Birshui Morai VeRabotai
Hoy se me pidió que leyera el fragmento del Tania correspondiente al estudio del mismo para 27 de Tamuz. Mientras que venía de regreso del Shul quiero reflexionar con ustedes. Está es otra de mis reflexiones de autobús.
La tradición de Israel enseña que ninguna plegaria verdadera comienza con las palabras que salen de los labios. La oración nace mucho antes: en el instante silencioso en que el corazón reconoce que necesita regresar.
Antes de que el hombre hable con Dios, debe volver a Dios.
Esta es la razón por la que los maestros se la Kabbalah distinguen entre dos niveles de teshuvá: teshuvá tataá (el retorno inferior) y teshuvá ilaá (el retorno superior).
No representan dos formas distintas de arrepentimiento, sino dos movimientos sucesivos del alma. El primero limpia el camino; el segundo conduce al encuentro. El primero restaura la relación; el segundo la transforma en intimidad.
El Tania, siguiendo las enseñanzas del Zóhar, afirma que la plegaria pertenece esencialmente al nivel de teshuvá ilaá. Pero precisamente por ello debe estar precedida por la teshuvá tataá, pues nadie puede elevarse si antes no ha reconocido dónde se encuentra.
La Mishná enseña:
"La persona no debe levantarse a orar sino dentro de un marco mental de seriedad."
Rashi comenta que esta seriedad significa sumisión, una palabra que en hebreo evoca la humildad de quien abandona la ilusión de autosuficiencia y reconoce que toda su existencia depende del Creador.
La verdadera oración no comienza cuando creemos ser dignos de presentarnos ante Dios, esto es una realidad. Comienza cuando dejamos de confiar únicamente en nuestras propias fuerzas.
Esta actitud encuentra su modelo en Janá. El Talmud aprende de ella la disposición interior adecuada para la plegaria: "Ella estaba amargada de espíritu y oró al Eterno."
La amargura de Janá no era desesperación, sino lucidez. Había comprendido que ningún poder humano podía llenar el vacío que habitaba en su alma. Esa conciencia quebrantó las barreras del ego y abrió un espacio donde la Presencia Divina pudo manifestarse.
En la literatura Kabbalística, este quebrantamiento recibe el nombre de lev nishbar, un corazón quebrado, no porque haya perdido la esperanza, sino porque ha dejado de resistirse a la verdad.
Sin embargo, inmediatamente aparece otra enseñanza de los Sabios que parece contradecir la anterior: "La persona debe levantarse a orar solamente con alegría."
¿Cómo puede la oración comenzar con amargura y, al mismo tiempo, con alegría?
La respuesta es una de las intuiciones más profundas del jasidismo.
La amargura pertenece únicamente al instante del retorno. La alegría pertenece al encuentro.
La teshuvá inferior consiste en mirar honestamente las propias sombras. La teshuvá superior consiste en contemplar la infinita cercanía de Dios.
La primera rompe las cadenas.
La segunda abre las alas.
El Baal HaSulam explica que el trabajo espiritual nunca termina en el reconocimiento del mal. Ese reconocimiento solo tiene sentido cuando impulsa al alma hacia la adhesión (devekut) con el Creador. Permanecer atrapado en la culpa significa detenerse a mitad del camino. La finalidad de la teshuvá no es contemplar la propia oscuridad, sino descubrir la Luz que siempre aguardaba detrás de ella.
Por ello el Tania recomienda reservar el examen de conciencia para un momento específico: el Tikún Jatzot.
En la quietud de la medianoche, cuando el mundo parece suspendido entre la oscuridad y el amanecer, el hombre lamenta no solamente sus propias faltas, sino también el exilio de la Shejiná, la destrucción del Templo y el sufrimiento espiritual de toda la creación.
Los mekubalim enseñan que el verdadero arrepentimiento nunca permanece encerrado en el "yo". A medida que el alma madura, descubre que su ruptura forma parte de una ruptura mucho mayor: la fractura del mundo entero.
