Birshui Morai VeRabotai
Un viaje por los libros que construyeron el pensamiento judío contenido en este blog.
"Hazte de un maestro y adquiere un compañero de estudio." (Pirkei Avot 1:6)
Hay quienes coleccionan libros para llenar estanterías. El pueblo de Israel los ha coleccionado para llenar generaciones.
Si alguien observara la imagen que inspira este artículo sin conocer una sola palabra de hebreo, probablemente vería una simple nube de títulos extraños. Pero un estudiante de Torá reconoce inmediatamente algo distinto: no está viendo una biblioteca, sino una conversación.
Una conversación que comenzó hace más de tres mil años al pie del monte Sinaí y que jamás ha terminado.
Cada uno de esos libros es una voz. Algunos hablan con la serenidad de un anciano. Otros con el entusiasmo de un descubridor. Algunos parecen susurrar secretos imposibles de comprender; otros explican con paciencia aquello que parecía inaccesible. Todos, absolutamente todos, participan de una misma discusión: ¿qué significa vivir delante de HaShem?
Quizá esa sea la mayor diferencia entre la literatura judía y muchas otras tradiciones. En el judaísmo los libros nunca sustituyen a los anteriores. Dialogan con ellos.
Rashi conversa con el Talmud.
El Rambán conversa con Rashi.
El Maharal conversa con ambos.
El Ramak conversa con el Zóhar.
El Arizal conversa con el Ramak.
El Ramjal conversa con el Arizal.
Baal HaSulam conversa con todos ellos.
Y nosotros, cuando abrimos cualquiera de esos libros, nos sentamos humildemente al final de esa inmensa mesa.
No somos espectadores.
Somos el último participante de una conversación que lleva siglos desarrollándose.
La biblioteca tiene un centro
Existe un error muy común cuando alguien descubre la Kabbalah.
Piensa que los libros más importantes son el Zóhar, el Etz Jaim o el Talmud Eser Sefirot.
Es comprensible.
Los títulos impresionan.
Los diagramas fascinan.
Las palabras hebreas producen esa sensación de estar entrando en un conocimiento reservado para unos pocos.
Sin embargo, basta entrar en cualquier Beit Midrash serio para descubrir algo curioso.
En el centro de la mesa nunca está el Zóhar.
Siempre está abierta la Torá.
Todo lo demás gira alrededor de ella.
Porque la Torá no es un libro dentro de la biblioteca.
Es la biblioteca entera contenida en un solo libro.
La Mishná nace para preservar su transmisión oral.
La Guemará analiza cada palabra.
Los Midrashim descubren sus dimensiones narrativas.
Rashi aclara su sentido literal.
El Rambán revela sus profundidades.
La Kabbalah ilumina su dimensión interior.
La Halajá enseña cómo vivirla.
Y la filosofía judía intenta comprender por qué todo ello tiene sentido.
Es como observar un enorme árbol.
La Torá es el tronco. Los demás libros son ramas.
Algunas crecen hacia la Halajá.
Otras hacia la ética.
Otras hacia la filosofía.
Otras hacia la mística.
Pero todas reciben la misma savia.
Cuando olvidamos eso aparecen dos errores opuestos.
El primero consiste en pensar que basta estudiar Kabbalah para comprender la Torá.
El segundo consiste en creer que la Kabbalah es un añadido tardío completamente separado del judaísmo clásico.
Ambos extremos desconocen la tradición.
Los grandes Kabalistas nunca abandonaron el estudio del Talmud.
Y los grandes talmudistas jamás dejaron de reconocer que la Torá posee profundidades que trascienden el sentido literal.
En el judaísmo auténtico no existen compartimentos estancos.
Todos son Torah observada desde distintos ángulos.
Los primeros guardianes de la conversación
Antes de que aparecieran los grandes libros de la mística existía otro universo de estudio.
La Mishná.
El Talmud Bavlí.
El Midrash Rabá.
El Midrash Tanjuma.
El Sifrá.
El Sifré.
La Tosefta.
Quien hojea estas obras descubre algo fascinante.
Los rabinos nunca leyeron la Torá como quien lee un periódico.
Cada palabra era examinada.
Cada repetición tenía significado.
Cada aparente contradicción ocultaba una enseñanza.
Cada letra podía sostener una discusión de varias páginas.
Al observador moderno eso puede parecer exagerado.
Pero los Sabios partían de un supuesto completamente distinto.
Si la Torá proviene del Creador, entonces incluso aquello que parece superfluo debe contener sentido.
