, los maestros de Israel enseñan que la Torah no relata únicamente acontecimientos del pasado; revela también principios permanentes acerca del modo en que la Providencia conduce el mundo y acerca de la responsabilidad espiritual del hombre dentro de ese orden.

Ahora repasemos y concluyamos:

El Zóhar contempla la actuación de Pinjás no como una exaltación de la violencia, sino como la manifestación excepcional de un celo enteramente sometido a la voluntad del Santo, bendito sea. Precisamente por ello, la recompensa que recibe no consiste en gloria ni poder, sino en el Brit Shalom, el Pacto de la Paz. Esta paz no representa la mera cesación del castigo, sino la restauración de un equilibrio que había sido quebrantado por la profanación del Nombre divino en medio de Israel.

El centro de esta enseñanza aparece insinuado en un detalle aparentemente menor del texto sagrado. En la palabra Shalom, la letra Vav se escribe quebrada. Los comentaristas han visto en esta singularidad una alusión al hecho de que, mientras el mundo permanezca sujeto a la imperfección, incluso la paz lleva consigo el recuerdo de la fractura producida por el pecado. La paz perfecta pertenece únicamente al gobierno absoluto del Creador; la paz que el hombre experimenta en este mundo consiste en la progresiva reconciliación de su voluntad con la voluntad divina.

Desde esta perspectiva, la Vav quebrada no expresa una carencia en el don concedido a Pinjás, sino una enseñanza permanente para todas las generaciones. El hombre está llamado a participar en la obra de la reparación (tikún) no mediante especulaciones místicas desligadas de la vida, sino mediante la santificación de sus actos, la fidelidad a la Torá y la rectificación constante de sus cualidades morales. Cada mitzvá restituye una medida de armonía al orden querido por Dios, y cada acto de arrepentimiento devuelve al alma una mayor conformidad con su origen.

La literatura kabalística desarrolla esta idea mostrando que la restauración del hombre nunca acontece de forma aislada. Así como el individuo participa del pueblo de Israel y éste forma parte del designio divino para toda la Creación, también la elevación espiritual de una persona repercute, de un modo que solo la Sabiduría divina conoce plenamente, en el conjunto del orden creado. El Néfesh HaJaím insiste precisamente en este principio: las acciones del hombre poseen un alcance que excede aquello que sus ojos pueden percibir, porque toda la realidad permanece sostenida por la palabra y la providencia del Creador.

En este contexto adquiere sentido la antigua tradición que relaciona a Pinjás con el misterio del ibur. Los Sabios enseñan que determinadas almas reciben una asistencia espiritual extraordinaria cuando la misión encomendada por el Cielo así lo requiere. La referencia a Nadav y Avihú debe entenderse dentro de esta doctrina de la rectificación de las almas y nunca como una negación de la identidad propia de Pinjás. Antes bien, expresa que la misericordia divina puede conducir hasta su cumplimiento aquello que había quedado incompleto en generaciones anteriores.

La posterior identificación entre Pinjás y el profeta Eliyahu prolonga esta misma enseñanza. No se trata de presentar al profeta como un ser desligado de la condición humana ni de atribuirle una naturaleza distinta de la de los demás justos. El propósito de la tradición consiste en mostrar la continuidad de una misma misión: el celo purificado por la paz. Aquel que defendió la santidad del pacto en el desierto es también quien, siglos después, anunciará la reconciliación de Israel y preparará el camino para la redención futura.

Por ello, la figura de Eliyahu ocupa un lugar singular en la conciencia de Israel. Su presencia en el brit milá, en la celebración de Pésaj y en la esperanza mesiánica recuerda que la historia permanece abierta a la fidelidad del pacto. El mismo Dios que recompensó a Pinjás con el Brit Shalom continúa conduciendo a su pueblo hacia la consumación de las promesas anunciadas por los profetas.

La enseñanza del Zóhar no invita, por tanto, a buscar experiencias extraordinarias, sino a contemplar la profundidad espiritual escondida en la vida de la Torá. La verdadera rectificación comienza allí donde el hombre ordena sus pensamientos, purifica sus intenciones y somete su voluntad a la del Creador. Solo entonces la paz deja de ser una circunstancia exterior para convertirse en el reflejo interior de una existencia reconciliada con el propósito para el que fue creada.

