1 de julio de 2026

Cuando el Justo Cae: Reflexiones sobre el asesinato del rabino Amos Guetta זצ"ל



Hay noticias que conmocionan por la violencia de los hechos. Otras, en cambio, estremecen porque parecen herir el corazón mismo de aquello que una comunidad considera sagrado.

El asesinato del rabino y mekubal Amos Guetta זצ"ל, ocurrido en Netanya dentro de una yeshivá al término de las oraciones matutinas, pertenece a esta segunda categoría. No se trata únicamente de la pérdida de un reconocido maestro de Torá, guía espiritual y consejero de innumerables personas que buscaban reconstruir sus vidas. Es también el dolor de contemplar cómo un hombre dedicado durante décadas al estudio de la Torá, al servicio de Hashem y a la elevación de otras almas encontró una muerte tan violenta precisamente en el lugar donde enseñaba la santidad de la vida.

Las primeras investigaciones de las autoridades israelíes apuntan a que el presunto agresor, quien habría formado parte del círculo cercano del rabino y presentaría antecedentes de trastornos mentales, lo atacó tras una breve discusión. La noticia provocó una profunda conmoción en Israel, donde miles de alumnos, miembros de la comunidad judía libia y personas a quienes el rabino había acompañado en su retorno a la observancia expresaron su dolor por la pérdida de quien muchos describían como un verdadero hombre de Torá, un baal jesed y un conocedor tanto de la halajá como de los aspectos más profundos de la Kabbalah.

Este artículo nace, además, de una reflexión que hemos venido desarrollando desde hace una semana. Los acontecimientos recientes vividos en Venezuela —el terremoto, las pérdidas humanas, las tragedias que han sacudido a tantas familias y otros sucesos que han despertado una profunda conmoción— me han llevado una y otra vez a enfrentar las mismas preguntas que acompañan al ser humano desde los días de Iyov: ¿cómo sostener la emuná cuando el dolor parece desbordar toda explicación? ¿Cómo seguir hablando de la Providencia Divina cuando el sufrimiento toca incluso a quienes dedican su vida al bien, a la Torá y al servicio de Hashem?

La tradición de Israel nos enseña precisamente lo contrario: que los decretos del Santo, bendito sea, no pueden reducirse a interpretaciones apresuradas ni a explicaciones simplistas. «Porque Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos Mis caminos, dice Hashem» (Isaías 55:8). Existe una distancia infinita entre la perspectiva humana y la Sabiduría Divina, y reconocer ese límite constituye, paradójicamente, una de las expresiones más profundas de la humildad espiritual.

La literatura rabínica y Kabalística enseña que existen dimensiones de la Providencia que permanecen ocultas al intelecto humano. Como afirma el versículo: «Las cosas ocultas pertenecen a Hashem, nuestro Dios; pero las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos» (Devarim 29:28). Por eso no pretendo preguntarme ¿por qué ocurrió esta tragedia? pues hacerlo sería buscar un conocimiento que la propia Torá nos niega. Mi propósito es más pequeño: reflexionar sobre aquello que sí nos enseñan nuestros Sabios cuando la oscuridad parece imponerse sobre la luz.

Porque hay momentos en que la emuná deja de ser una afirmación cómoda para convertirse en una decisión interior. Hay instantes en los que la fe no consiste en comprender, sino en permanecer. En seguir buscando el Rostro Divino incluso durante el hester panim, el ocultamiento del Rostro descrito por la Torá y desarrollado por nuestros Sabios; en continuar caminando aun cuando el cielo parece guardar silencio. Es precisamente en esos momentos cuando las enseñanzas de la Torá y de la Kabbalah dejan de ser conceptos abstractos y se convierten en una fuente de fortaleza para el alma quebrantada.

Hay acontecimientos que nos obligan a reconocer los límites del entendimiento humano. La muerte violenta de un hombre dedicado a la Torá, a la bondad y al acercamiento de las almas despierta preguntas que ninguna explicación apresurada puede satisfacer.

El Nefesh HaJaim enseña que el mundo visible no agota la realidad; existe un entramado espiritual cuya profundidad escapa a nuestra percepción. Del mismo modo, el Maharal de Praga recuerda que la Providencia Divina no puede medirse con los criterios limitados de la lógica humana, pues aquello que desde nuestra perspectiva parece fragmentación puede formar parte de un orden cuya totalidad solo pertenece al Santo, bendito sea.

El Zóhar habla de momentos de hester panim, el ocultamiento del Rostro Divino. No significa la ausencia de Dios, sino la ocultación de Su modo de actuar. La luz no desaparece; es nuestra capacidad de percibirla la que queda velada. Precisamente por ello, la fe no consiste únicamente en reconocer la presencia de Hashem cuando todo parece claro, sino también en permanecer fieles cuando el camino atraviesa la oscuridad.

El Ramjal, en Da'at Tevunot, explica que la historia avanza bajo una dirección providencial que conduce finalmente a la revelación de la unidad divina (yiḥud Hashem). Sin embargo, durante ese proceso, el ser humano solo contempla fragmentos de una obra cuyo diseño completo le permanece oculto. Pretender comprender cada tragedia equivaldría a querer juzgar un tapiz observando únicamente uno de sus hilos.

Por eso, la tradición judía no responde al sufrimiento con especulaciones, sino con humildad. No afirma conocer los decretos del Cielo; afirma, en cambio, que incluso cuando la comprensión nos abandona, la responsabilidad moral permanece. Frente al dolor, la respuesta no es interpretar los juicios divinos, sino aumentar la compasión, fortalecer la emuná, multiplicar los actos de bondad y aferrarse con mayor profundidad a la Torá.

Quizá esa sea una de las enseñanzas más difíciles de aceptar: hay silencios que no estamos llamados a llenar con respuestas, sino a atravesarlos con fidelidad. Y, como enseñaron nuestros Sabios, incluso en el más profundo hester panim, «toda la tierra está llena de Su gloria» (Isaías 6:3), aunque nuestros ojos aún no sean capaces de contemplarla plenamente.

Mordejai Yosef Douek

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