Birshui Morai veRabotai
Cuando los secretos comenzaron a hablar
Si el Sefer Yetzirah es el plano de un edificio y el Sefer haBahir es la luz que empieza a entrar por sus ventanas, el siguiente libro es la ciudad entera.
El Sefer haZohar no aparece en la historia de la literatura judía como una obra más. Aparece como un acontecimiento.
Desde hace siglos se le llama simplemente "el Zóhar", El Esplendor, como si no hiciera falta añadir nada más. Y, curiosamente, cuanto más se estudia, más adecuado parece su nombre. No porque ilumine todo de inmediato, sino porque enseña que la luz verdadera no elimina el misterio; permite contemplarlo.
Quien llega al Zóhar esperando un tratado sistemático suele salir desconcertado. No hay capítulos organizados como en un manual universitario. No existe una definición técnica de cada concepto. En cambio, encontramos a Rabí Shimón bar Yojái caminando con sus discípulos por los senderos de la Tierra de Israel, deteniéndose bajo un árbol, encontrando un anciano desconocido o escuchando la pregunta de un niño que termina revelando un secreto de la Creación.
Es una obra profundamente judía precisamente porque enseña mientras camina.
El judaísmo nunca imaginó el conocimiento como una torre de marfil. La Torá se estudia en el camino, durante el viaje, entre preguntas, discusiones y encuentros inesperados. Quizá por eso el Zóhar parece más un largo peregrinaje que una enciclopedia.
Y, sin embargo, hay un detalle que suele pasar desapercibido.
El Zóhar no pretende reemplazar el Talmud.
Ni corregir a Rashi.
Ni presentar una "Torá alternativa".
Todo lo contrario.
Parte siempre del mismo versículo que todos conocen. Lo que cambia no es el texto, sino la profundidad con la que se lo contempla.
Es como mirar una piedra preciosa. El objeto nunca cambia. Lo que cambia es la luz.
El lenguaje de las insinuaciones
Hay una razón por la que el Zóhar habla mediante símbolos.
Los grandes maestros distinguían entre explicar y reducir.
No todo puede decirse de manera literal.
Intentar describir la relación entre el Infinito y el mundo utilizando únicamente conceptos racionales sería como intentar explicar un amanecer con una fórmula matemática.
La fórmula puede ser correcta.
Pero el amanecer desaparece.
Por eso el Zóhar habla de ríos, jardines, árboles, palacios, montañas, bodas, vino, perfumes, vestiduras y lámparas.
No porque esté escribiendo poesía.
Sino porque sabe que el lenguaje simbólico puede señalar realidades que las definiciones no alcanzan.
Aquí aparece uno de los mayores malentendidos modernos.
Algunos leen esos símbolos como si fueran descripciones físicas.
Otros los convierten en fantasías esotéricas.
Los sabios hicieron exactamente lo contrario.
Comprendieron que el símbolo protege aquello que no puede expresarse directamente.
El símbolo no oculta la verdad.
La resguarda.
El gran arquitecto: Rabí Moshé Cordovero
Toda revolución necesita alguien que ponga orden después del entusiasmo inicial.
Ese hombre fue Rabí Moshé Cordovero, conocido universalmente como el Ramak.
Cuando uno observa la historia de la Kabbalah descubre algo curioso.
Antes del Ramak existían innumerables enseñanzas dispersas.
Después del Ramak apareció un sistema.
Su obra monumental, Pardes Rimmonim, cuyo nombre significa El Jardín de los Granados, representa uno de los mayores esfuerzos de organización intelectual de toda la tradición judía.
Mientras el Zóhar habla mediante imágenes, el Ramak clasifica.
Mientras el Zóhar sugiere, el Ramak compara.
Mientras el Zóhar emociona, el Ramak ordena.
No intenta domesticar el misterio.
Intenta que el estudiante no se pierda dentro de él.
Leer el Pardes Rimmonim produce una sensación parecida a recorrer una inmensa biblioteca acompañado por un bibliotecario que sabe exactamente dónde está cada libro.
Y esa tarea era indispensable.
Porque sin orden, incluso la sabiduría puede convertirse en confusión.
La mística que termina hablando de buenos modales
Pero quizá el libro más sorprendente del Ramak no sea el Pardes Rimmonim.
Sea el Tomer Devorah.
Resulta casi cómico imaginar la escena.
Un estudiante llega buscando secretos sobre ángeles, sefirot y mundos espirituales.
Abre el libro...
...y descubre un tratado sobre paciencia.
Sobre perdonar.
Sobre soportar la ofensa sin responder con otra ofensa.
Sobre ayudar incluso a quien no lo merece.
Más de uno habrá pensado:
"Creo que abrí el libro equivocado."
No. Abrió el correcto.
