Una reflexión para el 17 de Tamuz
Ayer, durante el ayuno del 17 de Tamuz, asistí a la clase impartida en el beit knéset. Sin embargo, entre el desgaste propio del ayuno, los efectos de la medicación que actualmente debo tomar y el cansancio acumulado, apenas pude mantenerme despierto. Mientras el rabino desarrollaba la enseñanza, me descubrí luchando contra una somnolencia que terminó por vencerme en varios momentos.
Al regresar a casa comprendí que, quizás sin proponérmelo, había recibido una lección distinta de la que esperaba escuchar. Existen momentos en los que el cuerpo simplemente reclama descanso. Esa clase de sueño no constituye un fracaso espiritual, sino un recordatorio de nuestra condición humana. Sin embargo, el 17 de Tamuz también nos invita a preguntarnos por otro tipo de sueño: aquel que afecta al alma cuando pierde sensibilidad, deja de escuchar el llamado de la Torá y se acostumbra lentamente a la rutina.
De los datos que el Rabino dijo en la clase, mencionó que la Mishná (Taanit 4:6) enumera cinco tragedias ocurridas en esta fecha. Entre ellas aparece un episodio tan breve como enigmático: Apostomus quemó un rollo de la Torá. La Mishná no explica quién era este personaje ni ofrece mayores detalles. El Talmud de Jerusalén (Taanit 4:5) sitúa el acontecimiento cerca de Lod, mientras que el Talmud de Babilonia (Taanit 28b) lo conserva como una tradición recibida sin identificar plenamente a su protagonista.
A lo largo de los siglos se han propuesto distintas identificaciones. Algunos comentaristas lo relacionan con las persecuciones de Antíoco IV Epífanes descritas en el Primer Libro de los Macabeos; otros lo asocian con el soldado romano mencionado por Flavio Josefo que incendió públicamente un Sefer Torá en el siglo I de la era común. Lo cierto es que la tradición rabínica parece interesarse menos por el nombre del agresor que por el significado de su acto.
Quemar un Sefer Torá no representa únicamente la destrucción de un objeto sagrado. La Torá constituye el testimonio del pacto entre el Santo, bendito sea, e Israel. Atacar la Torá es intentar borrar la memoria de ese pacto y silenciar la voz que ha dado identidad al pueblo judío a lo largo de las generaciones.
La literatura mística ofrece una perspectiva aún más profunda. El Zóhar enseña que la Torá no es simplemente un libro, sino una manifestación de la sabiduría divina en este mundo. Asimismo, el Talmud (Avodá Zará 18a), al narrar el martirio de Rabí Janiná ben Teradión, describe cómo las letras de la Torá ascienden mientras el pergamino es consumido por el fuego. El fuego puede destruir el soporte material, pero no puede extinguir la santidad de las palabras divinas.
Quizá esa sea la enseñanza permanente de Apostomus. Hoy casi nadie intenta quemar físicamente un Sefer Torá. Sin embargo, existe otra forma, mucho más silenciosa, de apagar su presencia: dejar de estudiarla, dejar de transmitirla o relegarla a un lugar secundario en nuestra vida. Una Torá olvidada puede producir el mismo silencio espiritual que una Torá reducida a cenizas.
Mientras recordaba mi propia somnolencia durante la clase, comprendí que el verdadero desafío del 17 de Tamuz no consiste únicamente en recordar acontecimientos ocurridos hace más de dos mil años. El ayuno no pretende conservar la memoria del pasado como quien contempla las ruinas de una civilización desaparecida; busca despertar la conciencia para reconocer que toda destrucción material tiene primero una raíz espiritual.
El Maharal de Praga explica que la caída de Jerusalén no comenzó cuando las murallas fueron abiertas por el enemigo, sino cuando la estructura interior que sostenía al pueblo empezó a debilitarse. Las piedras fueron únicamente la manifestación visible de una fractura invisible. Del mismo modo, Apostomus no logró vencer a la Torá al prender fuego a un pergamino. Su verdadero propósito fue interrumpir el vínculo vivo entre la Torá e Israel. El fuego consumió el soporte material, pero la Torá permaneció intacta allí donde siguió siendo estudiada, vivida y transmitida.
Quizá por eso el 17 de Tamuz nos exige una pregunta mucho más profunda que la de identificar a un personaje histórico. Nos obliga a examinar nuestras propias murallas: aquellas convicciones que protegen nuestra vida espiritual, nuestro compromiso con el estudio, la plegaria y las mitzvot. Las brechas rara vez aparecen de un día para otro; nacen lentamente, cuando la rutina adormece el alma y dejamos de percibir la Presencia Divina en nuestra existencia cotidiana.
El ayuno termina con la puesta del sol, pero su enseñanza permanece. Cada generación debe decidir si permitirá que la Torá sea reducida a un recuerdo venerado o si volverá a convertirla en el principio vivificante que ordena toda su existencia. Porque las murallas de Jerusalén podrán reconstruirse una y otra vez, pero la verdadera reconstrucción comienza únicamente cuando el corazón despierta antes de que aparezcan las primeras grietas.
Mordejai Yosef Douek
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