14 de julio de 2026

Comentario al Zóhar -Pinejás 152b-

Pinejás 152b

Rabí Yitzjak comenzó y dijo: Está escrito: “Cuando hayas comido y te hayas saciado, bendecirás al Eterno tu Di-s, por la buena tierra que te dio" (Deuteronomio 8:10). ¡Cuán apreciado es el Pueblo de Israel, amado por el Eterno, a quien eligió de entre todos los pueblos! Por el mérito del Pueblo de Israel, alimenta el Eterno a todas las criaturas, pues de no ser por él, el Santo, Bendito Él, no alimentaría al mundo. Ahora que Israel se encuentra en la Diáspora, el Creador entrega doble ración de alimentos, para que quede algo para el Pueblo de Israel. Pero cuando Israel se encontraba en la Tierra Santa, descendía alimentos de las Alturas que los alimentaban, y los demás pueblos se alimentaban de lo que quedaba. Ahora que Israel se encuentra en el Exilio, todo ha cambiado. Esto se asemeja al rey que preparó comida para su familia. Cuando ellos cumplen su voluntad comen juntamente con el rey. Aquí igual: Mientras Israel se encuentra en la Tierra Santa y cumple Su voluntad, comen junto al Rey, y a los perros les echa los huesos para que los roan. Pero cuando la familia no cumplen la voluntad del Rey toda la comida se la da a los perros, y a ellos les da los huesos. De esta misma forma, todo el tiempo que Israel cumple la voluntad del Creador, comen en la Mesa del Rey y todo el banquete es preparado para ellos. Ellos, de tanta alegría, les dan los huesos a los idólatras. Sin embargo, cuando Israel no cumplen la voluntad del Creador, son expulsados al Exilio, y el banquete se les da a los perros, y para ellos los huesos. (Ezequiel 4:13): "De este modo comerán los hijos de Israel su pan inmundo entre las naciones". Porque comen los restos de los alimentos de los demás pueblos, fue considerado inmundo. ¡Desdichado aquel hijo del rey que debe esperar a que los sirvientes finalicen de comer para alimentarse! Dijo David el rey: "Preparas una mesa delante de mí ante la presencia de mis enemigos. Has ungido mi cabeza con oleo y mi copa desborda" (Salmos 23:5). "Preparas una mesa delante de mí", se refiere a la mesa del rey. "Ante la presencia de mis enemigos", se refiere a los perros que se encuentran debajo de la mesa y esperan a que les arrojen los huesos, mas él se sienta en la mesa junto al Rey. "Has ungido mi cabeza con oleo", es el comienzo del banquete, porque se le entrega lo principal y todo lo mejor. Después, lo que resta es dado a los perros y a quienes sirvieron la mesa. "Y mi copa desborda", la copa de vino siempre desborda frente a quien ama el Rey, para que no necesite pedir nuevamente. De esta manera se encontraba Israel frente a los demás pueblos.

El sustento del alma y la mesa del Rey

El pasaje que acabamos de leer puede resultar desconcertante si se interpreta únicamente desde un plano histórico o nacional. En este comentario adoptaremos una lectura propia de la tradición cabalística del sod, en la que los nombres de pueblos, tierras, reyes, exilios y naciones describen realidades interiores del alma y no solamente acontecimientos externos.

Desde esta perspectiva, el Zóhar no está estableciendo una jerarquía entre pueblos, sino revelando la estructura espiritual del ser humano.

Israel representa el punto más elevado del alma: el deseo que anhela retornar a su Fuente, adherirse al Creador (devekut) y orientar toda la existencia hacia la santidad. Es el anhelo interior que busca que la voluntad humana se alinee con la Voluntad divina.

Por el contrario, el exilio no comienza cuando una persona abandona una tierra, sino cuando ese "Israel interior" pierde su lugar de gobierno. El exilio es el estado en el que el deseo de acercarse al Creador queda oculto, debilitado o sometido a otros deseos que ocupan el centro de la vida.

En el lenguaje de la Kabbalah, las naciones representan múltiples tendencias del deseo humano. Cada una simboliza una fuerza interior, una inclinación o una cualidad que puede apartar al alma de su centro espiritual. De la misma manera, los lugares geográficos mencionados por el Zóhar corresponden a estados de conciencia y a etapas del trabajo espiritual.

A la luz de esta lectura, el "alimento" del que habla el Zóhar no debe entenderse únicamente como sustento material. El alimento simboliza el shefa, la abundancia espiritual, la vitalidad y la Luz que el Creador comunica al alma. Toda persona vive de aquello con lo que alimenta su mundo interior. Cuando el deseo orientado hacia el Creador ocupa el primer lugar, toda la estructura del alma recibe vida desde una fuente más elevada; cuando ese deseo queda relegado, la energía espiritual se dispersa entre apetitos e inclinaciones secundarias.

