La tarde comenzaba a desvanecerse lentamente. La luz dorada del Shabat se derramaba por el amplio espacio abierto de la casa mientras compartíamos la Seudá Shelishi, ese instante en el que el día santo parece despedirse con una serenidad difícil de describir. Sobre la mesa aún reposaban el pan, mucha fruta cortada, vasos repletos con jugo muy dulce de lulo y algunos libros abiertos. La conversación había ido saltando de un tema a otro hasta que alguien abrió el Zóhar Jadash.
La discusión comenzó con el primer versículo de Eijá:
«¡Cómo ha quedado solitaria la ciudad, antes llena de gente!» (Lamentaciones 1:1).
Entonces surgió una pregunta que nos dejó en silencio. ¿Por qué el Zóhar Jadash, al comentar el inicio de Lamentaciones, abandona casi de inmediato la destrucción de Jerusalén para llevarnos hasta el Jardín del Edén? ¿Qué relación puede existir entre una ciudad en ruinas y la primera pareja de la humanidad? Durante unos instantes nadie respondió. La pregunta quedó suspendida en el aire mientras la brisa de la tarde atravesaba silenciosamente el lugar donde estábamos reunidos.
Esperábamos encontrar una explicación sobre los ejércitos de Babilonia, las decisiones de los reyes o el exilio material de Jerusalén. Sin embargo, el texto tomó un rumbo completamente distinto. Retrocedió hasta el origen mismo de toda pérdida, conduciéndonos al momento en que el Santo, bendito sea, tomó a Adán y lo introdujo en el Jardín del Edén.
«Y el Eterno Dios tomó al hombre y lo puso en el Jardín del Edén para que lo cultivara y lo guardara» (Génesis 2:15).
Mucho antes de que existiera un Templo o una ciudad, ya se estaba gestando el primer exilio.
Al comentar este versículo, el Zóhar Jadash recoge una antigua discusión acerca de cómo fue llevado Adán al Jardín. Rabí Janinai responde que no fue mediante la fuerza ni por un traslado físico, sino que Dios lo «tomó» con palabras. La interpretación se apoya en el verbo hebreo vayikaj (וַיִּקַּח, «tomó»), el mismo que aparece cuando el Santo ordena a Moshé: «Toma a Aarón...» (Levítico 8:2), expresión que los sabios entienden como una invitación hecha mediante la persuasión y la palabra (cf. Sifrá, Tzav 1; Rashi sobre Levítico 8:2). Otros sostienen que Adán fue conducido por un viento celestial, pero ambos enfoques convergen en una misma idea: el primer movimiento de Dios hacia el hombre no fue una imposición, sino un acto de comunicación. El Edén comienza con una palabra divina (Zóhar Jadash, Bereshit).
El Jardín no era simplemente un lugar de abundancia material. Era un espacio de reposo preparado para que la mente humana pudiera contemplar la sabiduría divina sin obstáculos. El Zóhar Jadash añade que el Santo, bendito sea, enseñó personalmente esta sabiduría a Adán mientras los ángeles contemplaban aquel acontecimiento. Hasta este punto, todo el relato gira en torno a la palabra creadora: una palabra que habla, enseña y guía.
Pero entonces aparece S"m, alterando la armonía. Movido por los celos ante la cercanía espiritual entre Adán y la Shejiná, el adversario desciende ocultándose bajo la sombra de la serpiente (Pirkei de Rabí Eliezer 13; Zóhar Jadash, Bereshit). Mientras leíamos este pasaje alrededor de la mesa comprendimos que el Zóhar no estaba cambiando de tema. Nos estaba mostrando que todas las destrucciones poseen una misma raíz. Antes de caer una ciudad, se fractura una relación; antes de derrumbarse los muros, se rompe algo invisible en el corazón del hombre.
El Zóhar propone así una lectura distinta del pecado primordial. El centro del relato no es el fruto prohibido, sino el diálogo entre la serpiente y Javá. Como si quisiera advertirnos que el desastre no comenzó cuando la mano se extendió hacia el árbol, sino cuando una voz extraña encontró un lugar en el alma. La muerte no entra primero por la boca, sino por el oído. Antes del acto hubo una palabra deformada.
A simple vista, el intercambio parece una conversación ordinaria. Sin embargo, en esas pocas frases comenzó a deshilacharse el tejido de la creación. La serpiente inicia diciendo:
«Af ki amar Elohim... (אַף כִּי אָמַר אֱלֹהִים...)
«¿Conque Dios ha dicho...?» (Génesis 3:1).»
Los sabios observan que la primera palabra, af (אַף), además de introducir la pregunta, significa también «ira» o «furor». Antes incluso de escuchar el argumento engañoso, el propio lenguaje deja entrever el espíritu de quien habla (cf. Bereshit Rabbá 19; Zóhar Jadash, Bereshit).
A medida que avanza el diálogo, el Zóhar Jadash describe una escena profundamente simbólica: las letras hebreas comienzan a desplazarse, ascienden y descienden, permutándose conforme Javá responde, hasta terminar formando la palabra mavet (מָוֶת), «muerte». Desde el Sefer Yetzirá sabemos que las letras hebreas no son simples signos gráficos, sino los instrumentos mediante los cuales el Santo ordenó la creación (Sefer Yetzirá 2:2). Si el universo fue edificado por la palabra divina, la corrupción del mundo debía manifestarse primero como una alteración del lenguaje creador. El fruto no hizo sino materializar una fractura que ya había ocurrido en el plano invisible.
Esta degradación también puede apreciarse desde la propia filología hebrea. La raíz מ־ו־ת (m-v-t) da origen a términos relacionados, pero no idénticos. Mut (מוּת) expresa el acto de morir; met (מֵת), el estado de quien ya ha muerto; mientras que mavet (מָוֶת) designa la muerte como realidad, poder o condición que invade la existencia. El Zóhar sugiere que antes de que el hombre comenzara a morir (mut), el mavet ya había irrumpido como consecuencia del alejamiento de la Fuente.
No resulta extraño, entonces, que siglos más tarde el profeta Jeremías escribiera:
«Porque la muerte ha subido por nuestras ventanas» (Jeremías 9:20 [9:21 en algunas ediciones]).
El Zóhar interpreta esa «ventana» como una imagen de la forma en que actúa el mal. No irrumpe derribando la puerta principal, sino que se introduce silenciosamente por una abertura casi imperceptible. Primero ocupa el pensamiento, luego deforma las palabras y, finalmente, alcanza la realidad visible (Zóhar Jadash, Eijá).
Cuando terminamos la lectura, la noche ya había caído sobre la mesa. La enseñanza del Zóhar Jadash adquirió entonces toda su fuerza. El centro del Edén no es un árbol, sino una conversación; no es un acto impulsivo, sino el lento desplazamiento de la verdad. Toda caída comienza mucho antes de hacerse visible en la historia. Empieza en el instante en que permitimos que una voz ajena reordene las letras con las que Dios había escrito la vida en nuestro corazón. Porque allí donde el lenguaje deja de reflejar la verdad, la creación comienza, poco a poco, a deshacerse.
Mordejai Yosef Douek
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