Las lágrimas del individuo terminan uniéndose a las lágrimas de la Shejiná.
Y precisamente por eso dejan de ser lágrimas de desesperación.
Se transforman en lágrimas de redención.
Una vez que el corazón ha sido purificado, la plegaria puede elevarse.
El Zóhar describe la oración como una escalera luminosa que une la tierra con los mundos superiores. Cada bendición constituye un peldaño. Cada palabra rectificada eleva una chispa dispersa. Cada intención sincera recompone, aunque sea imperceptiblemente, la armonía entre los mundos.
La plegaria deja entonces de ser una simple petición. Se convierte en un movimiento cósmico de reunificación.
El hombre asciende, pero, al mismo tiempo, hace ascender toda la creación con él.
Esta dinámica alcanza su expresión más elevada en el Shabat. Los iniciados enseñan que el Shabat pertenece enteramente al nivel de la teshuvá ilaá.
No es únicamente un día de descanso, sino que es el anticipo del mundo venidero.
Durante el Shabat, las dimensiones espirituales ascienden hacia su raíz. La conciencia humana se expande. La severidad se atenúa. La misericordia domina. La Shejiná se revela con mayor claridad.
El propio nombre Shabat (שבת) alude a este misterio. Sus letras permiten formar tashev (תשב), "harás retornar", evocando las palabras del salmista: "Tú haces retornar al hombre hasta el polvo...".
Todo el universo experimenta un movimiento de retorno.
Los mekubalim describen este proceso diciendo que los mundos inferiores vuelven a abrazar los mundos superiores, como un río que finalmente encuentra el océano del cual había surgido.
Por eso las plegarias de Shabat poseen una naturaleza distinta.
Disminuyen las confesiones.
Desaparecen muchas peticiones.
Aumentan el canto, la contemplación y la alabanza.
El alma ya no suplica desde el exilio.
Ora desde la cercanía.
El Arizal enseñó que durante el Shabat descienden al hombre mojín de gadlut, una expansión de conciencia espiritual que le permite percibir la realidad desde una perspectiva más elevada. No cambia únicamente el día; cambia también la capacidad interior del hombre para recibir la Luz Divina.
Quizá por eso tantas personas experimentan una paz difícil de describir cuando viven verdaderamente el Shabat.
No es únicamente descanso físico, es el alma recordando su hogar. Entonces adquieren una profundidad extraordinaria las palabras del profeta Isaías:
"Regresa a Mí, porque Yo te he redimido."
El orden del versículo resulta sorprendente.
No dice: "Regresa para que Yo te redima."
Dice exactamente lo contrario.
"Yo te he redimido; por eso regresa."
La misericordia divina antecede al ascenso del hombre.
El Creador comienza la obra.
El hombre responde.
La teshuvá no nace únicamente del esfuerzo humano. Nace porque Dios, en Su infinita compasión, ya ha comenzado a atraer nuevamente el alma hacia Sí.
Toda auténtica conversión espiritual comienza cuando descubrimos que no somos nosotros quienes buscamos únicamente a Dios.
Es Dios quien nos ha estado buscando desde siempre.
Así comprendemos que la plegaria no es simplemente una obligación religiosa ni una práctica devocional. Es el recorrido del alma desde la distancia hasta la intimidad.
Desde la vergüenza hasta la confianza.
Desde el quebranto hasta la alegría.
Desde Maljut, donde el hombre reconoce su pequeñez, hasta Biná, donde descubre el abrazo infinito de la misericordia.
Toda oración verdadera recorre ese camino invisible.
Primero desciende hacia las profundidades del corazón para arrancar las raíces del orgullo.Luego asciende, palabra tras palabra, como una llama que nunca olvida el cielo del cual procede.
Y cuando finalmente el hombre concluye su plegaria, descubre que el verdadero milagro no consiste únicamente en haber hablado con Dios.
Consiste en haber permitido que Dios transformara, silenciosamente, el corazón desde el cual brotaron esas palabras.
Mordejai Douek
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