Porque el Ramak comprendía algo fundamental.
La Kabbalah no fue dada para fabricar expertos en terminología mística.
Fue dada para formar personas que reflejaran los atributos divinos.
El libro gira alrededor de una idea revolucionaria.
La Torá afirma que debemos caminar en los caminos de HaShem.
Pero...
¿Cómo camina Dios?
La respuesta aparece en los Trece Atributos de Misericordia.
Si HaShem sostiene incluso a quien se rebela contra Él...
¿cómo tratamos nosotros a quien nos ofende?
De pronto la Kabbalah deja de hablar de los cielos.
Y comienza a hablar del vecino.
Tal vez ese sea el milagro más grande del Tomer Devorah.
Convierte la metafísica en ética.
El libro que nunca debió leerse como un manual de magia
Pocas obras han sido tan malinterpretadas como el Sefer Raziel haMalaj.
Su mismo nombre ha alimentado toda clase de fantasías.
Hay quien imagina grimorios.
Amuletos.
Conjuros.
Secretos ocultistas.
Nada más lejos de la tradición seria.
El Sefer Raziel pertenece al rico universo de la literatura esotérica medieval judía. Conserva antiguas tradiciones relacionadas con los nombres divinos, los ángeles, las letras hebreas y la estructura espiritual del universo. Su importancia histórica es enorme, pues influyó en generaciones de estudiosos.
Sin embargo, leerlo exige discernimiento.
Los propios sabios advirtieron siempre contra la tentación de convertir la espiritualidad en una búsqueda de poder.
En el judaísmo auténtico, conocer el Nombre de Dios nunca tuvo como finalidad controlar la realidad.
Tuvo como finalidad aprender a servir mejor al Creador.
Existe una diferencia inmensa entre ambas cosas.
Una voz distinta en la misma biblioteca
No todos los caminos de la Kabbalah conducen por las mismas sendas.
Entre los títulos menos conocidos de esta biblioteca aparece Otzar Eden Ganuz, de Rabí Abraham Abulafia.
Su presencia recuerda algo que a menudo olvidamos: la mística judía nunca fue una escuela única.
Mientras el Zóhar desarrolla una visión profundamente teosófica, centrada en las sefirot y las emanaciones divinas, Abulafia explora otra dirección.
Le interesa la experiencia profética.
La contemplación.
La combinación de letras.
La purificación de la mente.
La disciplina interior.
No pretende describir la estructura de los mundos superiores.
Busca preparar al ser humano para percibir con mayor claridad la presencia divina.
Durante siglos algunos intentaron enfrentar a Abulafia con la tradición del Zóhar.
Quizá sea una falsa oposición.
Las bibliotecas maduras no expulsan voces distintas.
Aprenden a escucharlas.
El libro que habla de la esperanza
Entre tantos tratados sobre la creación, las sefirot y el alma aparece un volumen de tono completamente diferente.
El Sefer haGeulá, atribuido al Rambán.
Aquí el tema ya no es el origen del universo.
Es su destino.
¿Qué sentido tiene el largo exilio de Israel?
¿Por qué la historia parece avanzar entre destrucciones y reconstrucciones?
¿Existe realmente una dirección en los acontecimientos?
El Rambán responde contemplando toda la historia como un proceso de redención.
No una línea recta.
Más bien una espiral.
Hay retrocesos.
Hay caídas.
Hay oscuridad.
Pero el movimiento profundo siempre apunta hacia la Gueulá.
Es una enseñanza extraordinariamente actual.
Vivimos rodeados de noticias que parecen demostrar que el mundo se desmorona.
El Rambán invita a mirar más lejos.
La Providencia suele escribir con una caligrafía que solo las generaciones futuras logran leer.
Cuando los libros empiezan a conversar
Llegados a este punto ocurre algo maravilloso.
Uno deja de leer libros aislados.
Comienza a escuchar conversaciones.
El Sefer Yetzirah plantea preguntas sobre la creación.
El Bahir responde mediante símbolos.
El Zóhar convierte esos símbolos en un universo entero.
El Ramak organiza ese universo.
El Tomer Devorah recuerda que todo ese conocimiento no vale nada si no aprendemos a perdonar.
El Sefer haGeulá levanta la mirada hacia la historia.
Abulafia vuelve los ojos hacia el interior del alma.
Cada autor añade una habitación nueva a la misma casa.
Ninguno destruye la anterior.
Todos construyen sobre los mismos cimientos.
Y quizá esa sea la mayor enseñanza de esta biblioteca.
La verdad nunca fue propiedad de un solo libro.
Fue una conversación.
Una conversación que continúa cada vez que un judío abre la Torá y, con la humildad de quien sabe que apenas comienza, pronuncia la bendición antes de estudiar.
Mordejai Yosef Douek
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