Uno de los principios más profundos de la tradición cabalística consiste en contemplar al hombre como un reflejo del orden establecido por el Creador en toda la realidad. Los Sabios enseñan que el ser humano fue creado be-tzelem Elohim -a imagen de D`os-, no porque participe de la esencia divina, que permanece absolutamente trascendente, sino porque ha sido constituido como el único ser capaz de reconocer voluntariamente el reinado del Creador y ordenar toda su existencia conforme a Su voluntad.

El Zóhar desarrolla esta enseñanza mediante el lenguaje simbólico que le es propio. Los miembros del cuerpo, las facultades del alma y las diversas dimensiones de la existencia aparecen relacionados entre sí para expresar una única realidad: el hombre fue creado para servir de morada a la presencia divina mediante la observancia de la Torah y la santificación de sus actos.

Esta correspondencia jamás debe entenderse en sentido material o mecánico. Los órganos del cuerpo no producen por sí mismos estados espirituales, ni las sefirot describen partes del organismo humano. Se trata, antes bien, de un lenguaje analógico mediante el cual la tradición expresa que existe una armonía profunda entre la creación visible y el gobierno invisible del Santo, bendito sea. El cuerpo acompaña el servicio del alma, y el alma encuentra su perfección cuando dirige todas las facultades del hombre hacia el conocimiento y el amor de Dios.
Desde esta perspectiva puede comprenderse mejor la figura de Pinjás. Su mérito no consistió únicamente en una acción extraordinaria realizada en un momento decisivo de la historia de Israel. Lo que la Torá exalta es la pureza de intención con la que actuó.

El celo que nace de la ira o del orgullo destruye; el celo que brota exclusivamente del amor al Nombre divino restablece el orden que el pecado había alterado. Por ello, precisamente después del acto de severidad, Dios le concede un pacto de paz. La justicia queda subordinada a la misericordia, y el juicio encuentra su plenitud únicamente cuando conduce a la restauración de la vida.

Los Sabios enseñan que toda verdadera rectificación comienza en el interior del hombre. Antes de aspirar a transformar el mundo, cada persona está llamada a rectificar sus pensamientos, sus palabras y sus acciones. El Zóhar insiste repetidamente en que la santidad no es una experiencia extraordinaria reservada a unos pocos, sino la consecuencia de una vida orientada por la Torah y, el temor reverente y la fidelidad constante al pacto establecido entre Dios e Israel.

En este sentido, la porción de Pinjás constituye una enseñanza permanente para todas las generaciones. La Vav quebrada del Brit Shalom recuerda que la historia humana continúa marcada por la imperfección, pero también que ninguna fractura queda fuera del alcance de la Providencia.

 Allí donde el hombre responde con obediencia, arrepentimiento y humildad, el Creador abre el camino para una restauración que supera la capacidad de la inteligencia humana.
Por esta razón, los cabalistas jamás entendieron el estudio de la Torah como una mera adquisición de conocimientos. Cada palabra estudiada con reverencia, cada mitzvá cumplida con intención sincera y cada acto de bondad realizado por amor al Creador contribuyen a revelar, aunque sea de manera imperceptible, el orden divino oculto en la Creación. La verdadera sabiduría no consiste en buscar lo extraordinario, sino en descubrir la profundidad espiritual de aquello que Dios ya ha revelado.

La figura de Pinjás permanece así como un testimonio de que el celo auténtico nunca puede separarse de la paz, ni la justicia de la misericordia. Solo cuando ambas cualidades encuentran su equilibrio bajo la soberanía del Santo, bendito sea, el hombre participa de la obra de tikún que la tradición atribuye a los justos de todas las generaciones.

La esperanza última de esta enseñanza no descansa en las fuerzas del hombre, sino en la fidelidad inmutable del Creador a Su alianza. El mismo Dios que concedió a Pinjás el Brit Shalom sostiene la historia de Israel, guía a cada generación mediante Su Providencia y conduce toda la Creación hacia el tiempo anunciado por los profetas, cuando «el Eterno será Uno y Su Nombre Uno». Hasta entonces, la misión del hombre permanece inalterable: caminar humildemente delante de su Dios, santificar Su Nombre en medio del mundo y hacer de toda su existencia una morada digna para la Presencia divina.

Mordejai Yosef Douek

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