Por eso la literatura rabínica desarrolla una forma de pensar muy particular.
No busca únicamente responder preguntas.
Aprende a formular preguntas mejores.
Y esa actitud intelectual será heredada por toda la literatura posterior.
Incluso el Zóhar.
Incluso el Arizal.
Incluso Baal HaSulam.
Todos ellos siguen preguntando como preguntaban los sabios del Talmud.
Simplemente lo hacen en otro lenguaje.
El extraño libro que no cuenta ninguna historia
Imaginemos ahora que alguien entra por primera vez en esta biblioteca.
¿Qué libro deberíamos entregarle?
Muchos responderían inmediatamente:
—El Zóhar.
Sería un error.
Es como enseñar cálculo diferencial antes de aprender aritmética.
El verdadero comienzo suele encontrarse en un libro diminuto.
Extraño.
Enigmático.
Casi desconcertante.
El Sefer Yetzirah.
Sorprende descubrir lo que este libro no contiene.
No narra la creación como el Génesis.
No explica mitzvot.
No comenta versículos.
No habla del pueblo de Israel.
Ni siquiera intenta describir a Dios.
Su interés es completamente diferente.
Se pregunta por la estructura de la realidad.
¿Cómo puede surgir un universo entero a partir de la palabra divina?
¿Por qué precisamente veintidós letras?
¿Por qué diez sefirot?
¿Por qué determinadas correspondencias entre espacio, tiempo y lenguaje?
Es uno de los libros más breves de toda la tradición.
Y también uno de los más comentados.
Tal vez porque el silencio siempre obliga a pensar más que los discursos largos.
Lo extraordinario del Sefer Yetzirah es que jamás presenta las letras hebreas como simples signos de escritura.
Cada letra representa una posibilidad creadora.
No porque posea poderes mágicos —una idea completamente ajena al pensamiento judío clásico— sino porque el universo mismo responde a una inteligencia que puede expresarse mediante lenguaje.
Dios crea diciendo.
Y el mundo responde existiendo.
Los Kabalistas ya meditaban sobre esta realidad utilizando las letras hebreas.
Cuando las letras comenzaron a iluminarse
Después aparece otro libro todavía más desconcertante.
El Sefer haBahir.
Si el Sefer Yetzirah parece un tratado de arquitectura cósmica, el Bahir parece una conversación mantenida al atardecer entre sabios que responden una pregunta con otra pregunta.
Aquí aparecen por primera vez muchas ideas que más tarde florecerán plenamente en el Zóhar.
Las sefirot adquieren profundidad.
La Shejiná comienza a ocupar un lugar central.
Las metáforas sustituyen poco a poco las definiciones.
Y el lector comprende algo importante.
La verdad espiritual no siempre puede explicarse.
A veces únicamente puede insinuarse.
El Bahir es exactamente eso.
Un libro lleno de insinuaciones.
No intenta convencer.
Intenta despertar.
Quizá por eso muchos lectores modernos experimentan cierta frustración.
Esperan un manual.
Reciben un jardín.
Esperan respuestas.
Encuentran símbolos.
Esperan conceptos cerrados.
Descubren puertas abiertas.
Y eso es precisamente lo que convierte al Bahir en una obra tan influyente.
No obliga al lector a memorizar.
Lo obliga a contemplar.
La paciencia como método de estudio
Existe una anécdota —probablemente apócrifa, aunque profundamente verdadera en su espíritu— que dice que un estudiante llegó donde su maestro después de leer el Zóhar durante una semana.
—Rabí, creo que ya lo estoy entendiendo.
El maestro sonrió.
—Entonces vuelve a leerlo.
Una semana después regresó.
—Rabí... ahora ya no entiendo absolutamente nada.
El maestro respondió:
—Baruj HaShem. Ahora sí has comenzado a estudiarlo.
Toda esta biblioteca enseña una lección semejante.
No fue escrita para ser conquistada.
Fue escrita para transformar lentamente al lector.
Vivimos en una época que premia la rapidez. Queremos resúmenes de diez minutos, videos de un minuto y respuestas instantáneas. Sin embargo, estos libros pertenecen a otra civilización. Una civilización donde estudiar era un acto de humildad, donde una sola página podía acompañar a una persona durante meses y donde comprender significaba, ante todo, dejarse moldear por la Torá.
Quizá por eso la primera condición para entrar en esta biblioteca no sea la inteligencia.
Sea la paciencia.
Porque estos libros no revelan sus secretos a quien corre.
Los revelan a quien permanece.
Mordejai Yosef Douek
(Continuará...)
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