La imagen de la mesa del Rey expresa el grado de intimidad con la Presencia Divina. Sentarse a la mesa no significa ocupar un lugar físico, sino vivir en un estado en el que el alma recibe directamente aquello que necesita para crecer espiritualmente. Es la experiencia de quien encuentra en la Torá, las mitzvot, la plegaria y la rectificación del carácter el verdadero alimento de su existencia.

En cambio, cuando el Zóhar describe que Israel recibe solamente "los huesos", presenta una poderosa metáfora del empobrecimiento espiritual. Los huesos sostienen el cuerpo, pero carecen de la plenitud y del sabor del banquete. Así también ocurre cuando la vida espiritual pierde su centralidad: el alma continúa existiendo, pero se alimenta apenas de los restos de aquello para lo cual fue creada.

El contraste entre el banquete y los huesos describe dos maneras de vivir. En una, el deseo de unión con el Creador gobierna la totalidad de la persona; en la otra, ese deseo queda subordinado a intereses inferiores y recibe únicamente lo que permanece después de que las demás inclinaciones han consumido la energía, el tiempo y la atención del individuo.

Esta enseñanza invita a una profunda introspección. La pregunta ya no es quiénes son los pueblos mencionados por el Zóhar, sino qué fuerzas gobiernan actualmente nuestro mundo interior. ¿Qué deseo se sienta a la mesa del Rey? ¿Cuál recibe la mayor parte de nuestro tiempo, de nuestros pensamientos y de nuestras decisiones? ¿Qué parte de nosotros gobierna realmente la vida?

Desde esta perspectiva, la observancia de la Torá y las mitzvot no aparece solamente como un conjunto de acciones externas, sino como el camino mediante el cual el "Israel interior" recupera su lugar legítimo. Cada mitzvá fortalece el deseo de retornar al Creador; cada acto de rectificación devuelve al alma a la mesa del Rey; cada victoria sobre el ego restaura el orden espiritual perdido.

El Zóhar, por tanto, no pretende describir únicamente una realidad histórica. Nos invita a mirar hacia el interior y reconocer que el verdadero exilio y la verdadera redención comienzan en el corazón humano. Allí se libra diariamente la decisión de quién gobernará el alma: el deseo de recibir únicamente para sí mismo o el deseo de volver a la Fuente de toda vida.

Leído de esta manera, el pasaje deja de ser una descripción del pasado para convertirse en un espejo del presente. Cada ser humano lleva dentro de sí una Tierra de Israel y un exilio; una mesa del Rey y unos huesos; un deseo de ascender y múltiples inclinaciones que buscan apartarlo de ese camino. La enseñanza del Zóhar consiste en recordar que el sustento más profundo del alma no proviene del mundo exterior, sino de la medida en que permitimos que nuestro "Israel interior" vuelva a ocupar el lugar para el cual fue creado: vivir en comunión con el Creador y recibir de Él el verdadero alimento de la vida espiritual.

Reflexión final

Quizá el exilio más profundo no sea el de un pueblo que abandona una tierra, sino el de un alma que ha olvidado su verdadero hogar.

Nuestras almas viven exiliadas dentro de nuestros cuerpos, y nuestro pueblo atraviesa el exilio en un mundo que todavía no refleja plenamente la Presencia del Creador.

De ese exilio nacen dos verdades que debemos sostener al mismo tiempo.

La primera es recordar que este no es nuestro destino definitivo. No hemos sido creados para identificarnos por completo con este mundo ni para olvidar la Fuente de la que procedemos. Mientras el "Israel" que habita en nuestro interior conserve ese recuerdo, podrá mantenerse firme e incluso irradiar luz en medio de la oscuridad.

La segunda es recordar que precisamente en este mundo se encuentra oculto un inmenso tesoro. Los sabios enseñan que la Presencia Divina puede revelarse incluso en los lugares de mayor ocultamiento. Allí donde parece haber ausencia, puede encontrarse la oportunidad de la rectificación; allí donde experimentamos el exilio, puede descubrirse el camino hacia la redención.

Estas dos verdades deben permanecer en equilibrio.

Si solo recordamos que este mundo no es nuestro hogar, podremos resistir el exilio, pero corremos el riesgo de despreciar la misión para la cual hemos sido enviados.

Si solo recordamos que aquí se esconde un tesoro, podemos terminar creyendo que el exilio es nuestro verdadero hogar y olvidar que toda la creación está orientada hacia el retorno al Creador.

La sabiduría consiste en vivir con ambas certezas: caminar por este mundo sabiendo que somos peregrinos, pero trabajar en él como quien busca un tesoro escondido. Porque es precisamente en el lugar del ocultamiento donde el alma encuentra la posibilidad de revelar la Luz.


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