Birshui Morai veRabotai
Hace seis años salí de Venezuela. En este tiempo he aprendido mucho y he contemplado la condición humana en un amplio espectro: desde la nobleza más luminosa hasta la mezquindad más profunda. Sin embargo, pocas veces había escuchado algo tan intelectualmente deshonesto como lo que he oído esta semana. Afirmar con absoluta ligereza que este terremoto es un "castigo divino" porque "Venezuela es un pueblo idólatra" no es simplemente ignorancia; es una profanación de la Jojmá (Sabiduría). Es la arrogancia de quien pretende hablar allí donde la Torá misma nos enseña a guardar silencio.
Rechazo esa forma de pensar con absoluta firmeza.
¿Quién le otorgó al ser humano la autoridad para dictaminar las razones de los decretos del Cielo? ¿Desde cuándo un hombre puede atribuirse el conocimiento de los caminos de la Providencia Divina? Esa pretensión se desmorona en el instante mismo en que contemplamos el sufrimiento de personas rectas, de justos e incluso de Jajamim (sabios) que han consumido sus vidas penetrando los secretos de la Torah y que hoy ven sus hogares y sus batei midrash reducidos a escombros. ¿También ellos serán condenados por ese juicio superficial? Eso no nace de la Jojmá; nace de la Klipá, que reviste la soberbia con apariencia de discernimiento.
Nuestros Sabios enseñan que, cuando el Din (Juicio) se manifiesta en el mundo, no distingue entre el justo y el impío. También enseñan que el Santo, bendito sea, es más exigente con quienes están más cerca de Él. Pretender reducir los decretos del Cielo a una ecuación moral simplista demuestra que aún no se ha comenzado a comprender la profundidad con la que la Torah contempla la realidad.
La primera afirmación que el hombre debe grabar en su alma es: Ein Od Milvado. No hay nada fuera de Él. HaShem es la fuente única de toda existencia. De Él procede aquello que llamamos bien y también aquello que, desde la estrechez de nuestra percepción, experimentamos como oscuridad. No porque exista otro poder, sino porque la raíz de Su gobierno trasciende el alcance del intelecto humano. Lo que para nosotros permanece oculto nunca deja de estar sostenido por Su bondad perfecta.
Por eso, cuando la tierra tiembla, la respuesta del hombre no es convertirse en fiscal de su prójimo, sino en juez de sí mismo. Menos especulación sobre los pecados ajenos y más Teshuvá. Menos soberbia y más Tehilim recitados con Kavaná. Menos necesidad de explicar los decretos del Cielo y más humildad para aceptarlos con Emuná.
Todo acontece bajo la Hashgajá del Santo, bendito sea. No nos corresponde justificar Sus caminos, sino purificar los nuestros. Porque en la raíz de las raíces no existe sino el Bien absoluto, aunque nuestros ojos, limitados por el tiempo y la materia, sean incapaces de contemplarlo mientras caminan entre el polvo de este mundo.
Mordejai Yosef Douek
No hay comentarios:
Publicar un comentario