La cuestión del significado espiritual del autismo ha dado lugar a numerosas afirmaciones, muchas de ellas carentes de fundamento en las fuentes clásicas del judaísmo.
La Torá no enseña que las personas autistas sean “ángeles” ni sostiene que posean automáticamente “almas superiores”. Sin embargo, sí ofrece una comprensión profunda del ser humano que permite abordar esta realidad desde una perspectiva distinta.
La Kabbalah distingue entre el cuerpo, que actúa como recipiente (kelí), y el alma, que porta la Luz divina. Las limitaciones del cuerpo no alteran la esencia de la neshamá. El ser humano fue creado beTzelem Elohim (Génesis 1:27), y esa imagen divina permanece intacta más allá de cualquier condición física, intelectual o neurológica.
El Zóhar, al comentar las leyes relativas a los kohanim con defectos físicos (Emor III, 106a–107a), enseña que puede existir una imperfección exterior sin que ello afecte la integridad del alma. No afirma que esas almas sean superiores, sino que su verdadera identidad nunca queda determinada por el estado del cuerpo.
El Ari desarrolla esta idea al explicar que el alma desciende al mundo revestida por distintos levushim (vestiduras). Estos velos limitan la manifestación de la Luz, pero no modifican su esencia. Por ello, la Cabalá invita a mirar más allá de la apariencia y a recordar que el ocultamiento no equivale a ausencia.
Por su parte, Baal HaSulam enseña que toda la humanidad constituye un único organismo espiritual: Adam HaRishón. Cada alma ocupa un lugar singular e irrepetible dentro de esa totalidad. El valor de una persona no depende de su productividad, de su inteligencia ni de su adaptación social, sino de la misión que el Creador le ha confiado.
En la misma línea, el Maharal de Praga sostiene que la perfección no consiste en poseer todas las capacidades imaginables, sino en cumplir el propósito para el cual Dios creó a cada ser. La diversidad no contradice la unidad; por el contrario, la hace posible.
Estas enseñanzas también invitan a la prudencia. La Kabbalah no autoriza a interpretar una discapacidad como consecuencia de pecados de vidas anteriores ni a emitir juicios sobre el tikún de otra persona. Solo Dios conoce la raíz de cada neshamá y el sentido último de cada existencia.
Como persona que convive con Neurodivergente, este estudio también tiene para mí un significado personal. Durante años interpreté mi manera distinta de pensar como una limitación. Con el tiempo comprendí que el Santo, bendito sea, había transformado esas mismas características en herramientas para dedicar mi vida al estudio de la Torah. No considero la neurodivergencia una superioridad espiritual, sino una forma particular de recorrer el camino que Dios asigna a cada alma.
La conclusión de este ensayo es sencilla: la verdadera pregunta no es si algunas almas son más especiales que otras. La verdadera pregunta es si somos capaces de mirar a cada ser humano como Dios lo mira. La Torá nos enseña que ninguna vida es accidental, que ninguna neshamá pierde su dignidad por las limitaciones del cuerpo y que el valor del ser humano no se mide por lo que produce, sino por haber sido creado a imagen de Dios.
Quizá el mayor tikún de nuestra generación consista en aprender a descubrir la Luz allí donde el mundo solo alcanza a ver el recipiente.
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